La respuesta de la juventud Por Emilce Cuda - Revista Cresol

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La respuesta de la juventud
Por Emilce Cuda, doctora en Teología Moral Social, de la Universidad de Buenos Aires

El Papa Francisco en Cracovia, en la apertura de la Jornada Mundial de la Juventud del 2017 se preguntó, y preguntó a los jóvenes, si las cosas pueden cambiar.  La respuesta de la juventud fue un sí. Eso es un joven: un sí encarnado cuya sola presencia dice Laudato Si.

Un sí es lo que define la persona de una joven de Nazaret de Galilea a la pregunta de un ángel. Ese sí encarnado fue Jesús. Cada ser humano es una respuesta afirmativa a la pregunta por la vida. Si está vivo es un sí. La vida es persistente, sigue insistiendo en estar, sigue preguntando por miles de años si queremos seguir en ella y con ella, si queremos multiplicarla y cuidarla. A pesar de discursos adversos a la vida -como son la apología del aborto, de la eutanasia, de la pena de muerte, de la guerra, de la contaminación-, la vida insiste, sigue preguntando, sigue buscando respuestas en cada gestación, y los millones de vidas jóvenes son esa respuesta afirmativa. Si están ahí, lo son. Sin ese sí de tantas jóvenes que aun en las peores condiciones sociales lo dicen, la especie humana estaría en peligro; porque la cuestión de la vida no se trata solo de un problema moral religioso, de bioética, sino también de la supervivencia de la especie.

Cada joven es el sí encarnado de una joven; es una respuesta nueva a la pregunta por el cambio, una renovada inyección de optimismo. Cada joven es la virtud teologal de la esperanza situada. No solo son la respuesta, también son el decir de un pueblo concreto a quienes los adultos deberían escuchar, según el documento final del sínodo. Esto, que parece invertir el sentido común de que los adultos solo por  acumular años pueden decirlo todo, en realidad es una apertura al diálogo intergeneracional.  

Según Francisco en ese mismo discurso, el sí “es una respuesta que nace de un corazón joven que no soporta la injusticia y no puede doblegarse a la cultura del descarte, ni ceder ante la globalización de la indiferencia.” Interpela diciendo:
“¡Escuchen ese grito que viene de lo más íntimo!”. Lo fundamenta teológicamente en el profeta Jeremías, a quien siendo consciente de  la inexperiencia juvenil Dios los estimula a ir donde Él lo envía y le dice: “No les tengas miedo, que contigo estoy para salvarte (Jer 1,8)”. Francisco tomó la decisión pontificia de escuchar a los jóvenes, los llamó a Roma en el 2018, les prestó su atención, no los corrigió, los escucho. Eso fue el Sínodo de la Juventud.

El documento final de ese encuentro recorre todos los escorzos posibles desde los cuales se puede, y debe, abordar el tema de la juventud. Si bien la juventud es un sí al cambio por la vida, no siempre el contexto es fértil para que su decir prenda, brote, entusiasme, contagie, enamore. El Enemigo sabe de la potencia de la juventud y le pega duro, la desanima, le pone obstáculos y tentaciones. Los ataques a la juventud son: la falta de trabajo, el narcotráfico como consumo y como modo informal de empleo, la trata de personas, la desigualdad de género, la migración, el trabajo infantil.

Los jóvenes son las principales víctimas de un “sistema que mata” -como dice Laudato Si-, y eso puede explicarse también teológicamente, y no solo política y económicamente. El cuerpo y el alma de los jóvenes son el campo de batalla donde se libra culturalmente la guerra escatologica entre el Señor y su Enemigo -hablando en términos ignacianos, aprovechando que tenemos un papa jesuita. Se libra en ellos porque precisamente porque ellos son la posibilidad de cambio, ya que de su decisión depende la producción y reproducción, tanto del sistema capitalista como de la vida misma. Pero no están solos, dice el papa Francisco, Dios está con ellos en su discernimiento, como lo estuvo con el joven profeta Jeremías y con los discípulos de Emaús.

Quizás, cuando Dios dice a Jeremías que no tema, que él lo acompañará, no sea por la debilidad e inexperiencia del joven profeta, sino por la superioridad del Enemigo al que se enfrentará. La conciencia de la debilidad humana es condición de posibilidad para entender la caída y encontrar el camino de regreso. Los jóvenes no caen en la tentación del sistema por jóvenes, sino por humanos. Y cuando digo “tentación”, no estoy pensando en términos de moral sexual sino en de moral social. Disculparse y disculpar la caída -que hoy aparece bajo la forma de corrupción -, es un modo de comenzar el camino de regreso. Eso ya es un cambio. Sin entender la superioridad del Enemigo en su capacidad de tentar, y la debilidad humana frente a esa tentación, la necesidad de que Dios esté con nosotros no surgirá y pediremos ayuda a falsos dioses.

Los jóvenes tienen la capacidad de resistir, por eso son tan temidos y se los quiere corregir, normalizar, disciplinar, negar. Pero el cristianismo es la negación de esa negación. Eso es la resurrección, la negación de la muerte como negación de la vida. Cristo vino para negar la negación, por eso imitarlo es negar toda negación afirmándose en la vida, vino “para que todos tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

En cuanto a las amenazas a la juventud que denuncia el documento sinodal, desde la Teología del Pueblo, que tiene como punto de partida la realidad, sabemos que el Enemigo que no es persona, por lo cual no respeta la vida. Es un sistema de relaciones egoístas y no solidarias que está en guerra contra la humanidad y pega en su punto más débil, los jóvenes sin Tierra, sin Techo, y sin Trabajo.
La revolución tan temida, la de los jóvenes organizados luchando por un cambio social, ya no es una amenaza en el siglo XXI porque sus cuerpos y su cerebros son atacados antes de que tengan la posibilidad de organizarse. En los años setenta y ochenta los jóvenes latinoamericanos se organizaban para convertir las estructuras injustas. Hoy la organización política dejó de ser el camino para el cambio. En su lugar está la migración o la corrupción. En el mejor de los casos, los que aún tienen algo de autoestima, migran. A los que ya les han robado hasta la autoestima, es decir la conciencia de dignidad humana, son organizados por el Estado paralelo que es el narcotráfico, donde la vida no vale nada, donde apenas se sobrevive a los 25 años.

Laudato Si es un canto revolucionario porque dice al Dios verdadero: Alabado Seas. Es un canto a la vida, una respuesta afirmativa al cambio. Esa posibilidad está en manos de los jóvenes. Ellos son el sí a la propuesta divina que es la creación. Escuchemoslo y salgamos con ellos. Los jóvenes son la Iglesia en salida.                                                                                                          
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