Vicent Gil Tamarit, por J. M. Belarte - Revista Cresol

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Vicent Gil Tamarit, por J. M. Belarte

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Vicent Gil Tamarit, “Homo pro aliis”
 
José María Belarte Forment
 
No ha sido larga ni amplia mi historia compartida con Vicente Gil Tamarit. La primera noticia que tuve de Vicente, fue la estima que le tenía D. Ignacio Valls, por su dedicación pastoral en Onteniente; a ella siguieron las que me llegaron de él, por el mismo motivo, desde Sagunto. En esos años, coincidí algunas veces con él, como cura de Santa María, y en esos escasos y breves encuentros comencé a conocer y a valorar la calidad humana y cristiana de Vicente. Cuando en 1998 fue presidente del Montepío, nos encontramos en determinadas tareas y fue entonces cuando pude apreciar la gran riqueza personal de Vicente Gil, como hombre, como cristiano y como sacerdote, y la clave que trababa todas sus nervaturas. La clave era su ser “homo pro aliis”.
  
1. Acerquémonos al “homo pro aliis”. En Inglaterra se gestaba un cisma. El poder, como siempre, exigía obediencia ciega y muchos cristianos no se avenían a ello, pese a su coste, que en ocasiones era la propia vida. Los que estaban en trance de perderla, los animaba mucho el saber que la opción, por la que quizá iban a morir, era la misma que la de Moro, cuyo silencio se oía claro y potente, en toda Europa. Por eso también preguntaban por la opción de Erasmo: ¿por quién está Erasmo, por el Rey o por la Reina? ¿por Enrique o por Catalina?; y, dando un paso más: ¿por el adúltero o por la fiel?; y dando otro paso: ¿por el matrimonio o por su disolución?; y dando aún más pasos: ¿por la unidad de la Iglesia o por el Cisma? ¿por el mal o por el bien? ¿por Dios o por…? Pero Erasmo, la figura más excelsa y proba de este tiempo, con una leve sonrisa, sabía eludir la respuesta. Su silencio, como el de Moro, manifestaba su opción, que la de Erasmo era la más triste de todas: “¡por nadie!”. Erasmo solo opta por sí mismo. Erasmo es, y así se dijo y se propaló por entonces, “homo pro se”.
 
Tomás Moro, el obispo Juan Fisher y tantos otros, fueron “pro aliis”: optaron por los demás: dieron su vida por Cristo (Mt.10,39), la dieron por la verdad, por lo que es; y, en medio de la gran prueba, se dieron a los demás, todos ellos fueron “pro aliis”; todos ellos fueron ánimo y cercanía, compañía, orientación y luz, para los que, con ellos y como ellos, se preparaban para la difícil prueba del martirio . Y, sobre todo, fueron ayuda para los más débiles, los más inseguros y vacilantes. Todos fueron ayuda para todos. Todos fueron “pro aliis”.
 
2. Entonces como ahora, siempre son demasiados los que son “pro se”, los que optan por sí mismos; y siempre son escasos, los que optan por el bien de los demás, los que son “pro aliis”. Vicente Gil Tamarit fue uno de ellos, fue “homo pro aliis”.  Para muchos fue un verdadero regalo de Dios, un “hombre para los demás”, que siéndolo, encubría lo que era, con su apresurado modo de vivir, con sus prisas por dejar ya, como hecho, lo que ya estaba encauzado, lo que ya dejaba encaminado, y darse enseguida y con premura a lo mucho que siempre queda por hacer, por encaminar y por ultimar. Su ser apresurado “para los demás”, lo llevaba a andar, como sólo él andaba, desde la Vila al Arrabal, desde Santa María al Salvador, desde Sagunto a Valencia; y a dejar lo que ya estaba encauzado por todos, en manos de los más implicados en cada asunto, para que fuesen siempre los más afectados o más cercanos al mismo los que con su mayor cercanía e interés los que lo llevasen, en su mismo vivir, a su mejor puerto. Vicente había unido a todos y juntos habían orientado el tema o la cuestión en busca de la mejor solución y del mejor modo de llegar a ella, y habían confiado la tarea a los más indicados... y Vicente ya no estaba.
 
Vicente era y vivía para los demás, en todo era “homo pro aliis”. Nunca dejó a nadie solo, ni en la estacada, y no abrumó con una presencia suya y una cercanía prescindibles. Con su presencia y sus ausencias, no sólo ayudaba, sino que instaba y urgía a todos, a hacer el bien y a ayudar a los demás; y a avanzar y crecer en perfección, que es a lo que Cristo Jesús nos manda, en el sermón de la montaña -“vosotros sed perfectos…”-; y es por lo que muere en la cruz.
 
 En lo que concierne a mover y a animar a ayudar a los demás, Vicente tenía la paciencia del buen maestro, y en los comienzos aceptaba incluso que los que, para ayudar a los demás, necesitan aplausos y alabanzas, se atribuyeran todo el protagonismo de todo el grupo, e incluso lo respaldaba, con un cierto humor burlón. Así era y actuaba Vicente Gil, el “homo pro aliis”, en bien de los demás y en su empeño de instar y de animar a todos a ayudar a los demás. Y así actuó, creció y se formó a sí mismo, como “homo pro aliis”, en las parroquias y en la Vicaría Episcopal que la Diócesis le confió; en el Montepío del Clero Valentino, que le encomendaron sus hermanos sacerdotes; y en los muchos quehaceres que el buen Padre Dios nos va confiando a cada hijo suyo, a lo largo del día, en bien de sus hermanos, en bien de todos los demás hijos suyos.
 
 3. En todas sus tareas, Vicente fue “homo pro aliis”, pues en todas ellas, Vicente supo no servir tanto a las instituciones, cuanto “a los demás”, a los hijos de Dios, que son los que precisan servicios y ayudas. Actuando de este modo, devolvía a las instituciones su fin y su razón de ser y su probidad, que con demasiada frecuencia se olvidan y descuidan.
  
El fin “por” y “para” el que nace toda institución bien nacida, es la atención y ayuda al ser menesteroso del hombre. Nacen “pro aliis”; y todas son y actúan en función de este alto y noble fin hasta que lo posponen a fines más interesados y mezquinos, como es el de salvaguardar su pervivencia, y favorecer su expansión y su desarrollo y crecimiento.  Alardearán siempre de su alto y noble fin “pro aliis”, pero se olvidarán de él, para velar por sí mismas, para ser más “pro se”, que “pro aliis”. No es nada fácil encontrar una institución, en la que el “pro se” no haya usurpado el puesto propio del “pro aliis”, el fin para el que nació la institución y que, en todo tiempo, debiera ser el único norte de su obrar. Y, cuando una institución pierde su norte (y se empeña en explicarlo y justificarlo), sólo puede recuperar su razón de ser y su probidad, su ser “pro aliis”, por la intensa opción personal “pro aliis”, de sus miembros. Sólo el “pro aliis” de ellos, puede subsanar, en el vivir de cada día, el fin “pro aliis”, postergado y olvidado de su Institución. Y éste fue uno de los grandes servicios que Vicente, con su entrega a los demás, con su ser “pro aliis”, prestó, no tanto al Montepío, cuanto, desde el Montepío, a sus hermanos sacerdotes,  moviendo a no pocos de ellos a ser, desde el Montepío, “pro aliis”: es decir, a valorar más las ayudas que ellos, desde el Montepío, pueden prestar y prestan a los hermanos sacerdotes, que las ayudas que, desde el Montepío, ellos puedan recibir y de hecho reciben del mismo Montepío y de los demás. El gran servicio del Montepío es el propiciar que todos seamos ayuda de todos. Como escribió Vives “ut alii aliis auxilio sint”. Y a ello se entregó Vicente, el “homo pro aliis”, con toda su alma y discreción. Pero entremos en lo más importante.
 
4. “Homo pro aliis”. Los términos “vir” y “homo” son sinónimos, pero lo que separa a los dos es para Cicerón de una gran importancia, como escribe Cicerón, citando a Lucrecio: “si lees el Empédocles de Salustio, te consideraré un hombre eminente (vir), y no un simple mortal (homo)”. Toda valoración, admiración y aprecio es, pues, para el “vir”; y todos los desprecios, desdenes y rechazos son para el “homo”.
 
Pero todo cambia, cuando el Hijo de Dios se hace hombre -no “vir”, sino “homo”-, se hace, pues, un simple mortal, como proclamamos en el credo: “et homo factus est”; y como detalla san Pablo a los filipenses: “uno de tantos”, “un simple hombre”, un cualquiera. Este hecho y esta palabra vuelve irrelevante toda eminencia humana, la que designa la voz “vir”; y vincula el “pro aliis” del “homo”, al “propter nos, homines, et propter nostram salutem”, es decir, al “pro nobis” de la encarnación del Verbo de Dios, al motivo por el que el Hijo de Dios “descendit de caelis” y se hizo “homo”, se hizo un simple mortal, dando rango divino al ser “homo pro aliis”. Como enseña Jesús a sus discípulos, cuando les manda que no sean ni actúen como los jefes y los grandes de la tierra, sino que sean para los demás, servidores y esclavos, que sean igual que el hijo del hombre, “sicut Filius hominis”, que sean como el que, siendo Dios, no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida por todos. Es decir, a ser “homo”, un simple mortal, y no “vir”, un hombre eminente; y a ser “pro aliis”, a ser por nosotros y por nuestra salvación, en la vida y en la muerte. Constituyendo el ser “pro aliis”, “sicut Filius hominis”, en la imitación y seguimiento de Cristo que el mismo Jesús propone a sus discípulos en Mt.20,28.
 
Éste fue el “pro aliis” de Vicente Gil Tamarit, el presidente del Montepío del Clero Valentino, a cuyos miembros sirvió, con toda su alma y discreción, como “homo pro aliis”, y a los que instó y animó, también con toda su alma y discreción a ser “pro aliis”,
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