Mi visión de la Iglesia laical como nueva misión Por Vicente Reig - Revista Cresol

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Mi visión de la Iglesia laical, como nueva misión
Vicente Reig, comboniano

He vivido durante casi cuarenta años fuera de España, como misionero, y, aunque con una cierta periodicidad, he regresado para unas vacaciones o períodos de estudio; no he llegado nunca a integrarme completamente en la que es mi nación de origen. En este momento tengo que empezar una nueva etapa de mi vida y enfrentarme al reto de identificarme con la realidad de la sociedad y de la iglesia española de las que, por tanto tiempo, he estado alejado.

Con este propósito, me he interesado en descubrir, tanto en el contexto sociopolítico, como eclesial actual español, la auténtica realidad del país. Es así, como ha llegado a mis manos la revista Cresol, que no conocía y que constituyó una grata sorpresa, ya que constituía un elemento importante de mi progresiva inculturación, en la realidad eclesial española, concretamente en la Iglesia local de Valencia.

Quisiera compartir algunas reflexiones que han surgido de mi experiencia personal en los muchos años de mi trabajo misionero. En mi labor, me he sentido estimulado por los retos que he encontrado en las distintas realidades religiosas y eclesiales en los distintos contextos que me ha tocado vivir. Principalmente, desde mis primeras experiencias vividas en Iglesias locales africanas, he descubierto una Iglesia profundamente laical, en la que los laicos han tenido un papel preponderante en las estructuras eclesiales, manifestándose especialmente en el desarrollo de ministerios laicales más allá de la clásica reducción de ministerios al servicio del culto. Estos ministerios abarcaban toda la vida de la comunidad, incluyendo ámbitos como la cultura, la seguridad y hasta el deporte. A la figura tradicional del Catequista en comunidades eclesiales jóvenes, se ha creado el ministerio de los funerales y enfermos, o el ministerio de la reconciliación de parejas, junto con el ministerio de la seguridad, de la cultura, del medio ambiente, o del deporte. Son ejemplos de este nuevo servicio eclesial, como respuesta de fe en la Iglesia, a nuevas necesidades de la comunidad. Estas y otras muchas experiencias en las que he vivido me han llevado a replantearme muchas cuestiones sobre la estructura de la Iglesia y a buscar respuestas concretas en el contexto sociopolítico y eclesial donde he trabajado en todos estos años.

Considero que debería haber un mayor compromiso teológico y pastoral para poder construir una Iglesia donde los distintos elementos derivados del misterio de comunión se pudieran integrar. El redescubrimiento, sobre todo a partir del concilio, de la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en su misión universal, así como los distintos ministerios abiertos al laicado, han abierto horizontes que van más allá de la estructura Clero y Laicado y nos proyectan hacia una Iglesia integral que se concreta en una unidad, que es plural, y refleja la comunión de la Trinidad.

Esta reflexión me abrió muchas posibilidades de acción pastoral y de diálogo ya sea inter-religioso y ecuménico como inter-eclesial entre el clero y el laicado, tan necesario en nuestro mundo y en la sociedad plural en la que vivimos hoy.

Yo resumiría esta estructura eclesial diciendo que la Iglesia es o debería ser un cuerpo mesiánico y carismático, caracterizado como un intercambio de dones y responsabilidad compartida. La definiría como el continuo desarrollo del ministerio en la Iglesia en múltiples campos que comprometa a todos los miembros de esta y actualice el carácter comunicativo de las comunidades cristianas en su interior y en su difusión fuera de ella.

Cuando el ministerio eclesial se desplaza desde la ordenación a la unción bautismal del Espíritu, entonces el Bautismo se convierte en la entrada fundamental del ministerio. La comunidad en su conjunto y cada uno de sus miembros, de acuerdo con su don o carisma del Espíritu Santo, son portadores del Ministerio eclesial, como lo son de su Misión.

Hay otro aspecto que personalmente siento muy importante y deseo recalcar para la misión de la Iglesia. Se trata del carácter inculturado de estas formas diferentes de vida y de servicio, donde la riqueza de los dones del Espíritu actúa y responde a la variedad de situaciones y nuevos retos procedentes de los cambios y desarrollos de la cultura, la ciencia y la historia.

Por otra parte, estoy convencido de que las responsabilidades especiales, como las de los ministros ordenados, alcanzan mucho más que la sola dimensión del culto que ejercen en la Iglesia, y alcanzan a los de fuera como ministros al servicio de la gran celebración de los hijos e hijas de Dios por una creación liberada. De esa manera creo que la Misión de la Iglesia en el mundo se convierte en un desafío a las estructuras de poder, que tanto daño hicieron y hacen a la Iglesia, como con gran sinceridad han subrayado los obispo en torno al papa en su reunión sobre los abusos a menores, a menudo nacidos de una horrible deformación y uso del poder por parte de los ministros ordenados o no de la Iglesia.

Por otra parte, veo necesario un examen crítico de la realidad del mundo de hoy, que veo en todas partes, incluida la realidad africana, sobre todo urbana, que se caracteriza por el mercado global y su cultura idolátrica del poder económico y la progresiva desaparición de Dios del horizonte de nuestra vida y del más allá. Creo que el ministerio de la Iglesia Integral tiene que comprometerse cada vez más en una humanidad en continuo desplazamiento y emigración, mezclándose con muchas culturas y creencias, sin contar con los choques de todo tipo y la violencia alimentada y programada por la industria armamentista mundial. Toda esta situación exige cada día más un ministerio que no se encierre únicamente en un cultivo espiritual y de culto de la comunidad cristiana, sino mucho más en el servicio de unos ministerios globales en nuestra sociedad, con una misión de Buena Noticia para sus múltiples problemas y necesidades.

En estos momentos, sobre todo en Europa, la credibilidad de la Iglesia está en juego. Esta nueva visión requiere carisma y discernimiento, pero veo necesario que este discernimiento para que sea creíble y aceptado, tiene que articularse en las categorías globales de nuestro tiempo, presentadas en público, como ha sido el caso de la reciente asamblea extraordinaria sobre los abusos de menores.

Creo que este es el reto misionero de toda la Iglesia y que no hay nada más importante que encontrar la manera de iniciar en la Iglesia Integral un auténtico diálogo que introduzca la función de un laicado con nuevos ministerios globales, inspirados por el Espíritu, como muchos teólogos hoy patrocinan, tanto en el interior de nuestra Iglesia, como fuera de ella, en una Misión de servicio evangelizador para todos sin distinción, particularmente para los más pobres y abandonados de todo el mundo.

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