Francisco y la Iglesia de Chile, por José L. Ysern - Revista Cresol

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Francisco y la Iglesia de Chile, por José L. Ysern

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Francisco y la Iglesia de Chile

José Luis Ysern de Arce. (Chile, julio 2018)

  He aquí nuestra amada Iglesia chilena; aquella Iglesia que nos cautivó desde el primer día a tantos misioneros que llegamos aquí hace muchos años, que nos entusiasmó por su frescura, sencillez y lozanía evangélica, que era respetada y admirada por moros y cristianos. Aquella Iglesia dejó de ser tan evangélica y está hoy sumida en el dolor más doloroso de su historia. No se trata solo de los escándalos ocurridos en su seno y que más han sonado ante la opinión pública. De aquellos barros, estos lodos: clericalismos, abusos de poder, autoritarismos, obispos con demasiada moralina, educaciones pietistas en los seminarios, etc. En fin, en algún momento habrá que llevar a cabo un serio estudio psicosociológico de las causas que nos han traído a esta situación lamentable.

Carta del Papa
  Ante esta situación nos ha escrito el Papa. Una estupenda carta dirigida “Al Pueblo de Dios que peregrina en Chile”. Partiendo de la dolorosa realidad que nos aflige nos anima a levantar la vista para solidarizar con las víctimas y crear las condiciones para que nunca más. Es la carta del buen pastor que conoce muy bien a sus ovejas. Ya el solo título es muy animador: la carta no va dirigida a obispos ni personal consagrado; va dirigida a todos. Desde la primera a la última línea es una carta que trasunta eclesiología del Concilio Vaticano II. En ella hay autenticidad, verdad, sencillez. Todo el mundo la entiende. Se diría que es una carta eclesial pero libre de ese lenguaje eclesiástico al que muchas veces hemos estado acostumbrados, lenguaje que no dice mucho porque le falta hueso. Esta carta de Francisco llama las cosas por su nombre, sin rodeos, y a la vez con mucho amor. Por eso digo que hay en ella mucha autenticidad.

  Hay además mucha esperanza. Es la esperanza de las personas valientes, que no eluden los problemas, pero que aprenden de sus problemas, errores y pecado, para nunca más volver a caer en ellos. Habla de un Espíritu Santo que nos da la fuerza para ser intrépidos, para salir de nosotros mismos y mirar de frente el dolor causado a tantas víctimas, “ya que cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios” (Benedicto XVI). Habla de un Espíritu Santo liberador, que ilumina nuestro camino para no dejarnos sumidos en el dolor del pecado. Se ve desde el principio de la carta un afán en resaltar el sentido profético de la Iglesia: reconocer el daño causado, pedir perdón, y a partir de ahí anunciar la Iglesia que todos juntos debemos construir.

Pastores que escuchan al pueblo
  Carta, verdadera joyita, que no tiene desperdicio alguno. Esa eclesiología del Vaticano II aparece fuerte cuando habla de cómo en la Iglesia tenemos que estar atentos al Pueblo de Dios, de cómo la jerarquía de la Iglesia tiene que escuchar la voz del pueblo porque esa es la voz de Dios: “El Santo Pueblo fiel de Dios está ungido con la gracia del Espíritu Santo; por lo tanto, a la hora de reflexionar, pensar, evaluar, discernir, debemos estar muy atentos a esa unción. Cada vez que como Iglesia, como pastores, como consagrados, hemos olvidado esta certeza erramos el camino.” Y es muy fuerte lo que viene a continuación, varapalo sin disimulo a la jerarquía que no sabe escuchar al pueblo: “Cada vez que intentamos suplantar, acallar, ningunear, ignorar o reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios en su totalidad y diferencias, construimos comunidades, planes pastorales, acentuaciones, teologías, espiritualidades, estructuras sin raíces, sin historia, sin rostros, sin memoria, sin cuerpo, en definitiva, sin vidas.”

Llamado a los laicos  
  A partir de los sucesos dolorosos que nos afligen somos muchos los que en la Iglesia chilena llevamos tiempo diciendo que esta es la hora de los laicos; que este es el momento propicio –kairós- para abrirnos a los tiempos nuevos que exige la realidad.

  Todos reconocemos que la Iglesia tiene que cambiar, que la institución eclesiástica parece un barco a la deriva haciendo agua por todas partes, que ya no tiene peso en la sociedad; pero reconocemos también que esto es así no tanto porque el mundo se ha vuelto “ateo”, sino porque la Iglesia se ha alejado del mundo y habla un idioma que nada o poco tiene que ver con el mundo de hoy.

  Se ve necesario que la Iglesia recupere su lozanía y frescura profética, la que viene del Evangelio.  Pero para que eso suceda no podemos encomendarle a la jerarquía la tarea, no la más importante tarea: “La renovación de la jerarquía eclesial por sí misma no genera la transformación a la que el Espíritu Santo nos impulsa.” Por lo menos en Chile se ve que algunos de los obispos no dan la talla para emprender la reforma eclesial que hoy se necesita. Pues bien, este mismo sentir se aprecia en la carta del Papa y por eso pide a los fieles que asuman su tarea en la construcción de la nueva Iglesia.

  Habla de una Iglesia sinodal que pone a Jesús en el centro y donde a todos les cabe su responsabilidad: “En el Pueblo de Dios no existen cristianos de primera, segunda o tercera categoría. Su participación activa no es cuestión de concesiones de buena voluntad, sino que es constitutiva de la naturaleza eclesial.” Habla de múltiples y renovadas formas de participación y anima a todos los cristianos a tener iniciativa, a ser creativos para “ser los protagonistas” de las transformaciones que haya que emprender.

Proceso de transformación y conversión
  Vivimos un proceso que requiere de la conversión personal y comunitaria, del cambio personal y social. Es necesario crear nuevos espacios, instancias de escucha y respeto, de libertad, donde la cultura del abuso no sea posible. “Digámoslo claro, todos los medios que atenten contra la libertad e integridad de las personas son antievangélicos; por tanto es preciso generar también espacios de fe donde se aprenda a saber cuándo es necesario dudar y cuándo no.”

  Invita Francisco a todos los centros de formación a convertirse en lúcidos espacios de reflexión teológica que sea capaz de estar a la altura del tiempo presente, para promover una fe madura y adulta. Pide que prestemos atención al pueblo sencillo que se expresa por medio de la religiosidad popular, un tesoro donde aprender a escuchar el corazón de nuestro pueblo porque ahí aparece un espacio donde el Pueblo de Dios es soberano, y se libera de la influencia de ese clericalismo que lo controla todo y lo frena todo.

  Termina la carta con un grito de esperanza, animándonos a aceptar nuestra verdad, la verdad que libera. Aceptar nuestros aciertos y desaciertos, pecados y virtudes, luces y sombras, equivale al puntapié inicial para nuestra conversión.

  Jesucristo resucitado se presenta a los suyos con sus llagas; si nuestra Iglesia asume que se encuentra llagada y herida está en mejores condiciones para conmoverse ante las heridas del mundo de hoy y buscar modo de sanarlas. Insiste en invitar a los fieles laicos a que se involucren en la renovación de la Iglesia: “Con Ustedes se podrá generar la transformación necesaria.... Sin Ustedes no se puede hacer nada.” Quiere Francisco que entre todos construyamos una Iglesia cada día más sinodal, profética y esperanzadora. Iglesia que tenga a Jesús en el centro.

  Con la lectura de esta carta y con toda la actividad que vemos estos días por parte de nuestros laicos, somos muchos los que hemos traído a la memoria aquella conmovedora escena bíblica del pueblo de Israel cuando lo estaba pasando muy mal, y la depresión se había apoderado de todos: el profeta sube a la atalaya del vigía, en medio de la noche más negra y profunda, y grita: ¡Ya amanece!


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