María, por D. González - Revista Cresol

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María

 
David González Niñerola
 
 
 Este título rinde homenaje a una mujer que quiso ser sencilla: Myriam, una hebrea en quien se escondía la kejaritoméne, la “llena de gracia”; la Theótokos, la “madre de Dios”. Si Abraham es el “padre de la fe” porque recibió la promesa, verdaderamente tenemos que reconocer en María a su madre, que la recibió cumplida. Y deseó no brillar para que la Luz alumbre al mundo. Este es el auténtico motivo de que su figura quede envuelta todavía en una cierta oscuridad, sobre todo en la parte más histórica. De su dimensión teológica no es necesario ir mucho más allá del magisterio eclesial. El Concilio Vaticano II ha sido especialmente significativo.

  San Juan Pablo II proponía en Lumen Gentium y Redemptoris Mater una mirada profunda sobre María: no sólo podemos considerarla “tipo” profético de la Iglesia sino también “prototipo” de la peregrinación interior que todo discípulo debe hacer hacia el Jesús de Galilea. El itinerario de fe que esta mujer recorrió desde la Anunciación hasta el Gólgota es un modelo del discipulado, del camino espiritual, de Galilea a Jerusalén, que debe recorrer quien se atreva a seguir al rabino de Nazareth -de donde no se había oído nunca que pudiera salir nada bueno (Jn.1,46)-. Como cualquier otro discípulo, María abandonó sus seguridades y se enfrentó a la pobreza y el desprecio de los suyos para caminar hacia no se sabía dónde. Como Abraham, hizo un homenaje de su razón ante la promesa divina y creyó contra toda esperanza (Rom.4,18); si el primero dio crédito “al que es” ante un imposible humano como ser padre con Sara en la vejez, ella lo hizo para ser madre en su juventud sin haber conocido varón (Lc.1,34). Resulta admirable el consentimiento de esta virgen judía ante lo incomprensible de Dios, que guardaba en su corazón aquello que no entendía (Lc.2,19) desconsiderando su propia inteligencia, y todo para caminar, como Abraham, hacia una tierra que Dios le iba a mostrar (Gen.12,1), un futuro al que no alcanzaba su vista carnal, confiada sólo en aquel que se lo prometía. Como Abraham, tuvo la misma prueba de fe cuando se le pidió el sacrificio de su hijo; como Abraham, quiso ofrecérselo a Dios y desgajar de sus entrañas aquello que más amaba, y que ese mismo “Dios irracional” le había dado antes… Incomprensible. Uno y otra recuperaron a su hijo porque ningún hombre puede darle a Dios más de lo que Él mismo puede dar. La kénosis de esta Madre fue comparable a la del Cordero que entregó para su muerte. Antes, incluso, de darle a luz no solo se expuso a ser repudiada, sino también a la calumnia o la lapidación y, al poco de ser madre, al exilio, porque Herodes iba a buscar al niño para matarlo (Mt.2,13). Como Cristo, también fue glorificada después de que una espada le
 
traspasara el corazón (Lc.2,22-35). Fue el momento de su lanzada. No obstante, su persona es fecunda en muchos más sentidos no tan conocidos desde la piedad popular. Uno de ellos es el campo del diálogo ecuménico e interreligioso.
 
  Myriam es un signo para la unidad de los cristianos porque representa la universalidad de la salvación. En torno a los debates ecuménicos se dan dos aspectos inseparables del misterio redentor: si la realidad histórica del “Verbo encarnado” nos obliga a reconocer el de su maternidad divina, así se esclarece igualmente el “misterio de la Iglesia”: desde su experiencia de la fe -que es la nuestra- y que precede a todos los testigos de su Hijo. Con todas las implicaciones eclesiológicas que esto conlleva. Nuestros hermanos separados ya convergen en varios puntos sobre su persona: las iglesias reunidas bajo el signo de Éfeso la confiesan como verdadera Theótokos, igual que entre los “Padres griegos” o la tradición bizantina; San Cirilo de Alejandría introdujo su contemplación en las tradiciones coptas y etiópicas; San Gregorio de Narek (último Padre de la Iglesia proclamado por el papa Francisco) también profundizó en su obra sobre el misterio de la Encarnación. La unidad de una familia se gesta en torno a la madre, y no solo al padre. En esta maternidad espiritual estábamos todos.
 
  Parece lógico que si María puede ser reconocida como “madre de la fe”, también pueda servir de puente dialógico con las religiones abrahámicas.  Es, de hecho, quien vehicula el cumplimiento de las promesas hechas al patriarca. El arzobispo Francesco Goia (ofm), presidente entonces de la institución romana para la Peregrinación a la Sede de Pedro, ofreció al público en mayo de 2003 la obra María, madre de la palabra, modelo de diálogo entre las religiones (Ed. Ciudad Nueva); afirmaba en ella que “el diálogo entre cristianos y judíos hasta el momento se ha concentrado en la figura del Mesías, reservando a María pocas alusiones”.
 
  Esto había sido hasta ahora un grave error porque “si la tradición judaica contemporánea y posterior a Cristo se remontara a los orígenes comunes, las posibilidades de acuerdo se multiplicarían”. Entre estos orígenes compartidos destaca la “Excelsa hija de Sión” (LG,55). El cardenal Francis Arinze, en la introducción que prologa la obra, reconocía que incluso “en otras muchas religiones como el hinduismo y el budismo, aun no habiendo referencia explícita a María, se pueden encontrar analogías entre la Madre de Jesús y personas relevantes en el ámbito del propio credo; no hay que infravalorar el sustrato femenino presente de alguna forma en toda religión”. Y el Islam no es ajeno a esta posibilidad. Quizás en este caso, el de la fe islámica, sea más importante resaltar en nuestros días la potencialidad del diálogo. No nos resulta tan cercano y conocido como en el caso del judaísmo.
 
  María se reconoce en el Qrán como un “modelo de creyente” y “señal para las criaturas” (Sura 21,91). El decimonoveno capítulo de este libro sagrado lleva su nombre: Mariam. Citada 34 veces en sus textos, se le reservan igualmente los “hadices auténticos” -dichos del Profeta- más bellos: La superioridad de Aisha con respecto a otras mujeres es como la superioridad de Tharid -un platillo de pan y carne- con respecto a otros platillos. Muchos hombres alcanzan el nivel de perfección, pero ninguna mujer ha alcanzado ese nivel a excepción de María, hija de Amran (José) y Asia, y la esposa del Faraón (Bukhari 4.643). Los musulmanes no aceptan a nivel doctrinal que el nacimiento sobrenatural de Jesús sea una evidencia de su divinidad, pero, en la línea de Nostra Aetate, podemos prestar atención a que honran a María, su madre virginal, y a veces también la invocan devotamente (NA,3). Es un punto de comunión, siquiera humilde.
 
  Debemos superar los límites de nuestro miedo al otro, con mucha más razón cuando la alteridad parece más lejana y el otro más diferente. Que el Señor y Padre de todos nos conceda reconocernos algún día como hermanos, y que en este camino de discernimiento nos ayude nuestra madre. Myriam, seguramente, escucharía las palabras de su elección en arameo: “Shlom-lej, Mariam, maliat tai buta. Maran amej”. Ruega por nosotros.
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