Vivir la espiritualidad trinitaria, por S. Bohigues - Revista Cresol

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Vivir la espiritualidad trinitaria

 
Santiago Bohigues
 
  Lo más íntimo y original del cristianismo es que el Dios que Jesús nos ha revelado no es un ser solitario o lejano, sino un Dios cercano y entrañable, preocupado por nuestra felicidad. Vive una comunidad de amor de tres Personas, en una felicidad desbordante, que quiere compartirla libremente con las personas que llama a la existencia. Estamos llamados a disfrutar de la felicidad de Dios.
 
  Jesús nos ha revelado este misterio trinitario, nos ha introducido en él para que lo disfrutemos, para llenar nuestro corazón de felicidad. Para que nos gocemos de tener a Dios como Padre y no vivamos nunca más como huérfanos. Para que sintamos la cercanía y la semejanza con Cristo, el Hijo único, que nos ha hecho hermanos y nos ha enseñado a amar como él nos ama, hasta dar la vida. El Espíritu Santo nos hace parecidos a Jesús desde den­tro y nos consuela continua­mente con sus dones y carismas.
 
 
Dios Padre, Creador del hombre
  El hombre que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios está llamado a desarrollar su acción en todas las realidades que le rodean con sabiduría y amor; al ser creado por Dios necesita de su ayuda, necesita de su gracia. Dios es generoso con el hombre, le respeta y le confía sus obras y esto lo ha hecho siempre; le encarga que él sea el que termine su obra.
 
  Cuando el hombre busca dominar el mundo sin Dios se descubre en contra de su propio ser, ya que está llamado a realizarlo desde la comunión con Dios, desde esa vida de amor con Él; el hombre que es un administrador de los bienes de Dios, no es un dueño arbitrario de todo lo que le rodea.
 
  Si el hombre viviera en comunión con Dios, todo lo que es y todo lo que hace sería siempre en sabiduría y amor; la bondad de Dios sería irradiada en el hombre en todo su corazón, en su ser entero. Se daría una unidad en la visión del mundo, un mirar todo con la mirada de Dios, sacando de él lo mejor de él mismo: “A la voluntad de Dios no hay que contraponer la voluntad del hombre”.
 
  Dios quiere que el hombre sea feliz; esa mirada de afecto cordial a todo lo que nos rodea y esa liberación de todos los afectos desordenados que llevan a apegarse a las cosas y a las personas con ansias de egoísmo y posesión, es don de Dios. El querer eliminar a Dios o quitarlo de la vida de las personas, supone una gran tragedia para el propio hombre.
 
Volver a la casa del Padre contemplando el rostro de Cristo
  Lo significativo de la obra mesiánica de Cristo por el hombre es la liberación de su estado de alejamiento de la casa del Padre: se acerca a todas las necesidades y miserias humanas y siente compasión por ellas. Para volver a la casa del Padre es necesario contemplar el rostro de Cristo, seguirle e imitarle: la identificación y la transformación del corazón del hombre en el Corazón de Cristo es la condición necesaria para llegar al misterio del Padre, para llegar a lo más hondo de Dios.
 
  Para vivir la imitación de Cristo tenemos que aprender a poner nuestra mirada contemplativa en Él. La naturaleza da a conocer la existencia de Dios y lo que podíamos llamar atributos hacia fuera de Dios: el poder, la sabiduría, el orden en sabiduría y amor. Pero lo íntimo y personal del Padre, cómo ama, cómo siente ternura en su corazón, me lo revela Jesucristo.
 
  Jesucristo es revelación de ese amor misericordioso de Dios y lo revela por pasos: primero, en cuanto que El mismo vive la misericordia, hace misericordia; segundo, en cuanto que predica la misericordia y habla de ella; y tercero, en cuanto que El, en el momento, en la cumbre de la Redención, nos manifiesta de manera plena esa misericordia.
 
  Dios Padre se acerca al hombre para levantarlo de la miseria y para enriquecerlo con Él mismo, derramando toda la riqueza de su Corazón; viene a traer la liberación total del hombre, empezando por la liberación del corazón. El corazón humano se esponja más y más en el amor y encuentra la fuerza del Espíritu para poder desarrollar una acción permanente y ejemplar.
 
El Corazón de Cristo y el Espíritu Santo
  Cuando Jesús en la resurrección se muestra a los discípulos en el Cenáculo y les envía su Espíritu, les envía su amor humano-divino que es asumido en la corriente trinitaria: podemos decir que el Espíritu Santo es don del Corazón de Cristo; la plenitud del Espíritu Santo se da en la humanidad de Cristo.
 
  La espiritualización en sentido cristiano significa que el hombre entero es conducido por el Espíritu. Hay una ascensión espiritual de la persona hacia Dios, por la gracia; se realiza gracias a la comunicación del Espíritu Santo. La obra del Espíritu Santo es nuestra santificación, para que llegue a todos la Redención de Cristo. Introducidos en la intimidad trinitaria por el Bautismo, el Espíritu Santo actúa en la persona en un proceso de transformación cordial,
 
  La invocación al Espíritu Santo que brota del amor de Dios, es expresión de las ansias profundas del hombre a una mayor autenticidad, a una vida más rica impregnada por la gracia divina: «Ven Espíritu Santo».
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