Grandes imposiciones ideológicas, por S. Mollá - Revista Cresol

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Grandes imposiciones ideológicas, por S. Mollá

Sumari > ANÀLISIS: La família en la cultura actual
La familia:  Grandes imposiciones ideológicas
 
Sonia Mollá Nebot, Profesora de la Universidad de Valencia, Presidenta del Fórum Via Augusta
 
El último siglo ha sido el de las grandes guerras, pero también el de las grandes imposiciones ideológicas; los dos son signos de una globalización de las cosas que ignora al ser humano en su dignidad individual: el advenimiento de la masa, y su deriva filosófica del hombre masa. El siglo de los Derechos Humanos -no hace cien años de su declaración en 1948- ve como éstos se degradan, pues ya no son los derechos que existen desde el sentido común sino que ahora se lucha para que se reconozcan por presión política mediante votación en la ONU, más que discutible y discutida. Mientras, asistimos impávidos, hace pocos meses, a la subasta de un hombre en directo trasmitida por radio desde Libia. En todo este atropello, el ideológico es más sutil pero tan terrible y perverso como toda negación de libertad del ser humano.
 
En este siglo en el que las ideologías -que no la idea- son más importantes que la persona, sería ingenuo pensar que las uniones más elementales y naturales de las personas, como el matrimonio y la familia, no han sido afectadas; es más, la realidad es que se han convertido en objetivo de destrucción. Desde el comunismo hasta su consecuencia más deletérea, el comunismo cultural (cuyos teóricos fueron Gramsci y Lukács, este último precursor de la escuela de Frankfurt de cuyos pensamiento hoy se nutre el pensamiento único del comunismo que se propala en nuestras Escuelas y Universidades), se ha visto en estas dos instituciones matrimonio y familia, algo peligroso que escapa a su control. Algo ajeno a la ideología, y por lo tanto poco manipulable, que no ofrece un punto vulnerable de creación pues extiende sus orígenes a un tiempo incontable; pertenecen al modo del ser humano. Y contra esta realidad se estrella el relativismo ideológico. Precisamente, el incipiente comunismo cultural de primera época, tras la Primera Guerra mundial, señaló ya la familia y la Iglesia católica como las dos causas del fracaso en Europa, esto es, de la no insurrección del pueblo en la generalización de la Lucha de clases. Este fracaso creó el objetivo de la abolición de la familia y de la Iglesia, y a ello se han dedicado con empeño desde ese momento.
  
Hoy estamos en la era de la posverdad, para la que, como es sabido, la verdad no es importante, tampoco los hechos; lo importante es cómo han de ser percibidos –esto que se utilizó en política para el afianzamiento de las ideologías desde Stalin hasta Goebbles, ministro de propaganda, y figura clave del régimen de Hitler-. Hoy es común un estado de letargo del pensamiento frente a la percepción, con una intención torcida y muy poco democrática, “de que el pueblo carezca de criterio”, pues se le priva de un derecho a la verdad, y se convierte en manipulable: la llamada actualmente “tecnología de la desinformación”. Este es el método aplicado en la aniquilación de la familia. Siendo la familia una realidad, como decimos, la única forma de cambiarla es cambiar su percepción, y para obtenerlo con más prontitud, cambiar su reflejo jurídico.
  
En esta carrera, hay que señalar que en el impulso del comunismo cultural, el punto de inflexión fue la cumbre de la ONU sobre la mujer, celebrada en Pekín en 1995. Allí se desplegó todo el poder de los lobbies, entre otros LGTBI. En las actas de la cumbre expresamente se dice: “hay que situar la familia más allá de la naturaleza”. Se relaciona la sustitución de la palabra “sexo” por la de “género”, con la desaparición de la familia; se cambia la terminología, y a la familia natural se le llama ahora “familia tradicional”, queriendo dar entrada con ello a la idea de que existen distintos tipos de familia. Alison Jaggar señala en esta cumbre que “el final de la familia biológica eliminará también la necesidad de la represión sexual... La humanidad podría revertir finalmente a su sexualidad polimorfamente perversa natural”. Y Shulamith Firestone indica: “Lo natural no es necesariamente un valor humano. De hecho, por la sola razón de pragmatismo empieza a parecer que debemos deshacernos de ella –de la naturaleza-”.
  
Como decíamos antes, hay que subrayar que el comunismo cultural ha impregnado el pensamiento sin distinción; en este sentido Chesterton ya señalaba en el pasado siglo que “un proceso de destrucción de la familia natural en Europa, asumido por la izquierda y la derecha del espectro político, serviría al naciente capitalismo globalizado para convertir a los ciudadanos en simples productores y consumidores a su servicio, sin vínculos con las “sociedades intermedias (nación, gremio, familia) que unen al hombre consigo mismo (humanamente) y con los demás (solidariamente)”. En pocas palabras, asistimos a la unificación de intereses del comunismo cultural, y su respaldo por instituciones de gran poder económico y político que pertenecen al capitalismo más exacerbado. Tristemente, como dice Sergio Fernández Riquelme, “España es el paradigma de esta destrucción de la familia”. Pero de poco habrían servido todas estas palabras al viento sin una sustanciación legislativa, pues sólo con su reflejo en leyes empieza a producir efectos reales; así ocurre con las leyes LGTBI. Aunque en el caso de la familia resulta más complejo, ya se empezó por los cambios en la filiación y por constantes enmiendas legislativas.
 Con determinados reconocimientos jurídicos se busca fuerza argumentativa, pues careciendo de explicación empírica por hechos y constancia históricos, el reconocimiento jurídico equivale a la “aceptación social”; es bien conocida la fuerza supletoria del derecho en cuanto a la propia conciencia, pues para muchos, “si es legal, está bien”.
 
 El manejo del derecho para crear –o reconfigurar- instituciones naturales, como la familia o el matrimonio, pertenece al constructivismo social, a la ingeniería social. Por tanto, hay instituciones que son anteriores al derecho, pues existen antes que éste: la vida, la libertad, la propiedad, etc., y el derecho las reconoce como derecho a la vida, derecho a la libertad, derecho a la propiedad, etc., y viene obligado a protegerlas. Por ello, cabe la paradoja de que una ley, siendo “legal”, no sea “legítima”, pues por lo demás, el constructivismo, corre el riesgo de vulnerar más derechos que los que finalmente consigue proteger. Este proceso ideológico de “deconstrucción de la familia”, obedece a un impulso ideológico y no a una verdadera necesidad jurídica.
 
 Las instituciones anteriores al propio derecho no pueden someterse a la voluntad ideológica o política, de modo que cualquier demanda social -real o ficticia-, no puede ser amparada coyunturalmente, siendo ésta una tendencia no deseable en el ejercicio del poder.
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