Cine religioso, por J. L. Barrera - Revista Cresol

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Último y penúltimo cine religioso

 
  Desde el punto de vista cinematográfico, la Semana Santa pasada ha sido algo especial. Pasó ya el tiempo en que en dicha semana se reestrenaban títulos de películas que fueron estándar del gran espectáculo religioso: “Quo vadis”, “Ben Hur” (se han querido repetir tales éxitos haciendo nuevas versiones con muy escaso aprecio del público)…. Estos históricos filmes han pasado a emitirse cansina y repetidamente en las cadenas de televisión, donde menguando los espectadores habituales en esos días, ofrecen estas películas que, incluso económicamente, aún les resulta muy rentables.
 
Las películas de Semana Santa
  Últimamente en esos días “sagradas” y vacacionales, aunque no para los clérigos, se habían ofrecido películas de escaso valor artístico y a las que los espectadores apenas si acudían, de modo que la poca asistencia de éstos provocaba su poca duración en la exhibición. Este año, sin embargo, parece haber sido diferente: dos películas por las que a primera vista el público general poco apostaría, se han mantenido bastantes semanas en cartel. Me refiero a “María Magdalena” de Garth Davis y a “Pablo, el Apóstol de Cristo” dirigida por Andrew Hyat. ¿Por qué? Una causa puede ser que son dos cintas pensadas para ser proyectadas en la pantalla grande -no por televisión por cable- cuyo estilo, ritmo y técnica difieren del cine convencional. Otro motivo de su aceptación también es por su digna calidad artística: los guiones de dichas películas están bien escritos, los medios con los que se han realizado han sido suficientes para mostrar un espectáculo de cierta altura y el equipo artístico (intérpretes, fotografía, atrezzo y la puesta en escena de su director), ha sabido mantener un nivel aceptable y realizar un producto cinematográfico muy digno.
 
  El fulgurante éxito literario de ”El código da Vinci”, escrita por Dan Brown, una novela mediocre de la que yo no fui capaz de pasar del cuarto capítulo, luego su versión al cine con el mismo título transformada en una aún más que mediocre película pese a su éxito fulgurante, puso de moda y actualidad la figura de María Magdalena. El morbo de si esta pecadora conversa había sido la novia o esposa de Jesucristo enganchó al inmenso crédulo público. Por fortuna, este aspecto enamoradizo de María Magdalena queda muy contemplado de soslayo en la película que ha dirigido el director de cine Garth Davis y estrenada aquí hace unas semanas. Aquí, la figura de María de Magdala se nos muestra como una adalid de la defensa de las mujeres. El cine, otra vez, como espejo de la sociedad contemporánea: el discurso feminista, aunque ello no apareciera en los años 30 de nuestra era (¡!). Junto a este discurso políticamente correcto, la película se dignifica por no mostrarnos personajes bíblicos excesivamente resaltados, con actuaciones impostadas, cuando no histéricas. La figura de Jesús de Nazaret interpretada por Joaquín Phenix está presentada con gran corrección y como decimos María Magdalena se nos muestra con  madurez y sin altibajos, a lo largo del proceso de transformación que ella va realizando hasta ser la primera testigo de la Resurrección y transformarse en una gran apóstol de la fe. Una película, que como es de suponer, introduce ciertas licencias históricas y anecdóticas necesarias para sostener un relato cinematográfico.
 
  Si nuestro juicio sobre el filme María Magdalena como película de cine es positivo, aún lo es más para “Pablo el apóstol de Cristo” de Andrew Hyat . No sé cuál es el motivo que la productora norteamericana ha tenido para fijar su interés cinematográfico en esta figura tan fundamental en la historia de la Iglesia pero que el cine en general no ha contemplado mucho. Aquí el personaje del apóstol Pablo es contemplado ya en sus últimos meses de vida situándolo en su última en prisión, donde recibe la las visitas consoladoras del evangelista Lucas interpretado por el actor que hizo de Jesús en la controvertida “La pasión” de Mel Gibson. Pablo se nos muestra como un hombre que ya ha tenido que apagar la gran fogosidad que mostró durante los años altos de su apostolado. Ahora acomete una dura lucha interna y espiritual, preguntándose si todos sus esfuerzos apostólicos han tenido éxito, recordando el largo camino que tuvo que realizar y temiendo no saber responder en su fe a la prueba de estos últimos días de su vida. Espera la ejecución de la pena capital a la que el emperador le ha condenado. Lucas es el discípulo que va recogiendo sus confesiones que después él transformará en cartas. Ambos son testigos de la cruenta persecución que sufren los cristianos en Roma y a los que quieren ambos confortar y animar con sus palabras. A la vez el prefecto de la prisión anda perplejo al no entender por qué la ley considera a Pablo como un hombre peligroso.
 
  Esta película sobre San Pablo cuya factura anda dotada de un buen nivel quizá tenga  cierto exceso de sentimentalismo y no retrate correctamente la situación real de los primeros cristianos: Sus posicionamientos sobre el poder político y la situación social caen en el tópico de presentar una Roma cruel y depravada, propio de la apología trasnochada. Algo muy común en este tipo de cine sobre la antigüedad. Por lo demás, siempre es interesante, pedagógica y catequéticamente hablando la presentación de distintos fragmentos de las cartas paulinas, que puede llegar así al gran público.
 
El cine religioso actual.
Y es que volvemos de nuevo al problema del cine religioso actual que parece andar siempre lastrado de confesionalismos, arcaísmos, ideologías dogmáticas y formalmente de guiños al antiguo “péplum”, guardarropías vetustas, decorados virtuales... Habrá que recordar a los grandes genios del cine (Dreyer, Bresson, Pasolini, Tarkovsky, etc.), para hablar del verdadero cine religioso; pero esto requiere muchísimo más espacio de escritura.
 
  Hay sin embargo en el mundo del cine más reciente también un espacio donde puede verse obras cinematográficas que están mucho más cercanas a dicho fenómeno religioso que se desconocen por no estar dentro del circuito más comercial de las salas de cine. A veces no son filmes convencionales de argumento, más bien documentales y reportajes y que algunos tienen una alta calidad artística y que logran acercarte con más proximidad a lo que constituye lo que es verdaderamente religioso. Es decir el Misterio, la Trascendencia. Son en general películas realizadas al otro lado de la fe, muchas veces desde el punto de vista no creyente o agnóstico, cuyo discurso y reflexión abren muchas veces la mente y el corazón a lo “Inefable”. Por citar algunas recientes:” Ida”(Polonia, 2013) de Pawel Pawlikowski o  “Las inocentes /Agnus Dei” (Francia, 2016) de Ann Fontaine.
 
  Hay otras también de cierto interés a las que se les nota el aroma propio de las iglesias norteamericanas e incluso de la espiritualidad “new age” que aún se dejan ver (“La cabaña”) o (“El caso de Cristo”). Y por último, dos recomendaciones de filmes que no son películas convencionales sino documentales o reportajes que están muy bien realizados. Se estrenaron ya el año pasado pero merecen nuestra mejor atención: la española realizada por el joven actor de televisión David Arratibel titulada “Converso” que es un reportaje de entrevistas hechas por el realizador a los miembros de su familia y que contempla con estupor que han pasado de la increencia e indiferencia religiosa a la vivencia intensa, consciente y fervorosa experiencia de la fe cristiana. En otro orden de cosas, y aún más interesante está “La isla de los monjes” un documental-reportaje, que casi parece con argumento, de la historia de unos monjes cistercienses en Holanda que se ven obligados a abandonar su viejo y enorme monasterio para instalarse en uno más pequeño y nuevo. La historia de lo que aquí se cuenta es una gran metáfora de lo que ahora le hace falta tanto a nuestra Iglesia, como a nuestras parroquias: la gran mudanza. Es una película ya hay editada en DVD más recomendable. José Luis Barrera.
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