Sesenta años en el surco misionero Por Juan Guinart - Revista Cresol

Vaya al Contenido
Sesenta años en el surco misionero

Soy el P. Juan Guinart Pascual, nacido en Moncada, carrer del Negre, 10, el mismo día de Navidad de 1935. Ahí está mi casa y la vuestra.
Un día de 1948 vino un capuchino a predicar la Cuaresma a la parroquia de S. Jaime. Me invitó a ingresar en el seminario capuchino de Masamagrell, y con la anuencia de mis padres y bajo el misterioso impulso de Dios me fui con él. ¡Cosas de Dios! Unos años más tarde aquel predicador de Cuaresma y el niño de Moncada se encontraron conviviendo juntos como Misioneros en la isla colombiana de Providencia.

El 22 de abril de 1962 celebré la Primera Misa Solemne, junto con mi hermano Rafael, en la Parroquia donde escuché la invitación de aquel predicador de Cuaresma. Al mismo altar subió, unos años más tarde, mi hermano Pepe.
Ese mismo año de 1962 marché a Colombia en donde todavía permanezco, y muy a gusto. Soy pues moncadense y colombiano.
Mi primer destino misionero estuvo en S. Andrés y Providencia, dos islas diminutas, que apenas sacan el cuello del mar. Allí, entre protestantes, atendí a la feligresía, impartí clases, dirigí un colegio etc., es decir, estuve aprendiendo a ser misionero.

Así llegué hasta 1973, año en que me eligieron Superior Provincial de los Capuchinos de Colombia. Esto, que suena a palabras mayores, es una intensificación del servicio a la Misión y a los misioneros.
Cuando en 1979 abandoné el despacho provincial me trasladé a la Sierra Nevada de Santa Marta y a la Sierra andina del Perijá, en donde hice de misionero clásico, subiendo y bajando  puntiagudas montañas y cruzando ríos de serio rostro para llevarles a los indígenas alimento, salud, cultura, y el cariño de Cristo.

En la Nevada levantamos 27 escuelas con sus correspondientes comedores para niños y adultos, y un hospital bien montado y mejor abastecido; en el Perijá alcanzamos a levantar 9 escuelas con sus comedores adjuntos y un puesto de salud muy coqueto, atendido por religiosas. “Salvamos muchas vidas. Y desde 1986 resido en Valledupar como Director del Hogar del Niño, la obra social más querida de los Capuchinos colombianos.  El Hogar del Niño acoge a niños de familias rotas y desintegradas a quienes se les ofrece un ambiente de hogar y formación escolar. Por lo general estos niños llegan al internado del Hogar del Niño asustados y traumatizados por los muchos y trágicos acontecimientos sufridos en sus carnes y en sus almas, pero al poco tiempo se integran en la convivencia con otros niños, y gozan la vida armoniosa de su nuevo hogar. En el Hogar del Niño recuperan el cariño de familia y el ambiente de paz y alegría.

En estos últimos tiempos la ciudad de Valledupar ha visto agravados sus problemas sociales y urbanos  con la sucesivas “invasiones” de campesinos, que amenazados por la metralleta y el miedo – ¡cualquiera de nosotros  lo tendría! -  han abandonado a la fuerza sus haciendas y pertenencias irrumpiendo en la ciudad, hambrientos y descorazonados, con lo puesto.
Ante esta urgente necesidad   he ampliado la capacidad acogedora del Hogar del Niño, construyendo un comedor para desplazados de guerra y guerrilla,  que da acogida y comida a más de 200 comensales diarios, preferentemente niños y ancianos, los más débiles. Hasta el día de hoy…

Copyright © 2018 Revista Cresol - Desarrollado por WEBDSEO
Regreso al contenido