María de Nazaret Por Bernardo Pérez - Revista Cresol

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En la escuela del Magnificat
María de Nazaret

Por Bernardo Pérez Andreo, OFM, profesor ordinario de Teología del Instituto Teológico de Murcia                    

El evangelista Lucas comienza su escrito para mostrar lo “bien fundados” que están los contenidos de la predicación sobre Jesús con un díptico que pone en relación la concepción y nacimiento de Juan Bautista y de Jesús. En este díptico, María, la pobre de Nazaret, lanza un cántico que se hace eco de los cánticos de algunas mujeres ilustres del Antiguo Testamento. Ante la visita de Isabel manifiesta la alegría y el gozo con el que la criatura que lleva en las entrañas recibe la noticia. No puede contener su regocijo y entona un canto de alabanza, de alegría, de gozo en el Señor, que ha sido grande con su pueblo sufriente. Ella también sufría por las circunstancias de su embarazo, por la vergüenza de su situación ante los demás, pues no puede mostrar la paternidad de lo que ha sido concebido en ella, pero no se amilana y muestra que el Señor es capaz de grandes proezas en favor de los sencillos, los sufrientes, los que solo esperan en Él el consuelo. Su canto es un himno a la alegría de la vida, al compromiso por la justicia y la misericordia. Es el núcleo y el comienzo del Evangelio que pasado el tiempo predicará su hijo. Es la escuela del Magníficat, un canto de gloria a Dios y de alabanza por sus maravillas con los pobres y oprimidos.

El papa Francisco ha consignado para el mes de enero de 2019 sus intenciones de oración para los jóvenes, para que vivan la alegría del evangelio en la escuela de María. Se trata de una gran escuela, pues es la misma que tuvo Jesús. De tal madre, tal hijo, podemos afirmar. Quien anunció el Reino de Dios para los pobres, los hambrientos y los perseguidos es el hijo de quien alabó a Dios porque “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos”. Jesús es el digno hijo de María, pues la personalidad de Jesús no surge de la nada, ni cae del cielo como un aerolito, sino que necesita, como cualquiera de nosotros, de una formación. En su casa tuvo esta formación y es la que le lleva a iniciar un proyecto de vida que culminará en el compromiso máximo con un mundo distinto, al que llamará, en la línea de los profetas y del Bautista, el Reino de Dios. Este Reino se configura, como en el cántico de María, desde los pobres y oprimidos, que son colmados de bienes, y frente a los poderosos y opresores, que son despedidos vacíos. Jesús propone un Reino donde los que ahora pasan hambre o lloran, serán consolados y saciados; un Reino donde los perseguidos tendrán su recompensa. En oposición, se lamenta por los que ya están saciados y se ríen, los ricos y poderosos, ¡ay de ellos! El Reino no se construye en abstracto, se trata de una realidad que encuentra oposición: desde los tiempos de Juan Bautista el Reino sufre violencia. Los poderosos no van a consentir que el Reino se construya en la tierra y por eso se opondrán con todo su furor, con toda la violencia posible. La respuesta es la perseveración, porque el que persevere se salvará, aunque sea pasando por la cruz.

En la cruz de Cristo, que atravesó el corazón de María, tenemos la prueba definitiva de que el compromiso de Jesús llega hasta el extremo. Los imperios de todos los tiempos, hoy también, utilizan la violencia extrema, la tortura, la desaparición y la reprobación social para conseguir dominar a los pueblos y someterlos. Los romanos crucificaban a los subversivos que proponían una realidad alternativa. El Reino de Dios que predica Jesús y del que es su Heraldo, se opone radicalmente al reino de los romanos, el reino de este mundo, y por ello Jesús es crucificado, como un subversivo, como una bandido junto a otros bandidos que luchaban contra un mundo de muerte e injusticia. La cruz es la muestra del compromiso radical de Dios con los pobres y oprimidos de este mundo. En ella contemplamos el amor más radical que Dios puede mostrar, pues el fruto del Espíritu en María será clavado como enemigo del Imperio y Dios sufrirá en esa cruz con Jesús y con María. El amor de Dios redimirá el mal radical mediante la resurrección y nos dará la prueba de la esperanza que María había cantado en el Magníficat: ¡El Señor ha hecho maravillas! En la escuela de María, Dios y los hombres nos encontramos. Ella es y será el camino seguro para el encuentro con el Padre de Jesucristo, con el amor entregado hasta el extremo más absoluto. María es la mediación más cierta para llegar a Dios y el camino seguro de la experiencia del amor de Dios a los hombres.

Los jóvenes tienen en María y su escuela, el camino más cierto para el encuentro con el Dios de Jesús. Hoy, como ayer y siempre, los jóvenes son la fuerza de cambio más potente de la historia, ellos son llamados a la construcción del Reino de amor y justicia por el que murió Jesús. Los jóvenes, lo vimos con claridad en América Latina, son capaces de un compromiso extremo llevados por el entusiasmo vital que rezuma por cada poro de su piel. En María pueden encontrar el sustento necesario para seguir a Jesús, quizás hasta una cruz que cada día se hace más cierta en una historia quizás cada vez más oscura. Necesitamos la luz del canto esperanzado de María para seguir abriendo alamedas de paz, justicia y libertad.
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