Vuestros hijos profetizarán Por David González - Revista Cresol

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Leer los signos de los tiempos
Vuestros hijos profetizarán
Por David González Niñerola, profesor de Filosofía en Valencia

El papa Francisco quiere introducir a los jóvenes de América latina en la escuela de oración de María. Que puedan seguir la llamada de Dios como ella para comunicar al mundo la alegría de la salvación. Esta es su intención de oración para el mes de enero. En la misa inaugural del Sínodo de los Jóvenes, el pasado 3 de octubre, recordaba que “nuestros jóvenes serán capaces de profecía y visión” -así está revelado- pero siempre que nosotros, “adultos o ancianos”, también “seamos capaces de soñar y compartir nuestros sueños y esperanzas” con ellos. Es propio de nuestra fe el inconformismo y el compromiso para trabajar en “revertir”, prosigue, “las situaciones de precariedad, exclusión y violencia a las que están expuestos nuestros muchachos”, algo que puede aplicarse igualmente a la nueva generación de jóvenes europeos. Se nos pide una “entrega creativa, una dinámica inteligente […] y que no los dejemos solos en manos de tantos mercaderes de la muerte que oprimen sus vidas y oscurecen su visión”.

Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, también era joven en 1969. Unos años antes de ser ordenado obispo, aquel presbítero y teólogo impartió unas conferencias radiofónicas que han sido recogidas más tarde en el volumen, ya editado en castellano, Fe y futuro. Como señala Javier Lozano en su artículo “Las profecías del joven Ratzinger” (Libertad digital, 2014-01-09) en ellas destaca su discernimiento profético para leer los signos de los tiempos y la situación histórica de la Iglesia en nuestro siglo -su presente, que era el de entonces, y su futuro, que es hoy nuestro presente-. Como todo profeta, ha sido acreditado por su acierto. Conviene aclarar antes, en todo caso, algunos puntos sobre el don de profecía.

Sabemos que todas las predicciones del Antiguo Testamento se han cumplido plenamente en Jesucristo. La dimensión profética que posee todo bautizado, ya solo por serlo, le capacita para discernir la presencia de Jesús en su realidad histórica y reconocer su voluntad. En la tradición de la Iglesia se ha interpretado siempre que cualquier profecía veterotestamentaria, una vez realizada, se convertía en un signo respecto a su mañana más lejano, aquel del que Dios quería revelar algo más profundo… “Los profetas enlazan”, así, “el presente con el futuro” según el teólogo Xavier Léon Dufour. Esto no implica, como afirmaba entonces el joven Ratzinger, que el teólogo sea una especie de futurólogo… “un teólogo no es un adivino”… Implica, eso sí, que “establece lo que es calculable y tiene que dejar pendiente lo que no es calculable”, aquello que sólo Dios puede saber y no podemos abarcar desde nuestra finitud. Impresiona, en cualquier caso, y más en este sentido, la exactitud de sus predicciones basadas en lo meramente “calculable” por aquel entonces, en 1969. Efectivamente, aquí se ha cumplido en alguna medida la profecía de Pedro cuando “[…] poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: […] esto es lo dicho por el profeta Joel: En los días venideros -dice Dios- derramaré mi espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños” (Hch. 2, 14-17). En la quinta parte de este volumen Joseph Ratzinger reflexiona sobre la futura Iglesia que encontraríamos cuarenta años después, en el año 2000.

Una de los puntos más llamativos de esta visión se refiere a la realidad de una comunidad que habrá perdido para siempre todas las concesiones políticas, sociales y económicas que ha tenido durante siglos: “… habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad”. El papa Francisco no deja de recordarnos hoy la importancia de construir una Iglesia que no se avergüence de la pobreza, sino del amor al dinero y el poder. Debemos abandonar la pretensión de convertirnos en otro “lobby”; necesitamos una Iglesia que no se entienda a sí misma como otra multinacional, ni conciba la evangelización erróneamente, al modo del proselitismo religioso, o como si extender el anuncio del Reino pasara por una lucha para recuperar el poder social, económico y político en este mundo. O por alcanzarlo… El maestro de Nazaret no envió a sus discípulos a copar los primeros puestos, los de los “grandes” (Mt. 20, 25), los “opresores”, para anunciar la Buena Nueva, más bien al contrario; nosotros no los perseguiremos tampoco si seguimos a aquel cuyo “reino no es de este mundo” (Jn. 18, 36).

La Iglesia, prosigue Ratzinger, será el germen de aquellos bienaventurados del Sermón de la Montaña que no ansían ningún tipo de poder terrenal, que no oprimen a nadie y anuncian la esperanza de la salvación desde la humildad de su pequeñez. Esta crisis actual que padecemos vendría providencialmente en nuestra ayuda para introducirnos en un proceso de purificación que será muy fecundo para el pueblo de Dios, que “se presentará, de un modo más intenso que hasta ahora, como la comunidad de libre voluntad a la que sólo se puede acceder a través de una decisión”, no porque institucional o políticamente nos encontremos sujetos a formar parte de él… Se dará una renovación, un “proceso de cristalización y clarificación que hará pobre a la Iglesia, la convertirá en una Iglesia de los pequeños” que, “ciertamente, ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hace poco tiempo”, pero que “florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que es la vida y esperanza más allá de la muerte”.

Efectivamente, en aquellas conferencias se pudo escuchar a uno de nuestros jóvenes viendo visiones (Hch. 2, 17). El mismo hombre, ya anciano, no ha dejado de soñar “sueños”. Decía Blaise Pascal que, para los santos, cuando se habla de las cosas divinas -algo que excede en todo a la sola fuerza de la razón- es necesario amarlas con el fin de conocerlas, y que solamente se llega a la verdad a través del amor. Benedicto XVI es un hombre que ama profundamente a la Iglesia. En su discurso del 19 de octubre de 2006, ya como Pontífice, recordó que nuestra misión no pasa por ser o convertirnos en un agente político; algo parecido a lo que afirmó un año después, otro 4 de octubre: “La Iglesia no ambiciona poder, ni pretende privilegios ni aspira a posiciones de ventaja económica o social. Su único objetivo es servir al hombre”. Que Dios nos ayude.

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