Diario de un lector en primavera Por José Luis Barrera - Revista Cresol

Vaya al Contenido
Diario de un lector                              en primavera
J. L. Barrera

Leyendo bajo la lluvia
Ahora una lluvia suave, delicada, está cayendo sobre las calles de mi ciudad de Valencia, donde con tan poca frecuencia suele llover, y, cuando ello ocurre, es con estrépito y casi brutalidad. Ahora, en medio de esta lluvia mansa y fina que veo a través de los cristales de las ventanas de mi casa acabo la lectura de la novela de Luis Landero Lluvia fina editada por Tusquets. La he leído casi en un pis pás; tan interesante y sobre todo tan bien escrita.

Años 60. Madrid. Una familia cuyos miembros ya se han dispersado por la vida y donde el hijo menor decide convocarlos para celebrar el ochenta aniversario de la madre. Unas llamadas telefónicas, al recibir la convocatoria, despiertan en todos ellos los recuerdos, vivencias y experiencias de su vida cuando vivían juntos. La convocatoria para el encuentro familiar, lo que podría parecer motivo de unión, tiene como consecuencia el reavivar rencillas, frustraciones desamores y odios.

En sus relaciones familiares recordadas, parece imposible la presencia del perdón y la comprensión. No existe en ningún momento la misericordia, el sentimiento verdadero de la fraternidad. Es un relato duro y amargo, donde las apariencias de las familias normales ocultan las realidades tristes y a veces sórdidas que se viven en el seno de los grupos familiares, en total secreto y anonimato. Luis Landero domina muy bien el discurso narrativo con una prosa formidable y admirablemente construida, mezclando sin solución de continuidad los monólogos y diálogos de una novela que se lee sin respiro y que acaba de un modo inesperado y abrupto, donde el sacrificio tiene su lugar. Como la lluvia mansa y suave, su lectura cala en el lector provocando un sentimiento de fatalidad y tragedia. Una gran novela.

Ir al Rastro
Ando leyendo estos días el último libro de Andrés Trapiello El Rastro. Historia, teoría y práctica, editado por Destino. El autor es uno de mis favoritos de entre los escritores en español actuales; de él he leído algunos de sus libros que me parecen verdaderamente entrañables: Después de la muerte de Don Quijote y también unos cuantos volúmenes de una especie de diario El Salón de los Pasos Perdidos que él llama «la novela de la vida» y que creo que anda ya por el volumen veinticuatro.

Andrés Trapiello me gusta porque su estilo es claro, y limpio, va directamente al grano y tiene una gran sensibilidad hacia las cosas humildes y pequeñas y además, no tiene pelos en la lengua. Los personajes de sus libros suelen ser hombres y mujeres sencillos cuyos hechos extraordinarios son simplemente su propia vida cotidiana. En algunos momentos me recuerda a mi admirado Azorín.

En El rastro el autor cuenta los muchos años que visita cada domingo ese mercado de las cosas usadas que respira vida: tiempos gloriosos, pasados oscuros, fracasos familiares, objetos que se resisten a desaparecer. Las huellas de los seres humanos que los poseyeron se pueden encontrar en el rastro que aquí es el de Madrid.

Me faltan muy pocas páginas para acabar su lectura. La primera parte me parece algo farragosa y ajena para los que no vivimos en la capital de España, después retoma con brío la narración de sus experiencias y paseos por los mercadillos y la descripción de toda esa gente sencilla y pobre que se dedica a ganar unos duros vendiendo quincalla, chatarras, libros y papeles viejos, antigüedades y cosas muy dispares.

Aunque he acudido muy pocas veces a visitar el Rastro de Valencia (me agobian la herrumbre y el chalaneo), pienso que después de leer este libro mis visitas a él serán realizadas con diferentes ojos.
Copyright © 2018 Revista Cresol - Desarrollado por WEBDSEO
Regreso al contenido