Comunicación de verdad, por A. Castellano - Revista Cresol

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 Comunicación de verdad
 
 
Amparo Castellano, es Directora General de Comunicación de la  Diócesis de Valencia y la Universidad Católica de Valencia, UCV
 
  El papa Francisco es uno de los líderes mundiales de la comunicación de nuestro tiempo con miles de seguidores en los medios de comunicación en general, especialmente en las redes sociales y ni siquiera esto libra al mismo Pontífice, ni a la Iglesia, de la amenaza de las verdades a medias que implica la reducción de los mensajes a una síntesis que camufla la verdad y la verdadera identidad del mensaje. Somos responsables de nuestras palabras, pero no de la interpretación que se haga de las mismas, y por ello la responsabilidad personal y colectiva, y la defensa de la verdad centran esta  Jornada mundial de las Comunicaciones sociales que el Papa Francisco dedica precisamente al debate sobre las noticias falsas, la llamadas fake news y el periodismo de paz. Un debate social que impregna cada día la actualidad, tras haber afectado a  los gobiernos de las grandes potencias mundiales y evidenciado de facto la amenaza que representa incluso para la democracia. Por tanto, en la Iglesia no estamos exentos del debate y esta Jornada representa una nueva oportunidad para reflexionar hasta la autocrítica, de cómo enfocar la comunicación de la Iglesia y la transmisión de la verdad.
 
  En un ambiente de progresiva secularización,  la información de la Iglesia tiende al ostracismo en los medios de comunicación generalistas, cayendo casi en la anormalidad, salvo en casos puntuales y en su mayoría, asociados a la crítica, especialmente a aspectos económicos, a la jerarquía eclesial o sus organismos colegiados. En esta extraordinaria circunstancia de viralización del mensaje y de virulencia social, y por tanto mediática, es fundamental normalizar la penetración del mensaje de la  Iglesia en una sociedad, que casi ha olvidado su propio origen. La comunicación humana es el modo esencial para vivir la comunión, el gran desafío es precisamente hacer de la Iglesia “la casa y la escuela de la comunión”, y los nuevos canales tecnológicos, una oportunidad exponencial para una nueva evangelización. Desde esa comunión podemos tener la fortaleza para normalizar de nuevo la presencia de la Iglesia, no sólo expansiva sino relevante. En la era de la posverdad, concepto que ataca directamente al corazón del mensaje de la Iglesia que tiene en su esencia la comunicación de la verdad, sólo podemos hacer una comunicación amplia, directa, libre y sin complejos, en la que nos sumemos toda la Iglesia.
 
  Esto sin olvidar nuestra propia conciencia crítica, no sólo comunicamos mensajes, comunicamos a las personas. Tendremos que buscar espacios comunes en diálogo continuo con la sociedad a través de los medios de comunicación, y no en antagonismo, para poder llevar el mensaje de la verdad, pero cruzándonos realmente con esos públicos, los nuestros y los alejados, lo que implica escuchar y responder, para comunicar el sentido profundo que da la fe. No olvidemos que este contexto de las redes sociales implica también paradójicamente un individualismo feroz, un aislamiento del colectivo, una soledad que necesita del referente del mensaje cristiano para entender el sentido de la vida.
 
  La información eclesial vive en fronteras demasiado estrechas, pero la comunicación es misión y la  Iglesia debe recuperar la presencia activa y normalizada en todos los avances políticos y sociales de nuestro tiempo, con un mensaje abierto y de diálogo. Cierto es que nos encontramos ante un panorama de escasa pluralidad y quizás demasiado ruido mediático, de espectáculo muy alejado de la información veraz, pero más por ello, no podemos permanecer en la reserva sin interactuar con libertad ante lo que pasa ante nuestros ojos, con discernimiento de qué aporta nuestro mensaje.
 
  No olvidemos que en nuestra responsabilidad está también poner en el centro de la noticia a los que no tienen voz. En esta era, no sólo somos comunicadores los que nos dedicamos profesionalmente a ello. La era de internet ha traído una “democratización” de la utilización universal de los canales de comunicación, con un cierto desgaste de credibilidad, debemos decir, para los que ejercen esta labor, dado que cualquier información se eleva a la misma categoría y se extiende a la mayor velocidad, sin tener en cuenta la fuente fiable de la que procede. Pero por el contrario, todos y cada uno nos hemos convertido en comunicadores, y con un extra de responsabilidad cuando estos proceden de la Iglesia, sobre la que existe un foco extremadamente sensible. También por ello, que todos seamos comunicadores multiplica las posibilidades de llevar el mensaje de la Iglesia a los alejados, si sabemos escoger las vías para llegar a ellos. La verdad no se impone, nace del diálogo cuando busca un fin leal, el bien común.
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