Al señor Arzobispo Emérito D. Manuel Ureña Pastor - Revista Cresol

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Al señor Arzobispo Emérito D. Manuel Ureña Pastor

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“Testigo de la esperanza de Cristo”

Entrevista a Don Manuel Ureña Pastor,
Arzobispo Emérito de Zaragoza

 Antes de dar comienzo a esta grata entrevista, deseo me permitáis expresar las más sinceras gracias a mi buen hermano en el bautismo y en el sacerdocio ministerial del Señor, Rvdo. D. Jesús Belda, director de CRESOL, por intentar siempre, a través de esta publicación, aportar la luz de la verdad a los problemas que nos afectan, a nosotros y al mundo, de un modo especial.
  Las preguntas que D. Jesús me dirige se agrupan en tres capítulos. Las del primero conciernen a la UNIDAD; las del segundo se refieren a la SOCIEDAD; y las cuestiones encerradas en el tercer capítulo afectan a temas varios. Por eso, don Jesús las reúne bajo el epígrafe genérico de OTRAS PREGUNTAS.

LA UNIDAD
- D. Manuel, bienvenido a nuestra publicación de la Unión Apostólica. ¿Qué le sugiere esta institución diocesana?
  Sin duda, todos conocen la UAC, esa fecunda asociación pública de ministros ordenados diocesanos comprometidos en ayudarse mutuamente para obtener la santificación de sus personas mediante el ejercicio eficiente del propio ministerio.
  Aprobada como se sabe, por la Santa Sede el 17 de abril de 1921, la UAC ayuda a sus miembros a vivir en comunión fraterna la propia espiritualidad diocesana, al tiempo que ayuda también a este fin a los ministros no pertenecientes a ella, especialmente a los del clero diocesano.
  Los principios básicos de la UAC, sobre todo el de la santificación de los ministros ordenados por medio del ejercicio mismo del ministerio sacerdotal o del ministerio diaconal, fue recogido por el Concilio Vaticano II en el decreto Presbyterorum ordinis 12ss; y por el nuevo Código de Derecho Canónico en el c. 278. La UAC ha venido haciendo un gran bien a nuestros sacerdotes y diáconos a lo largo de sus casi cien años de existencia.

- Los obispos acaban de invitar a la clase política a trabajar “por la unidad, la prosperidad y la cohesión social de nuestro país”. ¿Por qué este llamamiento?
  Los obispos han invitado a la clase política a trabajar en favor del logro de estos tres objetivos porque, lo que hoy está en crisis, es la unidad del género humano y la unidad del ser humano mismo. Y, si esto está en crisis, entonces no vamos a ninguna parte. Aun siendo personas distintas, todos los seres humanos tenemos la misma naturaleza, que es psíquica y corporal. Todos somos, pues, iguales. Y, si somos iguales, entonces, por encima de nuestras diferencias, tenemos que ser como una sola alma y un solo corazón, lo que significa que nos hemos de amar. El amor -no se olvide- es ceñidor de la unidad consumada. Sin embargo, en virtud de un principio postmoderno falso, que consiste en reducir el ser personal humano al individuo, se incurre con frecuencia en propugnar que la libertad del yo está por encima de la naturaleza humana común, olvidando así que la persona no se opone a la naturaleza, antes al contrario, aquélla, la persona, es el acto de ésta, justo de la naturaleza. No hay, pues, que odiar a nadie. El que odia a una persona, se odia así mismo, es decir, odia a su propia naturaleza.

- ¿Cuándo se puede decir que las instituciones -civiles y religiosas- trabajan verdaderamente por la unidad?
  Unas y otras instituciones trabajan verdaderamente por la unidad cuando toman en serio el carácter sagrado e inviolable del ser humano, cuando son capaces de ver en el otro, quien quiera que éste sea, del mismo credo o de distinta fe religiosa, del propio partido político o de la formación política antagónica, a un ser humano (varón o mujer), a una persona, a un ser en-sí y para-sí, a un ser que no se puede, como dice desde la sabiduría divina misma tan sabia y certeramente el papa Francisco, ningunear ni descartar.

- En general, ¿con qué actitudes hemos de desarrollar la cultura del encuentro y de la unidad?
  Por supuesto, evitando siempre la tentación de entrar, dicho en lenguaje llano, como un elefante en una cacharrería, que es justo la tentación a la que sucumbe el populismo hoy emergente y a la que sucumbió el populismo de todos los tiempos. El populismo, independientemente del signo con que se ofrezca en cada caso, no cree en la condición racional del ser humano, ni en la orientación a priori de éste a la verdad y al amor. Por tanto, no cree en el diálogo. Consecuentemente, saliendo al paso de la tentación populista, hay que confiar en el diálogo y comenzar por el diálogo, pues, en el seno del diálogo se alumbra la verdad, cuya raíz y cuya cima estriban en el amor. Un amor que prescinda o que haga tabla rasa de la razón y de la verdad es un amor falso. Ciertamente, hay que manifestar y practicar la verdad en la caridad. Pero hay que practicar y realizar la caridad en la verdad y desde la verdad. Sin la verdad como punto de partida no es posible el amor. No digas nunca que amas a una persona si no respetas escrupulosamente su ser, la verdad de su ser.  No en vano dice la Escritura que, si es cierto que hay que realizar “la verdad en el amor” (Ef. 5, 15), no lo es menos que hay que realizar la caridad en la verdad, pues la caridad se goza con la verdad (1 Cor. 13, 6).

- Por nuestra parte queremos hacer una revista amable, en la que quepamos todos, que no insulte a nadie, etc. ¿Qué opinión le merece esta modesta y humilde publicación?
  Me parece bien la opción de pensar en CRESOL como una revista en la que quepan todas las voces y en la que no se insulte a nadie. Lo cual, siendo cierto, no obsta para que la revista, anclada en la búsqueda de la verdad, tenga un carácter sanamente crítico. Es más: lo debe tener. Una revista como CRESOL debe aspirar, haciendo honor a su nombre, a ser modestamente luz, evitando ser penumbra. Y, sobre todo hoy, cuando por tantas partes se nos invita a desertar del camino recto, a entrar por la vía ancha de la “post-verdad” y de la “post-metafísica” y a no pasar por la puerta estrecha, con el craso olvido de que ésta y solo ésta es la que conduce a la vida.

LA SOCIEDAD
- D. Manuel, la situación eclesial, cultural y social de nuestros días es compleja. ¿Cómo podremos salir todos adelante?
  A nosotros los hombres, que somos frágiles y débiles, y que propendemos a acobardarnos y a pensar que todo está perdido, ciertamente la situación actual se nos puede antojar una situación sin salida. Pero no es así. De peores situaciones ha salido purificada y triunfante la Iglesia. Porque, lo que es imposible para el hombre -y hay muchas cosas imposibles para éste-, no lo es para Dios. Nosotros no podemos todo. Más todavía: nosotros casi no podemos nada. Decir lo contrario es desconocer por dentro las entrañas del hombre: las profundidades de su persona, siempre tentada por el demonio, el homicida desde el principio, por el mundo y por la carne, esto es, por la concupiscencia del cuerpo y del espíritu.
No perdamos la esperanza. Con el poder del Altísimo echaremos las redes. Y la pesca, como ya ocurrió hace más de dos mil años en el mar de Tiberíades, será abundante. No temáis. Cristo nos prometió que estaría con nosotros por medio del Espíritu hasta la consumación del mundo. Y, si Cristo está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (cfr. Rom 8).

- Cáritas nos propone “ir contracorriente” para “convertirnos en motor de cambio de la sociedad”. ¿Usted qué nos sugiere?
  Yo sugiero lo mismo que sugiere Cáritas, pues “ir contracorriente” ha sido por lo general lo que ha tenido que hacer siempre la Iglesia. Recordemos que no siempre ha brillado la verdad en el horizonte del hombre. Desgraciadamente, lo que brilla en el horizonte humano de un tiempo histórico suele ser la ideología. Y la ideología no es nunca portadora de la verdad. Solo el Evangelio, que procede de Dios, carece de ideología y nos ofrece la verdad plena.

- Hace unos días, veíamos las fotos de una barcaza volcando y el cuerpo de Cristo hundiéndose en el Mediterráneo. Murieron siete personas. ¿Qué podemos hacer cuando nos duelen tanto las entrañas?
  Podemos hacer y hemos de hacer las dos cosas que siempre ha hecho la Iglesia, maestra y madre nuestra. En primer lugar, arrojarnos al agua para contribuir a salvar a todos los que podamos. Por eso, la Iglesia, tanto a nivel institucional como en el plano personal, se sumó en seguida, hace unos días, a ayudar a las personas del Acuarius a salir lo más airosamente posible del difícil trance en el que se encontraban. Y, en segundo lugar, hemos de practicar sin miedo y con valentía la denuncia profética, aun cuando esta denuncia, que emerge de la sana razón y de la fe, no guste a las políticas populistas del momento, que enmascaran la verdad con la injusticia, y pueda llevarnos a vivir situaciones a veces muy comprometidas. Porque no olvidemos que el demonio es astuto y que, más de una vez, se reviste de ángel de luz.

- D. Manuel, ¿sigue en usted viva la esperanza?
  Sí, la esperanza continúa viva y operante en mi alma. Y sigue viva por dos razones. Primero, porque la esperanza es inherente al ser de la persona humana. El hombre es un ser que espera, y que espera siempre. Otra cosa es que él espere bien o espere mal, que espere aquello que conviene a su ser o que ponga su corazón en los ídolos, que siempre frustran al que los espera. Y otra cosa también distinta es que el objeto de la verdadera esperanza, la adecuada y conforme con las exigencias del ser humano, pueda éste alcanzarlo mediante sus propias fuerzas o deba ser humilde y, muy consciente de su menesterosidad y de su indigencia constitutivas, tenga que pedir a Dios, al Dios verdadero de nuestro Señor Jesucristo, obtener por gracia lo que con ardor espera y en modo alguno pueda otorgarse a sí mismo. ¡Pobre de mí si no esperara, y si no esperara bien con la ayuda de Dios! Si yo no esperara, sería el más desgraciado de los hombres. La ausencia de la esperanza es la muerte del hombre. Hay, pues, que esperar siempre y esperar bien. La leyenda de mi escudo episcopal reza así: Testis spei Christi (testigo de la esperanza de Cristo).

- Su autor más estudiado, que es Ernst Bloch, dice así: “El Génesis real no se da en el principio, sino al final, y empieza, por así decir, a comenzar cuando la sociedad y la existencia son radicales”. Brevemente, explíquenos.
  Ciertamente, entre 1978 y 1984, año éste último en que defendí mi tesis doctoral en filosofía, estudié con bastante profundidad la obra del filósofo neomarxista alemán Ernst Bloch.
  La razón de que me centrara durante este período de tiempo en la investigación del pensamiento blochiano se debió a los signos de los tiempos. Es de todos conocido que entre 1970 y 1985 una de las preocupaciones fundamentales de la Iglesia en su apertura al mundo era el diálogo marxismo-cristianismo. Tres preguntas había entonces en el ambiente teológico y filosófico que urgía responder. ¿Son marxismo y cristianismo dos formas cosmovisivas de pensamiento que se autoexcluyen a priori? ¿Son uno y otro formas de pensamiento que se complementan? O ¿son tal vez formas cosmovisivas de pensamiento que, en el fondo, llegan a ser lo mismo?
  Pues bien, esta última era la posición de Bloch, quien había dicho y repetido hasta la saciedad en su obra de 1968 Atheismus im Christentum: “Solo un ateo (marxista) puede ser un buen cristiano. Y solo un cristiano (secularizado y dialéctico) puede ser un buen ateo.
  Pero, lamentablemente para Bloch, él no tenía razón, no estaba en lo cierto. Yo estudié con pasión su obra. Pero ésta flaquea y se hunde en virtud de los falsos presupuestos filosóficos de los que parte y desde los que construye su ontología fundamental: la ontología del así llamado “todavía no ser”, cuya tesis principal dice así: en el ahora (presente) se da el “no”, el cual se revuelve dialécticamente contra sí mismo y da lugar al “todavía no”. Por último, la negación dialéctica del “todavía no” engendra el ser. Por eso, dice el texto de Bloch citado por D. Jesús que “el génesis real no se da en el principio, sino al final”.

OTRAS PREGUNTAS
- Después de su jubilación, ¿quién es en estos momentos Manuel Ureña Pastor?
  Manuel Ureña Pastor, después de su jubilación, es el mismo que era antes de su jubilación, a saber, un fiel cristiano y sacerdote por la gracia de Dios, que busca la salvación de su alma por medio de la santificación de su vida a través de las acciones sagradas que emanan de su ministerio sacerdotal y que él realiza hoy cada día desde la inmanencia misma del colegio episcopal, en plena comunión con el Sucesor de Pedro, y que se concretan en la práctica diaria de la “sollicitudo omnium Ecclesiarum”. Tales acciones son la predicación de la fe; la celebración de los sacramentos, particularmente de la Eucaristía, de la confirmación, de la penitencia y de la unción de los enfermos; y la práctica de la oración privada y de la oración pública de la Iglesia.

- En los últimos años ha sido usted intervenido quirúrgicamente varias veces. ¿Cómo se encuentra ahora?
  En efecto, un servidor de ustedes, que, hasta hace diez años, no había conocido ni experimentado lo que era un quirófano, desde los primeros días de octubre de 2008 hasta el 19 de enero del año actualmente en curso, ha venido entrando como sujeto paciente en sucesivos quirófanos, por lo menos siete veces, y ha salido de los mismos, siempre por la gracia de Dios y de las expertas manos de los doctores cirujanos, ileso y con permiso para seguir viviendo. Así las cosas, permítanme les diga que me encuentro bien, muy bien, y siempre dispuesto a asumir, con la ayuda del Señor, lo que él quiera de mí en el inmediato futuro.

- Seguro que sigue usted leyendo y escribiendo. ¿Qué le queda pendiente a nivel intelectual?
  Desde luego, algo leo y algo escribo. Pero no mucho, pues procuro estar siempre pronto a satisfacer las peticiones que me hacen los pastores del Pueblo santo de Dios, obispos y presbíteros, particularmente de nuestro buen padre y pastor D. Antonio, cardenal de la Santa Iglesia Romana Cañizares Llovera, Arzobispo metropolitano de Valencia, a quien saludo desde las páginas de CRESOL y a quien deseo largos años de vida con nosotros.  Muchas gracias, Eminencia, por vuestra exquisita acogida de mi persona en la Iglesia local de Valencia de los edetanos.

- En estos momentos, como persona, ¿cuál es el centro de su interés: la actuación de la Iglesia; la supervivencia de la humanidad; el futuro de la tierra…?
  Ciertamente, la actuación de la Iglesia, la supervivencia de la humanidad y el futuro de la tierra son temas importantes y candentes, cuestiones decisivas, problemas que necesariamente hay que abordar, pues son como articula stantis et cadentis totius universi. No obstante, tal vez hay un problema previo de cuya solución depende el esclarecimiento de los demás problemas y este problema es la cuestión de Dios. Pues, si hay Dios, entonces todo tiene solución y todo encuentra su lugar en el universo. Pero, si no hay Dios, entonces todo sucumbe, se desvanece y se precipita en el abismo del sinsentido. No otra debe ser, pues, la aportación de la Iglesia al mundo de nuestros días: proclamar sin miedo el santo nombre de Dios y quitar las manchas que afean su rostro, que lo desfiguran y lo desnaturalizan.

- Nos consta que usted ha trabajado siempre todo lo que ha podido; nos constan también su sentido del deber en el cumplimiento de su misión, así como su sencillez y alegría. ¡Tal vez le queda por explicar alguna cosa! ¿Nos puede sorprender?
  Modestamente pienso que todo está ya dicho y demasiado dicho. Todos sabemos que la verdad del hombre, del mundo, de la historia, del universo, y de Dios, se ha hecho ya patente en Cristo de forma clara y definitiva. ¿Qué hay, pues, que hacer? Sólo una cosa: adentrarnos, guiados por el Espíritu, en el camino que conduce a Cristo, pues el Padre nos lo ha dado todo en su hijo y no nos puede ya sorprender con la donación de algo nuevo y mayor. Con razón le dijo Isaac a su hijo Esaú después de haber bendecido a su ladino hermano Jacob: “Tibi post haec, fili mihi, ultra quid faciam” (Gen. 27, 37).

  Muchas gracias D. Jesús por haberme ofrecido la posibilidad de esta entrevista.
Gracias a Ud. D. Manuel, Sr. Arzobispo emérito de Zaragoza. Que el Señor Jesús y la Santísima Virgen María, le sigan bendiciendo y acompañando. Gracias por estar aquí; ésta es su casa. Gracias.



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