En torno al nacimiento Por J. R. Navarro - Revista Cresol

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En torno al  nacimiento  de CRESOL

José Ramón Navarro

Fue en torno al nacimiento de CRESOL, quizás unos meses después. Un grupo de jóvenes de la ejecutiva de Juniors M. D. comenzamos a reunirnos con el entonces pro Vicario General, Paco Ferrer Luján. Desde Juniors llevábamos un tiempo analizando cómo conseguir que los adolescentes no dejaran de forma masiva el movimiento y, con ello, la vida parroquial. Lo habíamos hablado con el arzobispo, Agustín García-Gasco, que apoyó la iniciativa y Paco Ferrer, al conocer nuestras intenciones, hizo suya la idea y se ofreció a liderar el equipo de trabajo que desarrollara aquel proyecto.

En apenas unos meses, intensos y fructíferos, Paco Ferrer nos hizo conscientes de los problemas reales de la iglesia diocesana y de la necesidad de tomar medidas urgentes para cambiar su rumbo, como prometía ser aquella iniciativa. Quizás, lo que se habló allí no fuera nada que no supiéramos o intuyéramos, pero para nosotros, un grupo de inexpertos pero voluntariosos veinteañeros, ver a alguien de la jerarquía dedicarnos tanto tiempo y hablarnos con esa crudeza y claridad -frente a la almibarada realidad que nos habían presentado hasta ese momento los sacerdotes más cercanos- nos resultó estimulante y esperanzador. Analizamos cómo la secularización, ya entonces, de nuestra diócesis era mucho mayor de la que percibíamos. Nos dimos cuenta de cómo los jóvenes habían roto cualquier vinculación con el hecho religioso. Y entendimos cómo el catolicismo había dejado de ser un hecho religioso para quedarse en meramente sociológico, aunque todavía los sacramentos suponían un momento de encuentro con la Iglesia que había que aprovechar. Ahí estaba la clave de aquel trabajo, conseguir que los jóvenes siguieran vinculados a la Iglesia porque era más que evidente que, si se marchaban, no iban a volver más tarde.

Hablábamos incluso de los problemas en el seminario y en la formación de sacerdotes y en las dificultades de estos para revertir la situación. Mirábamos la secularización extrema que ya vivía entonces Francia y Paco Ferrer nos hacía ver que en apenas unos años, la situación iba a ser similar en nuestra diócesis. No le faltaba razón. Hablaba de que caminábamos hacia una iglesia minoritaria y que, en esos casos, el peligro mayor era el “encastillamiento”, encerrarse en sí mismos, formar una fuerte defensa contra el exterior, contra todo lo que supusiera un mundo secularizado, y crear una comunidad cerrada, con la engreída, y falsa, convicción de que sólo los que están dentro se van a salvar y que lo que viene de afuera es siempre una amenaza.

Traigo la anécdota porque creo que ilustra bien la idea de la Iglesia diocesana que pudo ser. Aquella experiencia se cortó de forma abrupta con la inesperada muerte de Paco Ferrer. Y, el proyecto, pasó a ser documento de bonitas palabras e intenciones en el cajón del presidente de Juniors ante la inoperancia de quienes lo deberían llevar adelante y la deriva alocada en la que se sumió la diócesis. Han pasado veinte años y los problemas siguen siendo los mismos -agudizados y enquistados- pero las posibilidades de cambio son cada vez más reducidas. Se han hecho realidad aquellos augurios. El número de los que se declaran católicos se ha reducido en 10 puntos (del 75,5 % en noviembre de 1999 al 66 % en noviembre de 2018 según el barómetro del CIS), porcentaje que ha ido a engrosar el número de ateos y no creyentes (del 19,4 en 1999 al 29,4 en 2018). Además, España es el tercer país europeo con un mayor abandono del cristianismo, con más de 12 millones de personas que fueron creyentes de niños, pero que de adultos se han alejado de la religión.

Un problema que en nuestra diócesis es más grave y significativo. Porque no hay que olvidar que es la diócesis del mundo con más colegios. Cerca de 30.000 alumnos pasan cada año por las aulas de unos colegios regidos directamente por la diócesis y a los que, en teoría, se les está evangelizando. A esto, hay que sumar los 21.000 alumnos (según Wikipedia) que dice tener la Universidad Católica, y los más de 100.000 que pasan por colegios católicos de órdenes religiosas. Con semejante presencia en el mundo infantil y juvenil, la situación de secularización debería ser insignificante y, sin embargo, la realidad es que es peor que la media estatal.

Es evidente que seguimos haciendo mal las cosas. No me quiero quitar responsabilidad. Soy de esa generación a quien Juan Pablo II nos llamó en los ochenta del siglo pasado, “la esperanza de la Iglesia”. Se equivocó. Hoy, aquellos jóvenes somos ya adultos, y la situación no ha mejorado. El desánimo ha cundido en quienes estábamos llamados a ser esa esperanza. Y no digo que no hiciéramos intentos, como el que relato al comienzo de este artículo, pero nos han faltado apoyos, sobre todo de quienes tenían el poder de decisión. Han faltado propuestas valientes o, simplemente, que no se ahogaran las que surgían. Nuestra iglesia, como en los peores vaticinios de Paco Ferrer Luján, se ha encastillado. Dedica más esfuerzos a defenderse a sí misma que a la verdadera razón evangelizadora por la que realmente existe. Lejos de ser fermento y luz en un mundo en el que es minoría, mira con superioridad a quienes le rodean. Es capaz, incluso, de traicionar la verdad, si con ello consigue salvar, en apariencia, su creciente mala imagen. Y mientras tanto, el número de creyentes desciende de forma vertiginosa. No se hoy dónde se está aquella “esperanza de la Iglesia” pero me gustaría encontrarla, para que dentro de veinte años, los que ya no seremos ni jóvenes ni adultos, sino ancianos, no vivamos en una iglesia marginal y desesperanzada.
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