La semana trágica de la Iglesia en España Por Víctor Manuel Arbeloa - Revista Cresol

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LA SEMANA TRÁGICA DE  LA IGLESIA EN ESPAÑA

Víctor Manuel Arbeloa, historiador (Navarra)

Escribí este libro con este título en 1976, mientras avanzábamos el académico Miguel Batllori y yo, en la sala Cambó del monasterio de Montserrat en la edición de los nueve tomos del Archivo Vidal y Barraquer: Iglesia y Estado durante la Segunda República Española, 1931-1936. Lo editó Galba ediciones, de Barcelona, que poco después sufrió un percance, y el libro quedó a medio vender.
Lo reeditó Encuentro, de Madrid, en 2006, con un prólogo del historiador José Andrés-Gallego, que hacía unas atinadas observaciones sobre la aleccionadora relectura de un libro que en esa fecha volvía a ser oportuno treinta años después, por razones muy diferentes.
Cuando yo trabajaba, todavía veinteañero, con medios muy precarios, en la Hemeroteca Municipal de Madrid sobre la prensa de la Segunda República, y en la biblioteca del Congreso sobre las Cortes de la misma, llegué a la conclusión de que la verdadera semana trágica de la Iglesia en España era la del 8 al 14 de octubre de 1931. Había leído la célebre sesión de las blasfemias en las Constituyentes de 1869 y otros pasajes anticlericales y antieclesiales de las Cortes españolas, y conocía para entonces revistas, folletos y libros del mismo cariz, pero en todo el siglo XX y ni siquiera desde la Restauración había visto tal conjunción de ateísmo, antieclesialismo y anticlericalismo en las sesiones parlamentarias, en la prensa nacional y en las manifestaciones públicas en calles y plazas de España, todo a la vez y con tal intensidad, preparando, además, la Constitución más sectaria y totalitaria, al menos en lo que a la Iglesia se refiere, de toda nuestra historia.
Si ya en mayo de ese año había comenzado la persecución directa de la Iglesia con la quema de iglesias y conventos, los discursos de esa semana en  las Cortes y los artículos constitucionales aprobados, esos días en ellas, iban a extender esa persecución en muchos tiempos y lugares por encima de toda previsión, máxime durante la insurrección violenta y sangrienta de Asturias y en otros lugares de España, en octubre de 1934, y tras la victoria del Frente Popular en febrero de 1936. Y pudo haber sido todo todavía mucho peor, si Azaña no hubiera lanzado, la noche del 13 de octubre, su ultimátum, porque socialistas, radical  socialistas y otros  grupos izquierdistas, mayoritarios en conjunto, quisieron hasta última hora aprobar constitucionalmente la disolución de todas las órdenes religiosas y la confiscación de todos sus bienes.
Aunque eso se pudo evitar al filo de la madrugada, lo que quedaba aprobado era también muy grave. Lo decía el católico liberal, políticamente independiente, Ángel Ossorio y Gallardo, en un discurso muy inteligente a la hora de convencer a sus colegas republicanos:
“No es eso, ni guerra civil, ni resistencia a mano armada; es otra cosa más terrible: es la disensión en la vida social, es el rompimiento en la intimidad de los hogares, es la protesta manifiesta o callada; es el enojo, es el desvío; es el tener media, por lo menos media sociedad española vuelta de espaldas a la República, y eso sí que es guerra y de ella tenemos ya sobradas pruebas”, cuando elementos productores, financieros, profesionales, de las letras y las artes dicen: “la República no me interesa; la República está herida de muerte”.

Y así fue,
Desde el punto de vista eclesial, el cardenal de Tarragona, Francisco Vidal y Barraquer, cabeza de la Iglesia en España en aquellos momentos, escribía al secretario de Estado Vaticano, en su despacho del día 16:
“El efecto del testo persecutorio, en la opinión general, es que divide profundamente a los ciudadanos y crea un cisma espiritual en la República, y abre en consecuencia prácticamente un nuevo período de revisión constitucional, que sólo puede terminar con la anulación legislativa, en plazo más o menos lejano, de los preceptos sectarios aprobados”.

Pero tampoco eso fue posible. Y la Constitución de 1931 llegó intacta al tiempo de la guerra civil.
El año 2008, con la documentación de los nueve tomos, publicados por la Abadía de Montserrat, a los que me referí al comienzo, escribí, también para la editorial Encuentro el libro titulado La Iglesia que buscó la concordia (1931-1936). Estoy convencido de ello, por lo menos en lo que respecta a la Iglesia jerárquica, u oficial, como suele decirse, del equipo de arzobispos (Sevilla y Valladolid) que acompañó a Vidal y contó siempre con el beneplácito y hasta el impulso del nuncio Tedeschini, vocero de Pacelli, entre septiembre de 1931 y mayo de 1936.

Tardará tiempo, desgraciadamente, hasta que ese título de mi libro se imponga en la historiografía española y en la conciencia de los españoles, solicitados todavía desde diversos frentes de una cierta  y selectiva “memoria histórica”, y desde una historiografía poco imparcial por la tesis injusta de que la Iglesia buscó la discordia y hasta la guerra civil.
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