El espíritu de CRESOL, por D. González - Revista Cresol

Vaya al Contenido

El espíritu de CRESOL, por D. González

Sumari > CELEBRACIÓ: 20 anys de CRESOL
David González Niñerola      
  
El pasado sábado 6 de octubre nos reunimos algunos de los colaboradores habituales de Cresol con motivo de una convocatoria para el discernimiento en común, de cara a celebrar los  veinte años de la publicación. En la línea editorial que es tradición de nuestra revista, tuvo un marcado carácter personal. Más que una crónica en sí, esta reunión merece una valoración que sugiera al lector el espíritu del encuentro.
  
Cuando, en la Escritura, el pueblo de Israel buscaba reconocer a Dios en su presente, en la realidad concreta en que vivía, recurría a la memoria. Se remontaba a indagar la acción salvífica de Dios en su pasado para aprender a vivir mejor bajo su voluntad “hoy”, mirando siempre al mañana -fijos los ojos en las promesas que Dios le había hecho- pero sin salirse ni un ápice de la realidad histórica donde Dios se le revela. Jesús de Nazaret también reunía a sus discípulos aparte, en lugares recogidos, para enseñarles, ayudarles a discernir los signos de los tiempos, y mostrarles la misión que el Padre les había encomendado. Igual que siempre se ha hecho en la Iglesia, donde nadie es una persona anónima, en aquella reunión nos encontramos unas dieciséis personas, con nombres y apellidos. El motivo de la convocatoria era ejercer, comunitaria y eclesialmente, la dimensión profética que ya poseemos por nuestro bautismo para discernir y celebrar lo que han sido estos veinte años de publicación, e intentar reconocer, igual que Israel, los pasos que Dios nos pueda estar llamando a dar de cara a cumplir mejor, en contenido, forma y a futuro, la misión que ha encomendado a nuestra revista.
  
Tres fueron los ejes de discernimiento que nos propuso Jesús Belda: reflexionar acerca de la diocesaneidad que anima la publicación, el papel auxiliar que pueden aportarnos los nuevos medios de comunicación o redes sociales, y la fecundidad que está regalándonos el Señor a través de nuestro trabajo. De todos ellos, el primer punto fue el más debatido.
  
Lo primero que se convino, unánimemente, fue el hecho de que, en una Iglesia particular, el estilo pastoral de un ministro ordenado se ajusta solo de un modo adecuado si participa también en las citas, proyectos e iniciativas pastorales que vertebran su propia diócesis, una realidad eclesial que tendrá su propia personalidad y acentos que respetar, y cuya unidad armónica nos exige el esfuerzo de la mutua cooperación entre todos, sacerdotes, religiosos y laicos. Resulta lamentablemente triste que en una misma familia reine, ya no la falta de cooperación, sino directamente el desconocimiento recíproco entre sus hermanos, aunque cada uno tenga su propia personalidad y sea legítimo que siga siendo así. Reforzando nuestra diocesaneidad, las múltiples realidades y carismas que enriquecen nuestra Iglesia valenciana no sólo se potenciarían en su carácter propio sino que también ayudarían a la unidad, dentro de esta diversidad, que gira en torno a su obispo. El plan pastoral de la diócesis no puede posponerse nunca a los intereses privados de asociaciones, movimientos o grupos en particular. Será responsabilidad pastoral de nuestros obispos que cada iglesia particular esté abierta continuamente a la Iglesia universal, sin exclusiones. Nuestra publicación, inspirada en este espíritu, debería esforzarse por acoger cada vez más a colaboradores y representantes de cada uno de esos hermanos que componen nuestra familia, dando voz a la pluralidad, siendo fiel a la misma intención que la animó en sus orígenes. En este sentido, hay dos elementos que deberían ser repensados. El primero, la definición legal que ofrece el derecho canónico del concepto específico de “diócesis”, y el segundo, la necesidad de evitar el juicio y los chismes condenatorios e injustos entre todos nosotros. En cuanto a lo primero, en efecto, el concepto legal y canónico de diócesis como unidad territorial administrativa quizás esté necesitado de una nueva actualización: contemplarla más bien como un mapa fraternal que aúne a todas las diferentes sensibilidades eclesiales podría ser más acertado. En cuanto a la sencilla fraternidad que necesitamos entre nosotros, las palabras del Papa Francisco durante una Audiencia General del miércoles el pasado junio son más que suficientes: “Si hemos recibido el signo de la paz con la fuerza del Espíritu Santo, tenemos que ser hombres y mujeres de paz, y no destruir, con la lengua, la paz que ha hecho el Espíritu ¡Pobre Espíritu Santo! ¡Qué trabajo tiene con nosotros con esta costumbre del chismorreo!”[…] “Pensadlo bien: el chismorreo no es una obra del Espíritu Santo, no es una obra de la unidad de la Iglesia. El chismorreo destruye lo que Dios hace. ¡Por favor, acabemos con el chismorreo!”.
  
Se dan otras dos dimensiones que son inherentes a la fe cristiana y coesenciales a Cresol: la de la resistencia profética y la apertura a un diálogo sincero, sin miedo ni prejuicios, con la cultura y el tiempo histórico en que vivimos. En el primer caso, poco más se puede añadir al mismo ejemplo del evangelio: Jesús de Nazaret no ha buscado nunca agradar a los poderosos de este mundo, ni hacerse cómplice, por silencio u omisión, de las estructuras de pecado que se dan en nuestra realidad humana o social. Esto incluye la corrección fraterna desde una sensibilidad también evangélica. En cuanto al segundo aspecto, tenemos el deber de profundizar aún más, si cabe, en este diálogo con la realidad de nuestra época en la línea que señala el Concilio Vaticano II. Debemos ofrecer una publicación abierta, que no acabe en la autoreferencialidad
eclesial sino que se abra hacia afuera de sí misma, dirigida a todo ciudadano y desde una sensibilidad a favor de lo plural que incluye aspectos culturales como el de la lengua.
 
En cuanto a los medios de comunicación y las redes sociales se convino igualmente en otro problema: ojalá podamos alcanzar a más personas expandiendo nuestra revista en todos los sentidos, no sólo espaciales, sino también digitales. Para dar visibilidad al rostro de toda la Iglesia, como pretendemos, sería interesante profundizar aún más en las nuevas vías por las que se comunica el hombre de hoy. Como también ha señalado varias veces el Papa Francisco, las redes sociales pueden servir a la “cultura del encuentro” que nos invita a suscitar el Espíritu Santo.
Copyright © 2018 Revista Cresol - Creado por SocialOpen
Regreso al contenido