Desolación en la vida personal y en la Iglesia Por Federico Allara - Revista Cresol

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Desolación en la vida personal  y en la Iglesia  
Federico Allara (Monasterio Santo Espíritu. Gilet)

La desolación es un hecho real y universal. Se puede hablar también de una realidad globalizada. La globalización, como nuevo programa de dominio y manipula-ción de masas, no es usada para revelar la miseria humana.

No siempre quien actúa negativamente, reconoce el hecho y las consecuencias.
La desolación no es intrínseca del ser humano, porque Dios no ha creado el sufrimiento ni la muerte (Sab. 1,13).

Por lo mismo no cabe el concepto de desolación en el sí mismo de la vida de la Iglesia. Sería una contradicción de la fe. La Iglesia no puede ser una Comunidad desolada.
Sin embargo, la fe nos revela que la Salvación de Cristo abraza toda la Humanidad; y en este sentido, la desolación de millones de seres humanos, lo es de la Iglesia.
El hombre es bueno, en cuerpo y alma; creado libre, a semejanza de Dios. (Gn. 1,27).
La Encarnación del Hijo de Dios significa que el ser humano nunca es sin-Dios. Pero puede optar por la soledad de no querer ser-en-Dios.
Es libre para aceptar, ser indiferente o negar la gratuidad del amor divino.
Desolación, es una situación temporal anímica de tristeza y angustia, que revela el estado de soledad e impotencia de un ser humano, destruido moral o físicamente, cuando carece de lo esencial en su vida, pisada su dignidad humana.

Desolación es también lo que puede sentir un ser humano, cuando sufre el desen-gaño de la idea subje-tiva que tenía de Dios.
Es la que nos revela el Pueblo elegido, confundiendo el poder de Dios y el por qué y el  para qué de su elección.

Este Pueblo que lloró “junto a los Canales de Babilonia” (Ps. 136,1-6) y lamentó su desolación, reco-noció su culpa (Ps. 30, 7; Lam. 7a.16-21; 2,7-8) y pidió perdón.
Israel cree por hechos que no puede negar. Su Dios no era un ídolo. (Ps. 135,17-18). Vivió la desola-ción y el abandono de Dios, pero nunca dejó de creer. (Lam. 2,18-19)
El cristiano es la medida de su fe en la Resurrección de Cristo. (I Cor. 15,12-20).
Cristo es camino de superación de todo sufrimiento y desolación. (Rom. 8,35)
El testimonio de vida de muchos desolados, es voz elocuente en su silencio, ante las razones de los que hablan de redimirlos desde fuera.
No se puede comparar la desolación de la Iglesia, con la del Pueblo elegido.
Desolación puede ser también un estado inconsciente. El hombre impermeabilizado a la trascendencia. Cuando en lo íntimo del ser humano queda un vacío sin llenar objetivamente, existe una semilla de desolación.

La desolación no brota de la noche a la mañana. La que sufren millones de seres humanos, viene de haber sembrado la semilla desde hace siglos.
La secularización no es de ayer, viene desde la filosofía de los s. XVII-XVIII; viene de negar la tras-cendencia y a Dios como fundamento de la realidad; viene de atribuir el conocer sólo a la Ciencia; viene del Personalismo, de la Postmoderni-dad, del pensamiento débil, del individualismo, del culto al “yo”...
Este proceso, unido a la dependencia económica, técnica y mediática, es el abono para el crecimiento de la desolación personal y social; y la Iglesia no se libera de esta realidad. La siembra fructifica. No cerremos los ojos.

Este proceso de cambio cultural y social, ha creado asombro y desconcierto; y también desolación dentro y fuera de la Iglesia, creando la idea de que todo está mal; dando lugar a dudas y a ensayos de senderos, cuando el Camino está trazado y claro para discernir que este progreso es una falacia.
Es tiempo de formación, de fuerte vida espiritual, de gran respeto y de mayor fidelidad a la Verdad de Cristo y a la vida moral que sigue a su seguimiento.

Un creyente relativista, inconsciente de su desolación, no puede ser testigo de Cristo.
El ser humano está dotado de inteligencia para alcanzar la verdad de sentido de su vida. Por lo que, su opción por negar a Dios, no es de razón, sino de voluntad.
La razón exige coherencia en la opción. Cuando en la vida del creyente, Dios no es todo lo que debe ser, existe escondida la semilla de la desolación; y si no fructifica en quien la lleva, lo hará indebida-mente en quien no tiene culpa.
La conciencia de desolación la tiene quien le falta el pan que necesita para vivir.  Quien lo tiene en sus manos no la vive, hasta que le escasea el pan.

La causa de la desolación puede estar en uno mismo o en la relación negativa de los demás sobre él. Y la realidad de la causa es un hecho dentro y fuera de la Iglesia.
Sea cual sea la vida personal y la opción por una Ideología o Religión, cuando se olvidan los princi-pios y los valores fundamentales y universales que garantizan la dignidad de todo ser humano, es el mismo ser humano quien causa las circunstan-cias negativas, que llevan a la desolación del prójimo, que nunca deja de ser semejante.
La desolación es evitable, pero no corresponde a la Omnipotencia de Dios evitarla. Desde la fe, Dios ha hecho lo que para la misma razón es inconcebible.

Dios consiente las arbitrariedades de las libertades humanas, sin justificarlas. No sería el verdadero Dios que nos ha creado libres, -Cristo nos lo ratifica con lo que debe ser la vocación cristiana, (Gal.5,1.13; St.1,23s.)-. El amor tiene sus impo-tencias.

El juego hipócrita de una sociedad deshumanizada, entretenida en lucha ideológica, política y religiosa, busca el propio bien, en contra del opuesto, y no ofrece el bien que le falta a quien vive impotente la realidad de su desolación.

Seguimos cumpliendo fielmente lo viejo y elocuente del Génesis: la culpa siempre es ajena. Seamos coherentes y aceptemos que, quien crea la situación, es responsable.
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