La santidad posible, por F. Ramón - Revista Cresol

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La santidad posible

 
Fernando Ramón
 
  El pasado 19 de marzo, el papa Francisco nos sorprendió con una Exhortación apostólica inesperada, creo, para la mayoría de los creyentes. Se cumplían cinco años del inicio de su pontificado y ha querido celebrarlo con este regalo. Porque considero que el documento que tenemos ante nuestros ojos es un auténtico regalo.
 
  El Santo Padre nos anima a la santidad como un camino accesible para todos y nos advierte que no quiere hacer un tratado teórico sobre la santidad, fruto de la reflexión, sino recordarnos la llamada a la santidad desde un realismo grande consciente de los “riesgos, desafíos y oportunidades” que nos presenta nuestra sociedad.
 
  Considero que la gran novedad que presenta esta propuesta es que vincula la santidad no con el concepto de perfección, que siempre nos resulta un tanto inalcanzable, sino con el de posibilidad real y cercanía. El papa nos habla de los santos de la puerta de al lado, como un modo de decirnos que la santidad está más cerca de lo que imaginamos y que es posible.
 
  Recuerdo un profesor de la Facultad de Teología que nos decía a los que estábamos en el Seminario: Recuerden que cuando vayan a la parroquia que la Iglesia les confíe no crean que son los más santos de esa comunidad. Piensen que hay por lo menos cinco personas más santas que Vds. Así que la primera tarea que tienen que hacer es encontrar a esas personas y aprender de ellas. Esta es también la propuesta de Francisco, animarnos a la santidad descubriendo los signos que ya hay cerca de nosotros.
 
  El papa nos advierte ante dos sutiles enemigos de la santidad: el gnosticismo y el pelagianismo, que en nuestro contexto social y eclesial toman formas nuevas. El nuevo gnosticismo consiste en un subjetivismo que se cierra en la experiencia personal y que eleva ésta al grado de verdad única. Puede llegar a intelectualizarse la fe de tal modo que se reduzca a un conjunto de ideas que nos parecen brillantes, pero que no tocan nuestra carne. Se cree tener respuesta a todas las preguntas y se juzga a los demás definiendo donde está y donde no está Dios, pero solo es una falsa seguridad. Y esto puede suceder también a personas creyentes que se consideran buenos cristianos.
 
  El pelagianismo reactivado hoy consiste no en atender a nuestro conocimiento, sino a nuestra vida. La santidad tiene que ver con la vida que llevamos y eso centra nuestra atención en nuestra voluntad. Nos hace confiar en nuestras propias fuerzas fundamentalmente como el camino que nos conduce a la santidad y, por tanto, se deja la gracia como don a un lado. Hemos de ser muy conscientes de estos peligros que pueden afectar a nuestra manera de vivir, celebrar y comunicar la fe.
 
  Frente a los peligros, el papa nos presenta a Jesús como modelo a seguir y nos ofrece dos referentes bíblicos que hemos de tener siempre ante nuestra mirada. Por una parte el discurso de las bienaventuranzas. Son el programa del Reino y el camino que el Señor nos ofrece para alcanzar la santidad. Es admirable la explicación que nos regala Francisco de cada una de las bienaventuranzas. Por otra parte, el capítulo 25 de Mateo donde escuchamos el relato del juicio final y las pistas que Jesús nos da para que sepamos reconocerlo en los más necesitados de nuestro mundo. Es un texto que nos interpela y compromete, no podemos excusarnos con que no sabíamos que el Señor estaba ahí esperándonos.
 
  Finalmente, la exhortación concluye con algunas notas que destacan las características de nuestra sociedad que son obstáculo para nuestra santidad: “la ansiedad nerviosa y violenta que nos dispersa y nos debilita; la negatividad y la tristeza; la acedia cómoda, consumista y egoísta; el individualismo, y tantas formas de falsa espiritualidad sin encuentro con Dios que reinan en el mercado religioso actual”. No se puede decir de modo más claro y sintético. Frente a ello, el papa propone actitudes evangélicas que deben estar presentes en la vida de todo cristiano y que nos conducen hacia la santidad: aguante, paciencia y mansedumbre; alegría y sentido del humor; audacia y fervor; vivir la fe en comunidad y en oración constante.
 
  Creo que estamos ante un documento muy claro e iluminador, cuya lectura nos hace mucho bien y nos anima a la santidad porque es posible. Aliento a todos, creyentes y no creyentes, a leer este documento que nos estimula a ser más creyentes y mejores personas.
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