Venezuela, otra puerta de huida, por R. Guinart - Revista Cresol

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Venezuela, otra puerta de huida, por R. Guinart

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Rafael Guinart
 
 Ha sido en estos últimos meses que la masa de españoles ha conocido  la existencia de  Cúcuta, capital del Departamento de Santander del Norte, ciudad situada al nororiente de Colombia, sobre la  quilométrica cola de la cordillera andina, que marca la frontera norte de Colombia con Venezuela. Pues  la televisión nos ha mostrado la diaria y larga fila de venezolanos -(tratándose de personas,  la delicadeza verbal de los colombianos rechaza el uso del término cola)- fila, que huye escapando de la hambruna y la tiranía. Pero los venezolanos  salen a la libertad no sólo por Cúcuta; aprovechan también las tortuosas  veredas que ascienden, ocultas entre la densa espesura,  la  escarpada y escabrosa orografía de la cordillera, que les conducen  secretamente a los departamentos noroccidentales del Cesar (con acento tónico en la a) y de la Goagira.
 
 Este sector de la cordillera andina recibe el nombre local de Sierra del Perijá, y durante siglos ha sido habitada y transitada únicamente por los indígenas. Fue en la segunda década del siglo XX cuando un misionero capuchino, natural de Manises, llamado Atanasio Soler y Royo, siendo Vicario Apostólico de Valledupar, se arriesgó, y encaramándose sobre la impenetrable y peligrosa cordillera, buscó y se encontró con sus naturales habitantes y dueños, los indígenas motilones y yukos. Pero curiosamente ahora, en la segunda década del siglo XXI, los mismos indígenas están viendo transitar las altas cumbres de la cordillera y vadear los profundos ríos unas raras y continuas   caravanas de gente, jadeante y hambrienta, y cuyos motivos políticos los indígenas, hijos naturales y libres de la cordillera, ni saben ni son capaces de entender. Los venezolanos que se arriesgan por estas montañas  son gente joven, sin peculio para pagarse un pasaje, pero con suficientes fuerzas físicas para superar los obstáculos de la abrupta orografía, vencer  las impetuosas corrientes de los ríos y aguantar la furia de los repentinos e intensos aguaceros…
  
Y cuando llegan a  Valledupar, capital del Departamento del Cesar (recuerda, con acento tónico en la a) triunfantes de una huida y travesía  heroicas, se les ve vagar por las ardientes calles de la ciudad, el cuerpo abrasado por el sol tropical y el alma cargada de soledad e incertidumbre, ofreciéndose unos para cuidar los carros aparcados, otros limpiando   parabrisas, quien vendiendo agua, jugo o tinto, (que no es vino español sino café colombiano), y los más ingeniosos y atrevidos distrayendo a los conductores con juegos malabares en el breve tiempo que permiten los semáforos. Se les ve también en la estación de autobuses y en los cruces de caminos trampeando con los posibles viajeros, recomendándoles con insistencia y casi empujándolos   en la dirección del  taxi previamente convenido con el taxista. Los hay que se entretienen sentados bajo un árbol ejercitándose  en sencillas manualidades, tales como construir carritos y muñecos con alambres, a la espera paciente de la conmiseración de los viandantes. Algunos pocos, pero pícaros por necesidad, malviven   haciendo pequeños hurtos por tiendas y almacenes.
 
 Todas estas dolorosas, mas bien trágicas, escenas humanas han sido frecuente tema de conversación con mi hermano P. Juan Guinart, misionero capuchino, vecino de Valledupar y testigo de ellas, pues son los Capuchinos, quienes alivian  el hambre de muchos de ellos sentándolos a la mesa  del comedor parroquial “Cristo llama a tu puerta”.Los que  llegan enfermos a la ciudad, si no presentan documentación personal alguna, encuentran cierta resistencia en el Centro de Salud. En semejante apuro hay quien hasta pide el bautismo con el fin de tener alguna documentación crediticia. Pero a la postre todos son atendidos, pues el Gobierno Colombiano destina partidas humanitarias de recursos para atenderlos.
 
 Sin embargo, como la economía del Departamento del Cesar (recuerda…) está basada exclusivamente  en la ganadería extensiva, la capacidad de integrar a tantos fugitivos como llegan a la ciudad es casi nula. Solo un grupito de afortunados consigue  trabajo en la recogida del grano de café o en el servicio doméstico. La inmensa mayoría se ve obligada a continuar su huida,   cargando  el alma  con el hatillo de sus ilusiones truncadas y las  nostalgias de su patria venezolana.
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