El Papa Francisco con estola parroquial, por R. Guinart - Revista Cresol

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El Papa Francisco con estola parroquial

 
Rafael Guinart
 
  Confieso que, leyendo la reciente exhortación “Gaudete et Exsultate”, he gozado y exultado, porque el Papa Francisco, al escribirla, ha estado pensando en aquella multitud de santos, que nadie puede contar, y a los que nunca se les incoará un proceso de beatificación o canonización, pero que sí son reconocidos como tales  por el Espíritu Santo, que los ha habitado siempre. Entre ellos estás tú, que también has leído la exhortación, yo mismo que la estoy releyendo, y tantísimos otros que no tendrán ocasión de leerla. Al repasarla detenidamente se intuye como que el Papa Francisco hubiera sustituido su estola papal por la estola parroquial, y cual párroco cercano –“es mi deber rogar a los cristianos” (97)- habla a sus feligreses con palabras llanas y claras, en una especie de plática espiritual y devota, pero sin reducirla a unos consejos pasajeros, sino elevándola a la categoría solemne y universal de “Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate sobre la llamada a la Santidad en el mundo actual”, pues la santidad es una Gracia primordial para la perdurabilidad de la práctica y  ejercicio de la caridad evangélica.
 
  La exhortación no pretende presentar un tratado teórico e histórico sobre la santidad cristiana, ni tampoco fijar su mirada sobre los santos de los altares, ya debidamente admirados y solemnemente festejados; el Papa se ha propuesto, y lo ha cumplido, un “humilde objetivo” (2): que descubramos a los santos, vecinos nuestros, los que viven “en la puerta de al lado”, en nuestro mismo bloque de viviendas. Entre ellos “a esos padres que crían con tanto amor a sus hijos, a esos hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a casa, a esos enfermos y a las religiosas ancianas que siguen sonriendo” (7), santos “cuyos signos de santidad el Señor nos muestra a través de los más humildes miembros de su pueblo” (8). Estos santos son numerosos en todas nuestras ciudades y pueblos. Entre ellos el Papa se “interesa en recordar a tantas mujeres desconocidas u olvidadas quienes, cada una a su modo, han sostenido y transformado familias y comunidades con la potencia de su testimonio” (12). Algunas de esas mujeres son muy conocidas en cada una de nuestras parroquias, y muy queridas de todos, porque son cristianas que “se dejan llevar por el Espíritu en el camino del amor, y de apasionarse por comunicar la hermosura y la alegría del Evangelio” (57), unas impartiendo durante años y con cariño la catequesis a los niños, otras llevando la salud y el consuelo a los enfermos, algunas atendiendo los mínimos y humildes menesteres de la Parroquia, y todas orando humeantes de fe ante el Sagrario.
 
  En el centro de su exposición  el Papa revela el núcleo duro e íntimo de la santidad, el cual está concentrado en las Bienaventuranzas, a las que califica e inscribe en “el carnet de identidad del cristiano” (63), carnet que el cristiano está obligado a presentar en todas sus actuaciones humanas y evangélicas, pues las Bienaventuranzas constituyen el ideal de vida cristiana, ideal que el seguidor de Jesús ha de desarrollar conjugando unitaria y armónicamente el alma espiritual y social de su ser cristiano. Porque resulta muy difícil salir a las “periferias”, tal como hace y nos indica el Papa Francisco, donde habitan los “descartados”, los “excluidos” y “sobrantes” de nuestra sociedad, como imposible resulta también “oler a oveja” si el cristiano no se impregna permanentemente de “olor a santidad”.
 
  Las ocho Bienaventuranzas son desgranadas por el Papa Francisco no como un programa de estudio escolar, sino como una rica experiencia evangélica y testimonio necesario de la vida de los seguidores de Jesús. Su pequeño comentario es descriptivo y declarativo, como lo hacía el mismo Jesús a la muchedumbre del pueblo. Y para  que se queden bien grabadas en el lector, y las pueda memorizar fácilmente, termina su comentario utilizando fórmulas catequéticas y reiterativas, como las siguientes: “ser pobre en el corazón, esto es santidad”. “Reaccionar con humilde mansedumbre, esto es santidad”. “Buscar la justicia con hambre y con sed, esto es santidad”. “Mirar y actuar con misericordia, esto es santidad”. “Mantener el corazón limpio de todo lo que mancha el amor, esto es santidad”. “Sembrar paz a nuestro alrededor, esto es santidad”. “Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad”. Estas formulaciones tienen forma y fondo verdaderamente evangélicos. Y mientras avanza en su exposición, el Papa va dejando sus oportunos toques de humor  rioplatense: “Ser santos no significa blanquear los ojos en un supuesto éxtasis” (96). “Renunciemos a hacer de nuestra vida un museo de recuerdos” (139).
 
  Con esta exultante exhortación del Papa Francisco “el Evangelio vuelve a resonar en medio de la vorágine actual, para ofrecernos una vida diferente, más sana y más feliz” (108).
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