Ermanno Olmi, por J. L. Barrera - Revista Cresol

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Ermanno Olmi, por J. L. Barrera

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CINE PARA CRECER
Ermanno Olmi, el cineasta imprevisible del Evangelio

José Luis Barrera Calahorro

  Hace dos meses murió Ermanno Olmi, a los 86 años de edad. Uno de los directores de cine más imprevisiblemente evangélicos que a mí siempre me han gustado, desde que yo descubrí que el cine es un medio de comunicación, de arte, de deseo de cambiar este mundo, de crecer espiritualmente, de hacer patente la presencia de Dios en las personas más sencillas.

  Autor casi desconocido por la mayoría del público, realizó muy bellas películas. Quizá la más famosa de todos fue El árbol de los zuecos (1978), un emocionado homenaje a los campesinos del valle del Po, la tierra de sus abuelos, paisanos  a la vez de la familia de Juan XXIII el Papa bueno y sencillo, de quien fue un gran amigo. Él realizó la mejor película sobre su vida, el docudrama …Y vino una vez un hombre (!965).

  Era un gran cristiano, un creyente cabal y abierto que sabía que contemplar a los pobres era una de sus labores cinematográficas. Supo descubrir que la Gracia estaba presente precisamente en la vida de los jornaleros del campo,  de los mendigos y hasta… de los borrachos. Quería a la vez una Iglesia que se reformara, que volviera a anunciar de verdad el Evangelio a los pobres. Sus penúltimas películas  (Cien Clavos, El pueblo de cartón), coincidiendo con la marcha atrás de las reformas de Vaticano II, mostraban el enfado que tenía con esa Iglesia Católica atrapada en sus viejas estructuras y en sus fosilizadas instituciones.

  Mis dos películas preferidas son: El empleo (1961) que cuenta la historia del primer día de trabajo en una oficina de un chico de 18 años; la otra, realizada en 1988 es La leyenda de Santo Bebedor, una versión totalmente moderna de la parábola de los talentos que protagoniza un “clochard” de los puentes de París. Esta noche, como homenaje, veré una de estas dos películas.

   Hago presente, ahora, como recuerdo indeleble aquella ocasión que siendo casi un adolescente en la pantalla del salón de actos del seminario de Moncada vi mi primera película que me descubrió a Ermanno Olmi; se titulaba El empleo una cinta de unos ochenta minutos, en blanco y negro, que  contaba una historia minimalista que hoy seguramente a cualquier espectador, y más si es joven, le aburriría. Pero en aquel seminario andábamos todos muy despiertos y abiertos a un tipo de cine que ha formado a muchos curas. Era la historia de un muchacho, desde que se levantaba bien temprano de la cama hasta la noche,  para trabajar en su primer día en su nuevo empleo, gris y rutinario de un burócrata de oficina. Describía sus ilusiones y esperanzas, sus temores y miedos de novato. Era la vida cotidiana tanta gente ganándose el pan del modo más sencillo, y que me acercaba una vez más todas esas personas que cumplen calladamente su misión de servicio en la sociedad.

  Y después, tras el relato de la vida anónima en la gran ciudad, Ermanno Olmí regresa a su pueblo natal, al campesinado del valle del Po, a las tierras y paisajes brumosos que conoció en su infancia Y que en cierto modo compartió con aquel otro genio del espíritu que fue Juan XXIII. El árbol de los Zuecos fue la película que permitió a todo el mundo cinematográfico conocer a un gran cineasta que otra vez ponía su mirada en la gente humilde y sencilla donde la dignidad en la pobreza convertía a los más pequeños en verdaderos gigantes del espíritu. El filme narra los problemas y apuros en que se mete un jornalero del campo cuando corta un árbol sin permiso de las tierras del prepotente terrateniente, para hacer unos zuecos de madera a su pequeño hijo qué tiene que ir todos los días a la escuela lejana. Se dice que esta película fue la respuesta "cristiana" de otra película quizá mucho más brillante pero no menos emotiva y humana, que fue Novecento de Bernardo Bertolucci. que en aquel entonces se estrenó, y cuya índole laica, marxista y hasta freudiana fomentó su éxito.

  La leyenda del Santo Bebedor es otro de los filmes, siempre dentro de la temática de originalidad e imprevisión de este director que se basó en un relato breve el escritor Joseph Roth.
  Un mendigo de los que duermen bajo los puentes de París, muy aficionado al vino tinto, recibe el encargo de un misterioso caballero de depositar un cuantioso donativo en cl cepillo que hay al pie de una imagen de Santa Teresita el Niño Jesús en una iglesia en la otra punta del París. El buen “clochard” intenta cumplir el encargo pero por el camino se lo va gastando en sus vasos de vino. Anthony Asquith, el caballero extraño y Rutger Hauer como vagabundo llenan la pantalla en filme lleno de humanidad, que pone en imágenes algunas de la más bellas  parábolas de Jesús: el tesoro escondido, los talentos… a la vez que muestra la actuación de la gracia  en la vida  de pecadores y humildes.

  Cada vez el posicionamiento de Ermanno Olmi en la sociedad en que vive se hace más radical y alternativo. Su aclamada película El oficio de las armas (2001), un filme histórico que narra el gran adelanto de la utilización de la pólvora en las armas de fuego, en la Italia de la Guerra de los Médicis. ¿Las invenciones humanos, los adelantos científicos son verdaderamente síntoma de progreso para la humanidad? ¿O sirven más bien para matar más limpiamente y oprimir a los seres humanos? ¿El progreso es algo por sí bueno y positivo?

  Ese inmenso escepticismo y fuerte oposición también parece que ocurrió en su actitud personal hacia la Iglesia, pese que sirvió al Vaticano en algo tan significativo, como fue dirigir todo lo relativo a la ceremonia de la Puerta Santa en el último Jubileo Universal. Más esplendor y boato, según vimos en las pantallas de televisión no se podían contemplar.

  De pronto parece realizar una película de ruptura con toda esa Iglesia Oficial y también contra toda la alta cultura europea. Esa regresiva creencia dogmática en el progreso técnico, en la Cultura con mayúsculas, encarnadas en la Universidad y en la Iglesia jerárquica aparecen agresiva y explícitamente en unos de sus últimos filmes más conocidos. Cien clavos (2007), donde un prestigioso y joven catedrático de una universidad de alta excelencia comete una especie de  atentado cultural: clava en el suelo los cien mejores libros de valor histórico incalculable de una venerable biblioteca ante el pasmo y susto de un untuoso monseñor bibliotecario. Luego huye, tira las llaves de su lujoso Ferrari a las aguas del Po y se cobija en una ruinosa cabaña abandonada en su ribera. Pronto hasta allí acuden los vecinos de una pequeña población cercana que  lo consideran como el nuevo Jesús. Cien clavos es pues una propuesta alternativa y única de regreso a las fuentes del Evangelio, de la verdadera civilización y cultura de una nueva Iglesia.

  Las últimas películas de este admirado director no han llegado a estrenarse en España. Eran cada vez más radicales y sus propuestas están muy cerca de las tesis del Papa Francisco: regreso a la sencillez del Evangelio, la alegría de la solidaridad, la mirada a las periferias. Conozco una pequeña muestra de su último cine que me parece maravillosa: Il villagio di cartone / El pueblo de cartón) (2011) donde un párroco desahuciado por la jerarquía decide poner a disposición de los inmigrantes el pobre local del templo de su parroquia construyendo dentro pequeñas chabolas con cartones para los inmigrantes y construyendo así con los feligreses una comunidad totalmente abierta al espíritu del Evangelio.

  Algunas de estas películas puede ser algo difícil encontrarlas, pero con los recursos de las redes podemos seguramente disfrutarlas.
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