Las reformas del papa Francisco. Perspectiva histórica Por Vicente Cárcel - Revista Cresol

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Las reformas del Papa Francisco. Perspectiva histórica.

¿Cuál cree que es el alcance de las reformas que impulsa el Papa Francisco?
Esto lo ha explicado muchas veces el Papa. Él no tiene más intención que poner en práctica lo que los cardenales fueron analizando en las Congregaciones generales que precedieron el cónclave en que salió elegido Pontífice. En esas reuniones, de las que sabemos algunas cosas, había una intención generalizada que, más que calificarlo como reforma, yo lo definiría como voluntad de cambio. La Iglesia aparecía en los últimos tiempos sólo a partir de noticias negativas en la prensa mundial. La situación se hacía insostenible. Más allá de los cambios que el Papa ha anunciado, lo que ha pretendido Francisco es un giro total en la imagen de la Iglesia desde el primer momento en que apareció en el balcón de la logia vaticana diciendo Buona sera.
Ecclesia semper reformanda, dice la expresión atribuida a los Padres de la Iglesia. El Concilio Vaticano II recoge esa pretensión de aggiornamento (actualización). ¿Qué grandes reformas ha habido en la historia de la Iglesia?

Hay un gran momento en la Iglesia en este sentido: la reforma llevada a cabo en el Medievo. Ahí encontramos a los grandes Papas reformistas como Gregorio VII, que lleva adelante toda una serie de medidas para defenderse del poder temporal. La gran reforma viene con el Concilio de Trento, aún no comprendido del todo, al que se ha dado una connotación negativa, cuando en realidad es todo lo contrario. En Trento, se aprobó el Decreto de Reformatione, de 1563, que fue el último Decreto aprobado por el Concilio, y que señala la necesidad de que los obispos sean pastores y residan en sus diócesis, porque esa residencia no existía. Releer ese Decreto en la actualidad ayuda a poner en relación la tradición de la Iglesia con la insistencia del Papa Francisco sobre el talante que deben tener los pastores: vivir de forma sobria, estar cerca de la gente, no ostentar títulos, etc. Me atrevería a decir que al Papa no dice nada original, sino que repite lo que ha dicho desde hace siglos la Iglesia, en especial el Decreto de Reformatione, que no se llegó a poner en práctica más que por una primera generación de obispos y cardenales, algunos Papas, como san Pío V, san Carlos Borromeo o san Juan de Ribera, pero que fue quedando, poco a poco, en letra muerta. Francisco no hace más que repetir el espíritu reformista de Trento aplicado a la Iglesia del siglo XXI.
Muy posteriormente, otro gran reformador fue san Pío X, en 1903. A este Papa le perjudicaron dos cosas: el ser tan bueno y el haber sido canonizado muy pronto, pues se le ha presentado con una imagen demasiado edulcorada. Este Pontífice recorrió todos los encargos pastorales que se puede tener en la vida de un presbítero: coadjutor, párroco, arcipreste, canónigo, obispo de una pequeña diócesis, etc. Nunca vino a Roma hasta que lo hicieron Papa, por lo que no sabía nada del mundo de la Curia romana. En cuanto lo proclamaron Papa, quitó a los príncipes el derecho de veto, con lo que protagonizó una reforma revolucionaria, pues fue el golpe definitivo a las alianzas con el poder civil. También introdujo una serie de reformas en la Curia romana, que permanecía intacta en su estructura desde Trento. Además, la Iglesia no contaba con una legislación ordenada sistemáticamente, con lo cual promueve la publicación de un Código de Derecho Canónico. Se puede calificar, por tanto, a san Pío X el gran reformador de la Iglesia desde Trento. Fue además un exponente del pastor con olor a oveja que tanto repite el Papa Francisco. Resulta paradójico que adoptan como protector a san Pío X los que se oponen a las reformas de la Iglesia. Los tradicionalistas lo presentan como un Papa anti-reformista por sus posturas antimodernistas, propias del momento histórico en que estaba inmersa la Iglesia.
El siguiente hito en la reforma lo protagoniza otro Papa que procede del pueblo sencillo, cuyo pontificado dura poco tiempo: san Juan XXIII. De todos modos, la reforma emanada del Concilio Vaticano II será llevada adelante por Pablo VI, en medio de las incomprensiones de muchos.

¿Se podría hablar de períodos inmovilistas en la Iglesia?
Ha habido períodos en que la Iglesia se ha visto condicionada por una serie de acontecimientos exteriores que la han mantenido paralizada. El período de la Revolución Francesa se puede calificar de inmovilista. El Papa permanece prisionero en París y no puede hacer nada. Las distintas supresiones de la Compañía de Jesús, por otro lado, obedecieron más a motivos políticos que religiosos. La época de la pérdida de los Estados Pontificios, en los que el Papa no pudo hacer la reforma que deseaba, pues tenía otros frentes que atender. Ésos serían ejemplos de períodos inmovilistas. Otro período es la primera época de Pío XII, inmersa en la Segunda Guerra Mundial, que le impidió convocar un Concilio, tal como él deseaba.

¿Qué reformas han hecho los Papas posteriores al Concilio?
El Concilio Vaticano II no es el Concilio de Juan XXIII, sino también el del Papa Pablo. Juan XXIII inicia la andadura, pero él mismo se asustó de lo que había puesto en marcha. Cuentan la anécdota de que entró en la comisión que trataba la reforma litúrgica, y cuando escuchó las propuestas que estaban sobre la mesa dijo: «Lleven adelante lo que están proponiendo, pero yo prefiero morirme antes de ver estas cosas puestas en práctica». Él procedía de una espiritualidad típica del siglo XIX: devociones, piedad popular, etc.
Pablo VI retomará las sesiones del Concilio. De corte más intelectual que su antecesor y con una gran sensibilidad para captar el momento histórico, se da cuenta de que hay que reformar y que hay que empezar por la Curia romana. En este Papa, encontramos el gran reformador después del Concilio. Entre sus novedades, incluye la estructura sinodal y realiza un gesto significativo: se quita la tiara. Los Papas hablan más por gestos que por palabras, como podemos comprobar con Francisco. Con el gesto de la tiara, Pablo VI se muestra al mundo como obispo de Roma, sin referencias al poder temporal. El mismo Papa Francisco ha reconocido que no se ha escrito nada mejor en lo que respecta a la pastoral que la Evangelii nuntiandi, escrita de puño y letra por Pablo VI al no encontrar consenso en las proposiciones emanadas del Sínodo que la precedió. El Relator de ese Sínodo fue curiosamente Karol Wojtila, que entregó los textos al Papa sin ninguna conclusión concreta, pues no se ponían de acuerdo los Padres sinodales.
Aquel Relator sinodal llegó a ser Juan Pablo II, el Papa misionero que recorre todo el mundo. Pero su pontificado no se podría calificar de reformista, al menos en cuanto a la estructura de la Iglesia se refiere. Su Constitución apostólica Pastor Bonus no plantea ninguna reforma, sino sistematización de todo lo que había escrito. La nueva edición del Código de Derecho Canónico y el Catecismo de la Iglesia católica son actualizaciones y síntesis del Magisterio, pero que no implican novedad ni cambio eclesial.
El mayor gesto reformador de su sucesor, Benedicto XVI, lo encontramos en su renuncia. Con la progresiva concentración de poder desde Gregorio VII, prácticamente, la figura del Pontífice se mitifica. Con la renuncia de Benedicto XVI, se da un golpe de gracia a esta visión del ejercicio del ministerio petrino, abriendo la posibilidad de cesar cuando falten las fuerzas necesarias.

¿Podemos establecer una línea de continuidad entre Francisco y sus predecesores en lo que respecta a su intención reformadora?
Hay siempre continuidad en las reformas que he descrito de modo sintético. En la Navidad de su primer año de pontificado, encontramos un discurso célebre de Benedicto XVI acerca de la hermenéutica de la continuidad para interpretar el Concilio Vaticano II. Pero no sólo se debe aplicar esta hermenéutica al Concilio, sino al resto de reformas en la Iglesia. De hecho, el Vaticano II, con toda la novedad que aporta, no es más que una continuación del Concilio Vaticano I, que, por tener que interrumpirse por razones históricas, sólo pudo abordar el papel del ministerio petrino, quedando como tarea pendiente para el próximo Concilio la figura de los obispos.

¿Qué novedad aporta entonces el actual sucesor de Pedro?
La reforma la ha comenzado Francisco con su persona. Su testimonio de vida es el referente de la reforma. Es su estilo de vida y de ejercer el ministerio petrino el que se presenta como talante pastoral necesario para la misión de la Iglesia en la actualidad.

¿Quién podríamos decir que ha sido más reformador, Francisco, o el cónclave que lo eligió?
No me explico, más que con la acción del Espíritu Santo, la rapidez con que fue elegido Francisco. Después de la comida que ofreció en Santa Marta el primer día de su pontificado, me encontré con un cardenal amigo, antiguo profesor de la Universidad Gregoriana, y le pregunté cómo había salido elegido tan rápido el Papa. Él me respondió que no me podía decir nada, pero que lo tenían claro prácticamente después del segundo escrutinio.
Otro cardenal me comentó, una de las tardes de Congregaciones generales, cómo había llamado mucho la atención la intervención del cardenal de Buenos Aires, pero sin la más remota alusión a que fuese determinante para salir elegido Pontífice. El director del Corriere della Sera reconoció que habían preparado treinta biografías para publicar la del nuevo Papa inmediatamente saliese elegido, entras las que no se incluyó al cardenal Bergoglio, ya que se decía que el futuro Papa sería más joven. Su elección rompió todas las previsiones: Un Papa de América latina y anciano.
Adrián Ríos. Roma
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