La multiformidad de los grupos, por D. González - Revista Cresol

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La multiformidad de los grupos, por D. González

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La multiformidad de los grupos eclesiales

David González Niñerola

La tensión entre Pablo y Pedro, el carisma y la institución, ha sido una constante invariable en la historia de la Iglesia, un signo permanente de la acción del Espíritu Santo que sopla donde quiere (Jn. 3, 8). Esta tensión, sin embargo, sólo es fecunda si se realiza y gestiona desde la comunión, como fue el caso de los dos apóstoles. Cualquier acento radical de un polo sobre el otro necesariamente da por supuesta una eclesiología “dividida”, dual, que es profundamente desequilibrada, inexacta e injusta. La tentación de considerarlo así también ha sido una constante histórica; lo sigue siendo hoy, por desgracia. Y en ambos sentidos. Frente al anhelo compartido por muchos de una Iglesia marmórea y estática, asentada y aferrada solo a sus dogmas y la rigidez de tradiciones inamovibles -sin duda, un deseo mal orientado-, la Providencia siempre ha suscitado, generación tras generación, el movimiento y la dinámica de una adaptación pastoral fecunda a la altura de cada tiempo histórico, desde un diálogo entre la fe y la cultura en que se considera al hombre concreto de cada época, pero desde un sentido profundo de eclesialidad.

La clave de comprensión quizá esté en la misma naturaleza de la fe. El error del rey David cuando quiso construir un templo para su Dios consistió en proyectar, sin darse cuenta o no, el diseño de una religión más, una entre otras e igual a otras de su época, pero el Dios vivo no se dejaba atrapar ni habita en construcciones humanas; no se le puede confinar ni controlar, ni siquiera “piadosamente”. Jesús mismo es el ejemplo perfecto. No… la fe, en definitiva, no es el fruto de una religiosidad meramente natural o humana, demasiado humana, que diría Nietzsche, ni se puede reducir a una ritualidad externa, mecánica o casi mágica. Tampoco es una simple ideología o conjunto de verdades a las que adherirse intelectualmente sin más, como afirma genialmente Fabrice Hadjadj -esa sería, como mucho, “la fe de los demonios”-. Su dimensión más importante, y quizás la única importante, es la del encuentro personal con un Dios amante que se revela en la historia y pasa por lo concreto de nuestra biografía, en un tiempo y un espacio únicos. Favorecer de un modo adecuado este encuentro es la vocación de cualquier pastoral inspirada que se vehiculará también
“carismáticamente”…desde el seno y en el seno, sí, de una comunidad eclesial previa, aquella que anuncia y transmite el kerygma capaz de suscitar la fe -porque previamente ella misma lo ha recibido- pero haciendo concreta e histórica esta relación de una forma original.

Un carisma -del griego chárisma- puede definirse en pocas palabras como un don suscitado por Dios para la Iglesia en el sentido antes mencionado.  Son las asociaciones, movimientos y comunidades que están dirigidas en su mayoría por laicos -a día de hoy podrían citarse unas ciento veintinueve registradas canónicamente- y poseen una vocación pastoral específica, una “misión propia”, si se quiere, enmarcada dentro de la misión universal de la Iglesia. El 15 de mayo, solemnidad de Pentecostés de 2016, fue publicada la Carta Iuvenescit Ecclesia (La Iglesia rejuvenece), un documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe dirigida a los obispos de todo el mundo en que se reafirma que estos carismas son co-esenciales a la vida eclesial. Se insiste en lo necesario de una actualización permanente de la relación entre la jerarquía -episcopal, presbiteral y diaconal- y estos grupos de fieles, movimientos eclesiales y nuevas comunidades que proponen formas renovadas de seguimiento de Cristo en los que profundizar la comunión con Dios y la comunión con los fieles, llevando a los nuevos contextos sociales la atracción del encuentro con el Señor Jesús y la belleza de la existencia cristiana vivida integralmente (IE, 2). Desde los primeros tiempos de la Iglesia se ha considerado siempre así. No hay mayor ejemplo de co-esencialidad que el ya revelado en el Nuevo Testamento como un modelo para este tipo de relación: Pedro se dejó interpelar por Pablo y Pablo se dejó interpelar por Pedro. Ambos se reconocieron mutuamente los dones que habían recibido de Dios y el discernimiento que hicieron juntos de su voluntad dio mucho fruto.

Afirman los teólogos que para que un concilio llegue a implementarse (o siquiera empiece a hacerlo) hace falta un mínimo de cincuenta años. Apenas tenemos más lejos el Concilio Vaticano II. Sería inabarcable enumerar todos los carismas que Dios ha suscitado desde entonces en esta estela conciliar. El movimiento de Taizé hoy día es una buena muestra del impulso ecuménico que inició Pablo VI. Era el momento, se decía también, “la hora de los laicos”…Podríamos tomar el pulso a cómo se sigue desarrollando esta hora actualmente.

En carta dirigida al cardenal Marc Ouellet -presidente entonces de la Pontificia Comisión para América Latina- el 19 de marzo de 2016, tras el encuentro de la Comisión para América Latina y el Caribe, el Papa Francisco denunciaba el único y gran peligro que acecha a la Iglesia en este sentido: el clericalismo. En un momento en que parece que esa “hora de

los laicos” se ha “parado” sería bueno tener presente que […] El pastor, es pastor de un pueblo, y al pueblo se lo sirve desde dentro, escribe el Papa…desde dentro y no “desde arriba”, podríamos añadir nosotros (o incluso “desde abajo”, como el último de los servidores). El Santo Padre recordaba que todos hemos ingresado al Pueblo de Dios como laicos… Nuestra primera y fundamental consagración hunde sus raíces en nuestro bautismo. A nadie han bautizado cura, ni obispo […] Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una élite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios. Olvidarnos de esto acarrea varios riesgos y deformaciones en nuestra propia vivencia, tanto personal como comunitaria, del ministerio que la Iglesia nos ha confiado. Como ejemplo de esos riesgos y deformaciones se acaba en una “funcionalización” del laicado, en una intrumentalización injusta de éste como simples “recaderos”… Se apaga el fuego profético…La multiformidad de los grupos eclesiales también es un signo de la acción del Espíritu Santo. No deseemos, demasiado humanamente, la monocromía, la uniformización y “homologación oficial” de la acción divina. Será la Iglesia quien discierna la inspiración, pero Dios no habita petrificado en templos ni se ha agotado su fuerza creadora. También existe un sacerdocio universal por el bautismo. Si nuestro Dios lo ha hecho todo como un artista, no dejemos de ser nosotros creativos, a su imagen y semejanza. Jesús lo era. Abramos nuestros ojos a la novedad, en Cristo, porque pasó lo viejo, todo es nuevo…(2ª Cor. 5, 17)
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