El Reverendo, por J. L. Barrera - Revista Cresol

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El Reverendo, por J. L. Barrera

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EL REVERENDO
Pecado, culpa, redención: “Todo es gracia”.
Una apuesta por la esperanza. Drama.
 
José Luis Barrera Calahorro
 
EL REVERENDO es una insólita película, debido a su planteamiento y temática religiosos, que es fácil que pase desapercibida para los buenos espectadores y también para tantos creyentes que sí que gustan de la reflexión profunda sobre la fe a través de las imágenes cinematográficas. El título español, bastante anodino, no corresponde al original de la película First reformed. Se refiere a un templo de confesión luterana reformada que fue el primero que se construyó en Estados Unidos hace dos siglos y medio. Dicho templo parroquial lo regenta un sacerdote relativamente joven que anda bajo la influencia de una profunda depresión (ha perdido a su hijo en la guerra de Irak y su matrimonio se ha ido a pique). Escribe un diario donde va contando las angustiosas preguntas e interrogaciones que se hace sobre su vida, su crisis de fe y su ministerio sacerdotal al que ve cada vez ve menos sentido. Se refugia en la oración que se le hace áspera y desconsoladora. Ese diario sirve como un acertado recurso narrativo interno muy eficaz para contar el drama personal que vive su protagonista. La película es muy valiente y muy eficaz  por cuanto presenta las muchas situaciones difíciles que plantean hoy las preguntas sobre Dios que el mundo y la sociedad contemporánea plantean a un creyente.
  
EL REVERENDO recuerda
enormemente las mismas situaciones que presentaba el clásico y magistral filme “Diario de un cura rural“ que Robert Bresson realizaría hace más de 40 años. Tenemos a un cura cuya feligresía es mínima, que está gravemente enfermo y que se enfrenta al poder establecido aquí representado por un poderoso y sin escrúpulos empresario capitalista cuyas fábricas están degradando y destruyendo la naturaleza. Pero también recuerda al cine de Ingmar Bergman con escenas casi copiadas -mejor: inspiradas- (la secuencia del breve sermón y la distribución de la comunión) en su presentación de la crisis de fe. Recuérdese Los comulgantes (1958) que realizaría el director sueco con su radical búsqueda de Dios, su silencio, su terror ante un mundo que anda autodestruyendo. Otras claras influencias son especialmente la puesta en escena que recuerda a Carl Th. Dreyer e incluso, del mismo Andrei Tarkovski en la secuencia del éxtasis, para mi gusto demasiado extensa.
  
El director de este memorable filme es Paul Schrader, que fue crítico e historiador del cine además de un excelente guionista (Taxi Driver, La ultima tentación de Cristo) y algo irregular director de películas (Posibilidad de escape, Aflicción... ) Fue educado en la ortodoxia calvinista (con la creencia en la corrupción total del ser humano por el pecado original y la asistencia de la gracia para su redención que además solamente puede conseguirse a través del sacrificio y de la sangre). Hace setenta años años públicó un libro que es un clásico en el mundo del cine: El estilo trascendental en el cine: Ozu, Dreyer, Bresson. En él planteaba la existencia de una forma de representación del misterio de la existencia donde la austeridad, el minimalismo y el ritmo pausado dan acceso al mundo espiritual, al universo religioso. Todo lo contrario del llamado cine religioso tópico y común que se ha hecho siempre. Estilización, austeridad en los medios, silencio contemplativo son los medios para mostrar verdaderamente en el cine la vida del espíritu, la fe y la esperanza religiosas.
 
 Cine pues difícil y minoritario pero la mayoría de las veces verdaderamente original, magistral y de una belleza sublime que conduce al espectador, paciente, a la experiencia casi mística. A este tipo de cine también debemos la contribución de Bergman, Tarkovski, Rivette, y más modernamente Reygadas, Ming-Liang  y Terrence Malick y otros.
 La película de Paul Schrader comienza con un movimiento de cámara que va acercándonos a un una preciosa iglesia blanca de madera que nos recuerda que fue el primer templo construido hace doscientos años de la llamada iglesia reformada. Una vez dentro del templo con no más de siete feligreses, el pastor luterano, el reverendo Toller predica y celebra la eucaristía  distribuye la comunión ayudado por un sacristán. Después, en la sacristía recibe a una feligresa que anda asustada por las convicciones radicales y suicidas de su marido, un activista de la defensa de la naturaleza. La secuencia pues parece el mismo comienzo de la película de Los comulgantes. Por otro lado el mismo pastor es un trasunto del protagonista de El diario de un cura rural: se siente pastoralmente sólo, bebe mucho alcohol, esta gravemente enfermo. La inseguridad del pastor aún se multiplica por la muerte de su hijo en la guerra de Irak y la disolución de su matrimonio. Contra todo ello luchará este reverendo, asumiendo la causa activista de la defensa de la naturaleza hasta la arriesgada y suicida acción de la autoinmolación. Como Robert de Niro en Taxi driver se siente un nuevo mesías redentor. Pero la Gracia actúa y el amor puede encender de nuevo la esperanza.
  
“¿Dios nos perdonará por lo que hacemos contra la creación? ¿Cada acto de preservación es acto de creación!” se dice en esta película que cita incluso al místico Thomas Merton. La causa de la defensa de la naturaleza, obra de Dios, ¡qué cerca anda del planteamiento de la encíclica Laudato si del Papa Francisco!. Pero el camino de la violencia y la destrucción es equivocado y en última instancia el sacerdote luterano lo entiende: la esperanza  el amor es el medio para encontrar de nuevo la fe. A la postre, y con una resolución final de la película y un giro sorprendente, como se decía en la película de Bresson, “todo es Gracia”.
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