Servicio y poder en la Iglesia Por David González - Revista Cresol

Vaya al Contenido
Servicio y poder en la Iglesia

David González Niñerola, profesor de Filosofía (Valencia)

“Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan, y que los grandes las oprimen con su poder. Entre vosotros no debe ser así; si alguno quiere ser grande, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos” (Mc. 10, 42ss). Santiago y Juan le habían pedido a Jesús sentarse a derecha e izquierda suya cuando instaurase su reino; eran los puestos de mayor honor. Y poder. El reino de Dios que imaginaban era demasiado terrenal. Una de las mayores tentaciones humanas buscaba ya su sitio en la Iglesia naciente. “Nada nuevo bajo el Sol” (Eclesiastés, 1, 9). Hoy no faltan quienes todavía creen que la evangelización se debe realizar ocupando los grandes focos de poder social, político, económico y cultural, algo sobre lo que ya nos ha prevenido la Historia, la Escritura y el Magisterio de los últimos cuatro pontífices además del Concilio Vaticano II. Este plan “pastoral” supone reducir la fe cristiana a su sola dimensión ideológica, como una simple corriente de pensamiento que deba competir y triunfar sobre otras. Imponerse como garantía del éxito. Dan por supuesto que el poder por sí mismo pueda ejercer un servicio eclesial. Nada más lejos de la realidad. Ni siquiera, o muy pobremente, a nivel de orden interno. Cualquiera que haya ostentado algún tipo de autoridad sobre otras personas sabe que su reconocimiento sólo viene del amor, si se ha merecido.
Nuestros días, se afirma, lo son de un avance vertiginoso hacia la llamada “secularización”: parece que el mundo olvida a Jesucristo. Nos convendría repensar cuántas veces la misma Iglesia se ha “secularizado”, se ha “hecho mundo” traicionando muchos de sus ideales evangélicos al unirse casi indefectiblemente con su siglo. A partir del periodo constantiniano, y de ahí en adelante, la experiencia histórica testifica un maridaje insano entre el poder espiritual y secular que, como todos sabemos, acabará en el fracaso de la antigua “Cristiandad” en la era moderna, pero después de muchos siglos de existencia que han dejado su sello y secuelas. El llamado “Siglo de Hierro” de la Iglesia fue un escándalo; entre los años 882 y 1046 más de 40 Papas y antipapas dominaban de forma teocrática sobre cualquier gobierno político en Roma. No se realizó entonces, precisamente, “el cielo en la tierra”. Hoy el Papa Francisco pretende una revolución que ordene, incluso dentro de la Iglesia, este ejercicio del mando. Ya en su primera homilía como sucesor de Pedro, la solemnidad de San José de 2013, proclamó enfáticamente que “el verdadero poder es el servicio”. Anunciaba líneas maestras de un pontificado que se distinguiría, entre otras cosas, por purificar a la Iglesia de sus afanes mundanos y costumbres seculares. Nuestro derecho canónico no ha sido inmune. Su ejemplo personal es una brisa suave de este nuevo espíritu que invirtió la famosa "pirámide jerárquica" de la Iglesia desde el último Concilio Ecuménico, situando al pueblo de Dios por encima de los que debían ser sus servidores -puestos a sus pies-. Pocos títulos son tan bellos para la figura del Santo Padre como el de "Siervo de los siervos". Una Iglesia "pobre para los pobres" conjuraría la otra gran tentación que va unida a la del poder: el amor al dinero. La adulación casa bien con ambas para servir al carrerismo eclesiástico.

Hans Küng (Suiza, 1928), en un pasaje de su prólogo a “¿Tiene salvación la Iglesia?”, diagnostica que algunos de sus mayores males han sido un sistema de organización caracterizado “por el monopolio del poder y la verdad, por el juridicismo, el clericalismo…” Sin menoscabo de discrepar con muchas de sus tesis, como el conocido cuestionamiento de la infalibilidad papal o conciliar en materia de fe, dogmática, debe reconocerse que ilumina con perspicacia algunos puntos oscuros que ya están sometidos a debate, por ejemplo, en el diálogo ecuménico. Es el caso de la jurisdicción del Primado de Pedro. El cardenal Walter Kasper, presidente emérito del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos desde el 1 de julio de 2010, en su artículo “Servicio a la unidad y libertad de la Iglesia. En torno a la discusión sobre el ministerio de Pedro” afirmaba que “lo propio de Pedro no está en lo administrativo, sino en el servicio espiritual-sacramental a la unidad; es una desgracia histórica que esto se trocase pronto en la función administrativa del obispo de Roma como patriarca de la Iglesia latina, tratando además de extender sus derechos patriarcales a los patriarcados orientales con el intento de unificar el derecho canónico, la liturgia y el nombramiento central de obispos. Nada de esto es necesario al ministerio de Pedro, que, si se liberase de este lastre histórico, quedaría libre para servir a la unidad más profunda de la Iglesia”. Ya es de dominio público que el Papa Francisco se dirigió a Küng de un modo muy especial en su respuesta a la famosa carta que el teólogo le dirigió: “Querido hermano”. Muy lejos de tonos condenatorios o el silencio. Es otro estilo.

En nuestra diócesis comenzamos a principio de curso un nuevo Sínodo diocesano; muchos piensan que sin haber efectuado previamente las consultas suficientes. Quizá debieran haberse revisado antes las constituciones sinodales de 1987 que fueron rubricadas por D. Miguel Roca, unas disposiciones que en buena medida no se han llegado a aplicar. En todo caso, empezamos este "caminar juntos" ("sínodos") que es un signo de colegialidad, de horizontalidad más que verticalidad. El Espíritu Santo llevará a término lo que Dios quiera.
Copyright © 2018 Revista Cresol - Desarrollado por WEBDSEO
Regreso al contenido