Encarnarse no es confundir-se, por F. Allara - Revista Cresol

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Encarnarse no es confundir-se, por F. Allara

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Federico Allara (Santo Espíritu del Monte. Gilet)
 
Sorprende que el enviado del Padre (Jn. 10,36), para realizar la misión de ser el Mesías esperado (Lc. 4,16-22), permaneciera en Nazaret tantos años. Cualquier misión requiere formación y madurez humana.
 
María concibió la Palabra por obra del Espíritu Santo (Lc. 1,30-33). El Hijo concebido era el Verbo, Persona divina espiritual. Encarnarse Dios significó aceptar ser verdadero Hombre, naciendo de Mujer (Gal. 4,4).
  
La primera condición esencial que advertimos del Dios revelado, para encarnarnos en el mundo, desde la Fe, es que antes hay que aceptar “ser humanos”, y además, ser “uno de tantos” (Fil.2-6). Jesús, aprendió a ser Hombre, obedeciendo. (He. 10,9). También nosotros; y más, para recibir el Espíritu Santo (Hec. 5,32).
  
Jesús era la Palabra que debía pronunciar como enviado; pero no llevó prisa en hablar. Tenía conciencia de que su Misión no era cambiar el mundo desde la inmediatez de su Presencia. Conocía muy bien la tierra que pisaba y su realidad religiosa y política, -tanto o más complicada que la nuestra-.
Hoy la prisa nos acelera. Lo deseamos cambiar casi todo, cuando la Palabra es inmutable.
  
Somos nosotros quienes hemos de asumir la Palabra, desde nuestro encuentro personal, para alcanzar la medida del saber evangélico. Dios no se muda. Y el ser humano tampoco, en su más íntima verdad y razón de ser.
  
Jesús nos muestra su forma de proceder, en su llamada y “acompañamiento” a los Doce (Lc. 6,12-16). a) Fue a buscarles allí donde ellos vivían y trabajaban. (Mt. 4,18-21). b) Convivió con ellos y ellos con Él. c) Tuvo paciencia para enseñarles, buscando lugares tranquilos para su descanso. d) Les escuchaba y también les preguntaba lo que pensaban. (Mc. 9,33-34). e) No les comparó con los que mostraban una gran fe en Él. (Centurión, hemorroísa, ciego de Jericó). f) Les enseñó desde su Vida -no entendían lo que les decía, ni lo que hacía, porque esperaban otra cosa de Él-. (Mc. 9,32). g) Soportó su incredulidad y esperó su conversión. No llevó prisa. h) Les dijo la verdad sobre su condición de Mesías, no davídica, de fiel cumplimiento a lo que de Él decían los Profetas.
 
 Lo fundamental para “seguir a Jesús y ser evangelizadores”: no buscar “los primeros puestos”, optar por el último lugar y ser servidores y no señores. (Mt. 20,25-28)
 
 Fue Don del Espíritu Santo que sus discípulos entendieran el Amor, el Perdón y la decisión de ser “obedientes a Dios, antes que a los hombres”. (Hec. 4,19).
  
El encuentro con los discípulos de Emaús resume el ser y actuar de Jesús (Lc. 24,13-35). Para evangelizar hemos de tener presente, quiénes somos, qué somos, y saber que vamos al encuentro de seres humanos que son quiénes son y cómo son.
  
Desear ir al encuentro de alguien, desde la Fe, supone ir con Cristo vivo y herido, hallado en el Evangelio, más que con fríos conocimientos. Ir sin prisas y dejarnos acompañar -como Jesús acompañó y buscó la compañía de los Apóstoles, siendo Señor y Maestro-. Con el Evangelio como vida, ir siendo muy humanos y cercanos, para encontrarnos y poder intuir, conocer y creer, que también Dios es muy humano, siendo divino.
  
Jesús siendo “uno de tantos”, fue admirado como diferente -era la verdadera imagen de Dios-. Su cercanía y su forma de hablar le dio la autoridad (Mt. 7,29) que no poseían los que “la habían recibido de lo alto” (Jn. 19,11a).  Autoridad es servicio y ayuda al débil.
  
La verdad de cada hombre es secreto de Dios y el alma. Por eso el trato debe ser sagrado. Es entonces cuando las palabras son “nuevas”; cuando el “vino nuevo entra bien en odres nuevos”, por el respeto a los diferentes, y por conservar los viejos.
  
Que el lenguaje sea inteligible al hombre de hoy. Pero también hemos de tener en cuenta que Jesús, adaptado a su tiempo y usando el mejor de los lenguajes, fue entendido y creído mayoritariamente sólo por los pobres. De nada sirvió para que los “sabios y entendidos y los fariseos” dejaran de buscarlo negativamente, hasta lograr su condena. No quisieron escucharle, y menos conocerle, para llegar a un encuentro. Evangelizar no es sólo adaptar el lenguaje. Quienes quieran entrar en el Reino de Dios, que está aquí, deben disponer de capacidad de escucha y de voluntad de querer.
  
Quien espera y desea que todo sea inteligible a la razón y del agrado del corazón, no entenderá nunca lo que oye, ni entrará en razón, ni en diálogo para un encuentro.
 
 Jesús usó un lenguaje sencillo y humano; pero, ante su Mensaje, antes dijo a los Doce si se querían ir (Jn. 6,60-66), que adaptarlo a ellos y a los que no lo querían aceptar. Lo cual, para nuestra evangelización, significa varias cosas esenciales:
  
Que lo invisible de Dios se hace visible en la Humanidad de Cristo. Que el Sí de María la convirtió en Madre de Dios y “hogar de la divinidad”, por la Presencia de la Palabra.
 
 Es desde el sí a Cristo, desde donde la imagen de lo invisible se puede hacer visible. El valor de toda humanidad está en la misma humanidad, cuando saca del Evangelio lo que necesita para evangelizar. Entonces el lenguaje es sencillo, cercano e idéntico.
 
 El lenguaje es medio de entendimiento humano, cuando cumple sus condiciones, y todas las partes escuchan, queriendo conocer y hablar el mismo idioma.
  
Nosotros somos palabra, desde la gratuidad de un saber, según la medida de la escucha. Esta palabra es siempre nueva, sincera e inteligible en quien habla y vive de la Verdad, y para quien, desde “su lugar”, también habla y busca sinceramente la Verdad.
 
Preferir la sabiduría (Sb.7,8) -no la inmediatez que pide el “mundo”-, facilita el posible encuentro entre los humanos -desde cualquier estado y condición de vida-.
 
 Primero somos presencia humana, y luego, palabra.
 Los que viven del encuentro con Cristo vivo, desde la fidelidad al Evangelio, son medio de revelación de la Verdad de Dios, del Amor, de la Iglesia y de su Liturgia y Sacramentos.
 
 Hemos de hallar el lenguaje apropiado, porque muchos son los que hoy buscan religiosamente fuera de lo instituido. Pero, la Palabra de Dios no debe ser nunca utilizada, aunque la intención y la buena voluntad piensen que pretenden lo mejor.      
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