El Dios de la vida pública, Por Jesús Conill - Revista Cresol

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El Dios de la vida pública
Jesús Conill (Universidad de Valencia)

No se habla propiamente de Dios en la vida pública, como no sea de un modo vano. En todo caso, se habla de la Iglesia, del Vaticano, del Papa, de la Conferencia Episcopal, del Estado Islámico y el terrorismo yihadista, de los atentados mortales por todo el mundo, incluida Europa. Durante estos últimos días, de la matanza de cristianos en Skri-Lanka. Pero, no se habla de Dios.

Todo lo que tiene que ver con Dios suele quedar absorbido por las cuestiones sociales y reducido a disputas políticas, por ejemplo, sobre la relación entre la Iglesia y el Estado, sobre el modelo de Estado en relación con la religión (teocracias, Estado laicista, confesional o laico), o bien sobre la presencia de los símbolos religiosos en la vida pública (las caricaturas de Mahoma, la celebración de procesiones, la conservación de fiestas religiosas, la prohibición de crucifijos en lugares públicos, el velo islámico). Pero en todos estos asuntos, que están ligados con alguna cuestión religiosa, no se trata de la cuestión de Dios.

Sin embargo, Jesús de Nazaret en su vida pública hablaba de Dios, mostraba un camino hacia lo que significa Dios en la vida humana, por lo visto difícil de comprender para muchos de entonces y también de ahora. Pues se trata de un Dios diferente, humanizado, que está con y en nosotros, hecho carne. Pero, a la vez, inútil, que no resuelve los problemas que nos acucian y asedian, por los que estamos rogando y abogando continuamente. Seguramente porque sus caminos no son nuestros caminos. Lo cual nos sumerge en el abismo del misterio.

Este silencio de Dios, esta –al menos en apariencia- vanidad pública de lo que pueda significar Dios en nuestro horizonte vital, ha cambiado el contexto en el que se filtra la cuestión de Dios a través del fenómeno religioso en el ámbito social y político. Pero en este nuevo contexto lo primero que debemos precisar es que no debe confundirse el Estado con la sociedad. Las sociedades son plurales (en ellas hay personas con diversas posiciones y adscripciones religiosas o sin ellas) y es el Estado el que puede ser teocrático, confesional, laicista o laico (no confesional) (1). Por tanto, en un sano espacio público debería resonar un concierto polifónico, en el que puedan escucharse las diversas voces, también las propuestas de origen religioso, en la medida en que contribuyen a revitalizar la convivencia (2). La razón pública no queda determinada exclusivamente por una razón secular, porque también ésta es la propia de una determinada doctrina comprehensiva del bien (o de varias) (3).

Sin embargo, en la vida pública de nuestras sociedades, los medios de comunicación nos tienen acostumbrados a una presentación conflictiva y en muchas ocasiones corrosiva de la religión en general y de la cristiana en particular. No se suele presentar la religión como fuente de alegría y esperanza, ni se reflexiona suficientemente sobre el cristianismo como fuente creadora de cultura, en concreto, de la configuración de lo que hoy llamamos Europa, e incluso de un modo más amplio, de lo que significa la cultura occidental en el mundo. Una de las razones consiste en que ha decaído la conciencia del valor de la religión cristiana por parte justamente de aquéllos que más nos estamos beneficiando de su vigor, que -si bien lo miramos- ha quedado incrustado en la cultura. Por tanto, a mi juicio, habría que fomentar una reflexión reanimadora que vaya recuperando el sentido profundo de la religión cristiana para Europa y para el mundo entero.

Hay que recordar que el quehacer de la religión cristiana en el mundo contemporáneo es decisivo, por ambiguo que haya resultado ser en su larga historia. En muchos lugares la religión cristiana está siendo un verdadero signo de compromiso por los pobres, de lucha por la justicia y de derroche de gratuidad. Y es que, ante todo, las religiones son, para las personas concretas, fuente de sentido, de esperanza y de consuelo. Pero, para que cumpla su misión, no hay que reducir la dimensión religiosa de la vida humana a otras dimensiones, como la política, la ética, la estética o la economía. Por tentador que haya sido -y sea- manipular y sacar provecho (político, económico, etc.) del mundo del misterio. Pues la religión ha sido -y es- muy manipulable, como todos los grandes ideales. Las mismas guerras de religión han sido -y son- en muchas ocasiones guerras económicas o políticas, luchas de poder personal o grupal, que se recubren con la justificación religiosa.

De ahí que sea urgente tratar de recuperar las raíces de las religiones, lo que las constituye como fuente de sentido para los hombres, como fuente de esperanza y de vida en plenitud, para purificarlas de las manipulaciones ideológicas e impedir que se conviertan en un arma arrojadiza. Es absurdo que las religiones aparezcan como fuente de discordia, en vez de ser promotoras de la justicia como camino para la auténtica paz y la concordia. Sería muy fecundo recuperar el fondo positivo -regenerador y liberador- de las religiones en la vida pública mundial.

(1) Adela Cortina, Justicia cordial, Trotta, Madrid, 2010, cap. 4.
(2) Jürgen Habermas, “Creer y saber”, en El futuro de la naturaleza humana, Paidós, Barcelona, 2002, 129-146.
(3) John Rawls, “The Idea of Public Reason Revisited”, en Collected Papers, edited by Samuel Freeman, Harvard University Press, Cambridge, Ma., 573-615.

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