Una cruz en la ciudad Por David González - Revista Cresol

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Una cruz en  la ciudad
La evangelización y la xenofobia

David González Niñerola, profesor de Filosofía

El pasado 30 de abril llegó a la parroquia valenciana de San José Artesano la Cruz de Lampedusa, elaborada con restos de barcas naufragadas y bendecida por el papa Francisco con la vocación de peregrinar por el mundo llamándonos a la conversión, a la acogida de tantas personas que necesitan nuestro abrazo. Tuve el honor de ser el primero en besarla. En Lampedusa murieron más de 349 inmigrantes que intentaban llegar a la costa, incluyendo a mujeres y niños.

La Asociación Valenciana de Solidaridad con África -AVSA- la recogió en Girona para comenzar un recorrido por nuestra diócesis que acabará el próximo 30 de mayo. Uno de los inmigrantes que la acompañan nos dio su testimonio de fe, biográfico, después de la liturgia de oración que enmarcaba su bienvenida; fue uno más de los que se embarcan en esas pateras que se convierten en otras cruces donde Jesucristo vuelve a morir, movidos por la desesperación que viven en sus países y la esperanza de vivir en los nuestros. El testimonio de su fe, la de un extranjero, reavivó la mía de viejo europeo. Deberíamos preguntarnos si nuestro continente se está desmoronando desde sus cimientos como cayó la aguja de Notre Dame en el incendio devastador de hace unas semanas. Parecía el símbolo del derrumbe de una cristiandad anciana, milenaria, que hoy se consume por el avance de la secularización y un modo de vida burgués anclado en el amor al dinero, la estabilidad, y que ha renunciado a sus raíces como denunció el papa Juan Pablo II. El cristianismo ya se ha convertido en un simple vestigio cultural, y lo más seguro es que la mayoría de nuestros conciudadanos hayan lamentado la catástrofe de la catedral francesa meramente en esta clave. Sólo así se puede comprender, entre otras muchas cosas, el brote de xenofobia que surge entre nosotros, las voces que aparecen de nuevo, como al principio del s. XX, reaccionando en contra de la inmigración, de las cuales Francia también ha sido escenario. Europa necesita ser reevangelizada. Y hacer memoria.

Nuestra salvación empezó cuando un apóstol, el de los gentiles, los “extranjeros”, nos anunció el evangelio a nosotros, que éramos paganos y extraños al pueblo de Israel, porque Dios no hace acepción de personas (Hch. 10, 34). Y desde que nosotros le acogimos. La xenofobia nos habría condenado si no hubiéramos aceptado entonces la palabra de un forastero judío. Cuando San Pablo llegó a Grecia encontró una cultura profundamente etnocéntrica y narcisista; los xenoi, los extraños, eran aquellos que no poseían la nacionalidad griega, sin más. Pero este pueblo albergaba para su bien un pequeño punto de apertura: reconocían en una de sus imágenes sagradas que debía de existir algún dios desconocido que también merece ser honrado (Hch. 17, 23). Pablo de Tarso, el extranjero predicador de divinidades ajenas, aprovechó este destello de lucidez para anunciarles a ese dios que no conocían. Y nuestra salvación se abrió camino porque algunos le acogieron en su casa.

La solidaridad no entiende de confesiones religiosas. No se hace necesario reivindicar más autoridad ética que la propia voz de nuestra conciencia moral; ésta nos empuja de un modo natural hacia el amor al otro. Pero, por si fuera poco, nuestras tradiciones religiosas la exigen igualmente desde la Revelación. Cuando el papa Francisco llamó hace años a la acogida de los inmigrantes en Europa, nuestros hermanos mayores en la fe fueron los primeros en secundarla. El Congreso Mundial Judío hizo suyo públicamente este llamamiento. No fue simplemente el recuerdo perpetuo de la Diáspora o el sufrimiento reciente de la Shoá, sino la conciencia inamovible de un mandato divino que está escrito para todas las generaciones en la Torá: Al forastero que reside junto a vosotros le tratarás como a uno de vuestro pueblo y lo amarás como a ti mismo, pues forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto. Yo, el Señor, vuestro Dios. (Lev. 19, 34). Jesús de Nazaret y su familia fueron también inmigrantes y sufrieron como tales. El Corán tampoco es ajeno a esta sensibilidad. La tradición oriental es mucho más hospitalaria que el moderno occidente.

A nuestro hombre viejo, carnal, solo le interesan, sin embargo, sus seguridades, empezando por las económicas, y desconfía profundamente de lo desigual o desconocido, de cualquier cosa, sobre todo, que pueda remover su plácida vida burguesa. Abrazará cualquier elemento, incluso humano, siempre que sirva a su comodidad. Importa poco que la pobreza de la que huyen quienes vienen del llamado tercer mundo haya sido causada, o aumentada, por los que vivimos en el primero. No tenemos la conciencia de estar en deuda con ellos, aunque debería bastarnos el considerar que son personas como nosotros.

Llama mucho la atención, en este sentido, que muchos partidos políticos se abran sólo a la acogida de la inmigración con la condición previa de que sirva como mano de obra barata para el mercado laboral, y estrictamente mientras se dé esta coyuntura favorable: que podamos servirnos de ellos mientras nos interesen económicamente. Como denunciaba la filósofa Adela Cortina, detrás de toda esta ola de xenofobia también se esconde una aporofobia latente. Algunos de estos grupos políticos se reivindican como defensores de los valores cristianos, de las antiguas tradiciones europeas. Quizá lo sean más de su estética que de su ética, porque cuando se asume este posicionamiento ideológico sin ningún rubor, desde un utilitarismo inhumano, se revela la sola cosmética de una actitud inmoral que no tiene ningún anclaje en la axiología de nuestras creencias, ni podría tenerlo. Es un signo más de que la cristiana Europa se desmorona como Notre Dame cerrándose en sí misma. El único Dios que adora es el dinero. Digamos claramente que no es el Dios verdadero, el que nos vinieron a anunciar, hace muchos siglos, unos extranjeros.
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