La persecución en nuestro tiempo Por David González - Revista Cresol

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La persecución en nuestro tiempo
Por David González Niñeroa, profesor de Filosofía (València)

“Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra” (Mt , 10, 23). Así lo indicaba Jesús a sus discípulos cuando les envió a la misión; se dirigía a apóstoles itinerantes. Huir no resulta tan sencillo para nosotros en Europa o en otras partes del mundo; si bien el odio a la fe tiene notas características, no adopta siempre el mismo rostro. El papa Francisco nos ha invitado este mes de marzo a la oración por la evangelización, “por el reconocimiento de los derechos de las comunidades cristianas, en especial de aquellas que son perseguidas, para que sientan la cercanía de Cristo y que sus derechos sean reconocidos”.

Raquel Martín (“Ayuda a la Iglesia Necesitada”) acudió como muestra de apoyo a la presentación del informe elaborado por “Open Doors” (“Puertas Abiertas”) sobre la persecución actual a la Iglesia (“Lista Mundial de la Persecución a los cristianos”) el pasado enero en Madrid; uno de cada doce de nuestros hermanos la sufre en este momento -215 millones en todo el mundo- e irá en aumento cada año, como puede constatarse desde hace tiempo; “informar y sensibilizar a la sociedad para que seamos conscientes de esta terrible realidad”, declaraba, es una responsabilidad eclesial de todos.
Corea del Norte o Somalia son de los países más intolerantes con la Iglesia, y con cualquier confesión religiosa que no sea la propia o la “oficial”. En la segunda no cabe otra religión que la islámica, independientemente de su política sobre la libertad de culto; en un sistema tan tribal, “aunque el gobierno no persiga a los cristianos, desde las tribus se les somete y ejecuta por el mero hecho de seguir a Jesucristo” según Ted Blake, director de “Open Doors”. En Corea del Norte está prohibida la posesión de la Biblia, llevar una cruz al cuello, los matrimonios cristianos y profesar nuestro credo -bajo pena de cárcel y trabajos forzados-. La fe se vive en la clandestinidad.
Uno de los frutos que está suscitando el Espíritu Santo en este tiempo histórico es el de la caridad, una forma nueva de solidaridad entre hermanos de distintas confesiones que se unen bajo el signo, casi inédito, del “ecumenismo de sangre”. El papa Francisco ha reiterado muchas veces el mismo mensaje: “Al que nos persigue no le interesa si somos evangélicos, ortodoxos, luteranos, católicos, apostólicos… ¡no le interesa! Somos cristianos. Y esa sangre se junta”… Explicaba Raquel Martín que, cuando los católicos de Pakistán o Nigeria se reúnen en la iglesia los domingos, los evangélicos se quedan fuera haciendo guardia para que no les ataquen; los católicos hacen otro tanto cuando realizan ellos sus cultos. Un ejemplo de solidaridad ecuménica y fraterna que aparece con la persecución. Sucede lo mismo a nivel interreligioso: en varias ciudades europeas, no hace muchos años, se han visto a comunidades enteras de musulmanes, por ejemplo, protegiendo en círculos las sinagogas durante el rezo de “Sabbat”; las comunidades judías hacían lo propio el viernes -día de oración- alrededor de las mezquitas. Es la belleza del amor en medio del odio. Demuestra que el fanatismo está más relacionado con las personas y su interpretación radical de los textos religiosos que con las cosmovisiones en sí mismas. En este sentido, en fin, el fariseísmo y la radicalidad nos afecta a todos; igual que se han dado siempre, en cada generación, interpretaciones rígidas, radicales y deformadas del Evangelio en el seno de la Iglesia, o de la “Torá” en el judaísmo, hoy podemos encontrar en el corazón de Francia o Alemania barrios, distritos y zonas enteras de población donde se aplica impunemente la “sharia” en la sombra -o una versión esperpéntica de ella- y está vetado el acceso a personas de raza blanca. El informe de “Open Doors” es muy significativo: quienes traen de su propio país de origen una lectura errónea y fanática de su ideología religiosa la aplican en nuestros países como se impone allí, de modo intolerante e intransigente. La Modernidad no ha llegado a todos por igual; algunas de estas religiones centenarias necesitan mucho más tiempo e ilustración para que la totalidad de sus miembros lleguen a interpretar algún día su propia tradición de un modo adecuado. Estoy firmemente convencido de que vivir entre nosotros les ayudará a hacerlo. Pero la persecución no llega sólo y explícitamente a la sangre. Se produce también de un modo más sutil.

En nuestro Occidente moderno, tolerante e ilustrado, se produce un fenómeno muy característico de violencia y persecución implícita: cuando atenta, veladamente, contra los derechos a la libertad de conciencia y expresión… “En España -prosigue Blake- ser cristiano está mal visto porque va en contra de los nuevos ideales que se quieren imponer”. Se refiere al campo moral o cívico… “Hay un gran número de factores por los que los cristianos son perseguidos y condenados por su fe […] lo cierto es que en muchos países no hay una violencia directa, pero sí una presión brutal”… Las etiquetas de sexofobia, homofobia o autoritarismo se nos cuelgan a la espalda como a chivos expiatorios desde auténticos lobbies de poder social como el de “LGTB”. Si existe un “problema” con la educación religiosa en las escuelas de nuestro país viene dado por esta sola cuestión: que el supuesto “problema” se diagnostica de un modo abiertamente sesgado y unilateral. Y ni siquiera se nos concede solicitar una segunda opinión. No sería conveniente… O políticamente correcto. Tampoco lo era Jesús de Nazaret.
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