En Tierra Santa Per Rafael Guinart - Revista Cresol

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En Tierra Santa
Rafael Guinart  

Nazaret
Al peregrinar a Tierra Santa no lo he hecho atraído originalmente por el interés o belleza de la arqueología, sino urgido por la misteriosa fuerza del Espíritu, el guía que mejor conoce y nos puede mostrar el itinerario terreno de Jesús, aunque hayan desaparecido las huellas arqueológicas.

En Nazaret me lleva a la casa de José, María y Jesús, una de esas cuevas todavía visibles, excavada con gran esfuerzo y mayor ilusión por el joven José en una montaña de composición caliza. Me siento acogido en esa Cueva Santa con tanto realismo y verdad como si no hubieran pasado los siglos, y no se hubieran superpuesto sobre ella diversas basílicas.  Al anochecer permanezco en ella largo rato, y muy a gusto, junto con otros compañeros, pues me encuentro en mi casa, arrullado por los mismos sentimientos de quien, después de larga ausencia, regresa a la casa de su Madre. Aquí aprendí a creer y a confiar en Dios, tal como ella aceptó y creyó en las palabras del Ángel. En esta mi casa familiar cristiana se conservan todavía, colgados en el muro interior de los recuerdos, las vivencias gozosas de fe, la serena alegría de la pobreza y la gratísima compañía de la Sagrada Familia de Jesús, José y María.

Estando reunidos para celebrar la Misa en la Basílica de la Anunciación, el aliento del Espíritu Santo movió la rueda de la suerte, y recayó sobre mí la gracia de proclamar la Buena Noticia: AQUÍ, en esta casa, el Verbo se hizo hombre. “Et Verbum caro factum est”. Proclamar este acontecimiento en el lugar donde aconteció, en la mismísima casa de María, llena el alma de alegres sentimientos de misteriosa intimidad y cercanía divinas. Aquí Jesús progresó  en el conocimiento de la vida y creció en el aprendizaje de la altísima dignidad de la persona humana. Y muy cerca de aquí se ubicaría la pequeña sinagoga de Nazaret, en la que un sábado identificó su presencia y su persona con la Buena Noticia de liberar, humanizar y divinizar al hombre.

Magdala
La orilla del lago de Galilea marca hoy la presencia de Jesús con unas pequeñas capillas edificadas sobre las ruinas de las aldeas, que en aquel tiempo lo albergaron, tales como Cafarnaum, la Roca del Tu est Petrus, Magdala… Al entrar en la capilla de Magdala he tenido la sensación de estar a punto de iniciar una navegación por las aguas del lago, pues el presbiterio se asoma y se adentra en el mar, que le sirve de vivo y natural retablo mayor,  enmarcado por un gran arco de cristal. Subido a bordo de la barca de seis metros de eslora, que hace de altar, barca recuperada del fondo del lago, se oye el mismo mandato de Jesús: duc in altum, rema mar adentro, pon rumbo a alta mar, y echa las redes liberadoras del Evangelio al profundo de la sociedad actual. Y el Espíritu, que nos hace de guía interior, como que hubiera querido reproducir las mismas condiciones atmosféricas que sorprendieron y asustaron a los discípulos aquel día, pues inesperadamente un fuerte viento alborotó el lago encrespando sus aguas con un oleaje tan fuerte, que zarandeaba nuestra humilde barca. La inestabilidad atmosférica de esa tarde actualizó la imagen y parábola de nuestra Iglesia, que navega por entre las tormentas sociales del inmenso mundo actual.

Ein Karem
Este es un lugar que transmite aires de simpatía al hacernos revivir los sentimientos entrañables y divinos de aquel abrazo entre Isabel anciana y María joven, ambas llenas de feliz maternidad. Lugar también de eterna  alegría, que contagia a todos los que visitamos esta casa de Isabel, pues todavía resuena en su portal la declaración de fe de Isabel en “la Madre de mi Señor”, y vemos confirmadas las palabras de María: “bienaventurada me llamarán todas las generaciones”, pues en sus muros está escrito el cántico del Magnificat traducido a numerosas y extrañísimas lenguas, y cuando cada visitante ha encontrado  la suya se une al coro universal,  en un tuti de generaciones, que proclama las maravillas de María.

El templo de Ein-Karem está dedicado, como obliga el lugar e inspira la tradición, al misterio de la Visitación. Sus muros interiores ofrecen unos frescos, que representan distintas Maravillas de María; uno recrea la asamblea del Concilio de Efeso declarando a María  Theotokos, Madre de Dios; otro muestra al Beato Duns Scoto, de pie, defendiendo la Inmaculada Concepción de María mediante el argumento famoso del potuit, decuit, ergo fecit de Dios, esto es: “pudo, convenía y lo hizo”. Temas estos constantes en los pinceles de los pintores de la Virgen. Pero atrajo curiosamente mi atención el fresco que lleva por título Auxilium cristianorum, en el que, sobre el fondo de una escuadra naval, sobresale la figura arrodillada de un personaje ofreciendo su espada victoriosa a dos clérigos purpurados. La escena fue de gran trascendencia en su tiempo, cuyas consecuencias político–sociales todavía perduran, aunque en la penumbra olvidadiza de la historia… Se trata de D. Juan de Austria, quien frenó en Lepanto el avance turco contra la Europa occidental y su consecuente islamización. Mientras contemplo esta escena, me viene a la memoria el reciente libro de la historiadora española María Elvira Roca Barea titulado Imperiofobia y leyenda negra en el que ironiza sobre la gran tranquilidad con que Miquelángelo y Rafaello podían dedicarse a esculpir y a pintar, sabiendo que las fronteras de los Estados Pontificios estaban bien defendidas por los tercios españoles. El pintor de los frescos no es español, es italiano…

Huerto de los Olivos
Este Huerto se mantiene cerrado para las turbas turísticas. Solo se abre a los muy pocos que desean compartir con Cristo la oración y los intensos sentimientos de aquella noche crucial, que acabaría descargando sobre sus hombros la Cruz. Cercano se oye el ruido rodado de la ciudad, y un poco más lejos el rumor de mis actividades pastorales. Pero lo que se oye con más intensidad es el Silencio de Dios, la misteriosa manera de responder de Dios a mi oración.  El paso de Jesús por este Huerto de los Olivos recuerda y confirma que nuestros planes y actividades pastorales sólo alcanzarán eficacia evangélica si, al tiempo que han sido estudiosamente elaborados, estamos nosotros unidos a la Voluntad del Padre, y aceptamos cargar con la Cruz de nuestro posible y más que probable fracaso personal. “Pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Basílica de la Resurrección
Para contemplar la plenitud del Misterio, que conserva todavía vivo esta Basílica de la Resurrección, se necesita mantener encendidas  todas las luces del alma, pues únicamente los resplandores de la fe son capaces de ahuyentar, o al menos disimular, el aspecto lóbrego y descuidado, que ofrecen los muros y pasillos de este recinto privilegiado de la historia de la humanidad, esta Basílica cuya arquitectura debiera  estallar simbólica y permanentemente de intensísima Luz, hasta acercarse en lo posible a reflejar los divinos resplandores del Resucitado. El templo alcanzó brillo intenso al avivarse la chispa de Luz divina que arde en mí desde el Bautismo,  - “tu Luz, Señor, nos hace ver la Luz”, salmo 35- gracias a la cual me permitió ver aquellos mismos “hombres con vestidos refulgentes”, que vieron las mujeres, y que continúan advirtiendo al visitante: “No está aquí. Ha resucitado”. Por lo demás con un cierto esfuerzo imaginativo se sitúa y se contempla la colina del Calvario, al que se asciende por una empinada e incómoda escalera, y en la ladera de la colina, que se corresponde con el centro de la Basílica, el sitio en el que “había un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía”.
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