Sinodalitat, por J. L. Ferrando - Revista Cresol

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Sinodalitat, por J. L. Ferrando

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Sinodalidad: la pirámide invertida del papa Francisco

José Luis Ferrando Lada
 
El Papa Francisco, en su discurso en la conmemoración del 50 aniversario de la Institución del Sínodo de los Obispos (17.10.2015) afirma: “La Sinodalidad, como dimensión constitutiva de la Iglesia, nos ofrece el marco interpretativo más adecuado para comprender el ministerio jerárquico (…). Jesús constituyó a la Iglesia poniendo en su vértice el Colegio Apostólico, en el que el apóstol Pedro es la “roca” (cfr. Mt 16,18), que debe confirmar a los hermanos en la fe (cfr. Lc 22,32).
 
Pero en esta Iglesia, como en una pirámide invertida, el vértice se encuentra abajo y la base arriba. Por eso, los que ejercen la autoridad se llaman “ministros”, cuyo significado original es: “los más pequeños entre todos”. Estas palabras de Francisco tienen un amplio significado eclesiológico y pastoral.
  
La Sinodalidad no es un elemento secundario, sino que forma parte de la “dimensión constitutiva” de la Iglesia. Ésta no puede autocomprenderse sin la Sinodalidad. De hecho la Constitución dogmática “Lumen Gentium” avala esta afirmación del Papa en su esquema: Misterio de la Iglesia (cap 1), Pueblo de Dios (cap 2), Constitución jerárquica de la Iglesia (cap 3). Dejan claro, tanto la “Lumen Gentium” como el Papa Francisco, que la jerarquía eclesiástica está puesta al servicio del Pueblo de Dios. Estamos ante una comprensión de la Sinodalidad en la perspectiva de una eclesiología de comunión.
La clarificación entre la Colegialidad y la Sinodalidad es el mejor camino para comprender la importancia y la pertinencia de la Sinodalidad en todos los ámbitos eclesiales.
  
El concepto de “Colegialidad” apunta de manera precisa al ejercicio del ministerio episcopal en el servicio de la Iglesia particular confiada al cuidado pastoral de cada uno de los obispos, y en la comunión entre las Iglesias particulares en el seno de la única y universal Iglesia de Cristo, mediante la comunión jerárquica del Colegio episcopal con el Obispo de Roma. En este caso se refiere, por lo tanto, a la Sinodalidad del ministerio de los Obispos en los niveles de la comunión entre las Iglesias particulares en una región, y en el nivel de la comunión entre todas las Iglesias en la Iglesia Universal. La Colegialidad es la que asegura esa cohesión en todos los campos, y se convierte en comunión.
 
 El término “Sinodalidad”, sin embargo desea proyectar la imagen de una Iglesia dinámica que se autocomprende como Pueblo de Dios, que camina en comunión profunda desde la asimetría y la diferencia, a la búsqueda de convergencias desde una tensión fecunda. La Escritura y la Historia de la Iglesia están repletas de ejemplos de esta perspectiva sinodal. Nunca se ha ejercido sin la tensión necesaria, que ha conducido a la Iglesia a crecer para dar respuesta a los signos de los tiempos. Por eso no debemos olvidar que la Sinodalidad es un elemento constitutivo de la Iglesia, que posibilita su realización como Pueblo de Dios. Al mismo tiempo, la Sinodalidad es una llamada a la responsabilidad de todos los miembros del cuerpo de la Iglesia para ejercer su tarea de discernimiento en el misterio de la comunión con Cristo en el Espíritu Santo. La Sinodalidad, por lo tanto, no es un procedimiento operativo o un método de trabajo, sino la forma peculiar en que debe vivir y actuar la Iglesia, ya que forma parte de sus aspectos más esenciales.
 
El concepto de comunión expresa la sustancia profunda del misterio y de la misión de la Iglesia. En esta clave, la Sinodalidad, hunde sus raíces en el don del Espíritu Santo, único y el mismo en todos los bautizados, que se manifiesta de muchas formas: la igual dignidad de los bautizados; la vocación universal a la santidad; la participación de todos los fieles en el oficio sacerdotal, profético y real de Cristo; la riqueza de los dones jerárquicos y carismáticos; la vida y misión de cada Iglesia local. El Espíritu Santo se manifiesta de un modo particular en el “sensus fidei” de los fieles (Lumen Gentium, II, 12a).
  
Una Iglesia sinodal es por lo tanto una Iglesia participativa activamente y corresponsable. Las Parroquias, las Vicarías, las Diócesis, Las Conferencias Episcopales, la Iglesia Universal, deben crear contextos sinodales para articular la participación de todos, de acuerdo con su vocación. El texto de la Comisión teológica Internacional sobre “La Sinodalidad en la Vida y en la Misión de la Iglesia”(2.03.2018) precisa dos aspectos: “La enseñanza del Vaticano II, a propósito de la sacramentalidad del episcopado y de la colegialidad, representa una premisa teológica fundamental para una correcta e integral teología de la sinodalidad” (66) y más adelante afirma claramente: “La autoridad de los Pastores es un don específico del Espíritu de Cristo, Cabeza para la edificación de todo el Cuerpo, no una función delegada y representativa del Pueblo” (67). Ambas afirmaciones de este documento son importantes.
 
Ante todo esto, desde una perspectiva pastoral, tenemos que preguntarnos si la Iglesia actual en todas sus dimensiones: Parroquias, Vicarías, Diócesis, Conferencias Episcopales, Iglesia Universal ¿caminan en esa dirección indicada por el Papa Francisco? ¿Están todas esas dimensiones eclesiales preparadas para ese “feed back” fecundo, libre y sincero de los fieles? ¿Están esas instancias eclesiales preparadas y abiertas a escuchar lo que no esperan o no quieren oír de sus feligreses? Por otro lado, ¿están los fieles formados y dispuestos a ejercer la libertad “parresía” sin miedos y temores? ¿Están esos fieles -parroquianos o diocesanos- dispuestos a ejercer con valentía su responsabilidad eclesial? En una palabra: ¿Nos creemos lo de la pirámide invertida del Papa Francisco?
 
Las respuestas a estos interrogantes pasan por un diálogo sincero para que busquemos todos, cada uno desde su identidad y lugar en la Iglesia, las mejores respuestas al Dios de la historia y la esperanza. Un diálogo, sin claudicaciones, ni renuncias en lo esencial, por parte de nadie, pero también sin seguidismo, ni sumisión; y con la tarea de destruir las desconfianzas y los prejuicios. De ese modo entraremos en el relato del Papa Francisco para esta Iglesia del siglo XXI.
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