38. ¿Cómo evangelizar con el latido de Carlos de Foucauld? Por Antonio García Rubio - Revista Cresol

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¿Cómo evangelizar con el latido de    Carlos de Foucauld?

Antonio García Rubio, sacerdote de la diócesis de Madrid
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Una Evangelización fácil, reiterativa y engañosa es un pecado común. Andamos a ciegas en esta crisis cultural y religiosa. Una amenaza que viene de siglos y ahora se acelera. Mejor huir de lo fácil y no poner paños calientes. Amar supone abandonar secretismos y trabajar con transparencia. Sinceros para con nosotros y para con Dios (1).
El estado de la Evangelización y los evangelizadores, como el de la fe, se percibe con un tono bajo. Aprovechemos y busquemos con paz lo nuevo. La bajura nos iguala al pueblo pobre, y pone el Evangelio a la altura de la gente baja, sufriente y pecadora. Al buscar maestros que nos ayuden en la Evangelización, nos encontramos con Carlos de Foucauld. Un personaje anómalo, y más para plantear con él la evangelización. Foucauld es un vizconde francés, huérfano y arruinado, convertido en eremita del desierto y rodeado de musulmanes en el Norte de África. Pero su soledad y su rareza radical contienen resonancias y connotaciones que saben a puro Evangelio; y es su vida increíble, y alejada de nuestra realidad aparente, la que toca y afecta con hondura singular nuestras urgencias de una auténtica evangelización. Él vivió en el desierto, y nosotros habitamos otros desiertos. Fue un fracasado en todos los órdenes de su vida y la fe, - le echaron del ejército francés y no consiguió una sola conversión, por ejemplo-, y algo parecido nos pasa a muchos en la actualidad: cosechamos fracaso tras fracaso. Al hermano Carlos, de joven, le consumieron la buena vida y los caros afectos y abrazos malgastados, que le aportaron vacío; lo mismo que nos pasa, en esta época hedonista, a tantos de nosotros; fue un aventurero, un loco, un solitario, un anonadado, un último ente últimos, un crucificado, un amante de la naturaleza inhóspita donde encontró el claro eco de Dios, un enamorado de Jesús.
Nuestra historia, como la suya, anda también enrarecida, exigente y crítica hasta extremos no pensados. En la actualidad, la Iglesia es criticada, cuestionada y despreciada especialmente entre los jóvenes, y tratada como la sal mojada: “Si la sal se vuelve sosa, no sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente” (2). El problema de Dios se agudiza en la actualidad. Foucauld perdió la fe. Volvió a ella animado por la fe de los musulmanes, y por algún evangelizador, -su prima y el padre Huvelin-, que se esmeró, le acogió y le abrió un camino de retorno a Dios, que luego vivió él en soledad.
También hoy los posibles evangelizadores han de encontrar vías de diálogo y encuentro con sus contemporáneos, empatizar, acogerles, y proponer caminos apropiados para que el Evangelio vuelva a resonar en el corazón de los exigentes ciudadanos del siglo XXI.
Subrayamos dos acentos:
1.- Los trabajos previos a la Evangelización.
Carlos de Foucauld da una primera pista: “En primer lugar, preparar el terreno en silencio por la bondad, un contacto íntimo, el buen ejemplo; tomar contacto, dejarse conocer por ellos y conocerlos; amarlos desde el fondo del corazón, dejarse estimar y querer por ellos; y así, hacer desaparecer prejuicios, obtener confianza, adquirir autoridad –esto pide tiempo-; después hablar. (…) Antes de hablarles del dogma cristiano, hay que hablarles de la religión natural, conducirlos al amor de Dios, al acto de amor perfecto…” (3). Carlos de Foucauld, solitario, con temple y situado en el centro de la vida del Islam, es nuestra ayuda para afrontar hoy la evangelización. Buscó una comunidad de hermanos. No la llegó a ver. Pero, nos sugiere la necesidad de comunidades que den a luz creyentes con un espíritu y un temple nuevos; que se planten en minoría en medio de la historia, con humildad de corazón y con una experiencia de silencio orante como él; que dejen a un lado, por un tiempo suficiente, la evangelización directa y obsesionada por resultados, para centrarse en los trabajos previos a la evangelización, que son en sí mismos una verdadera evangelización.
¿Qué trabajos previos? Los mismos de la siembra: Deja la tierra en barbecho; prepara el terreno; remueve la tierra hasta airearla y aligerarla; abónala con  nutrientes; rotura los surcos; busca fuentes y adecúa cauces para el riego; siembra semillas precisas y a su tiempo; riega; elimina malas hierbas; prevé la meteorología; escarda; ama la tierra y respeta el desarrollo de la mata; líbrala de plagas; trasmite a la tierra y la semilla el amor y la pasión del sembrador por la semilla que nace y prospera. Es fundamental respetar: el trabajo previo y derroche de energías antes de obtener el fruto. La oración sincera del corazón. El esmero, cuidado, trabajo e inteligencia del sembrador y del evangelizador. Y paciencia y ternura.

2.- Evangelizadores adultos y bien formados.
Lo previo y esencial: que sean testigos adultos, fieles, y pacientes en su fragilidad y en su fracaso; que aprendan a callar y a mantenerse unidos a Cristo y entre sí; que adquieran una sólida formación desde los márgenes. Y así que den a luz una nueva generación de evangelizadores adultos y capaces. Lo demás será humo. Lo expresa el papa Francisco: “Los grandes cambios se realizan cuando la realidad se ve desde la periferia.” Por lo tanto, necesitamos evangelizadores que se adentren en la búsqueda de las perlas humanas que habitan en el secreto periférico del desierto, que como el hermano Carlos descubran las periferias existenciales, sociales, económicas, culturales y religiosas: “El Sahara, dice A. Ricardi, es para Foucauld y sus seguidores la verdadera periferia del mundo, el sitio donde buscar a Dios” (4).   
Proponemos con Carlos de Foucauld que los testigos del Evangelio se formen y conformen en el desierto de sus vidas y de nuestras ciudades y sociedades, mientras crecen y dan testimonio. Que se conformen con Cristo y con los pobres que habitan las periferias. Sólo así renacerán enamorados y apasionados con el único capaz de movilizarnos y sacarnos de las poltronas; si no es así, mejor será quedarse en casa y no entorpecer las tareas del Reino.

(1) John A. T. Robinson, Sincero para con Dios (Honest to God), Ediciones Ariel, 1967.
(2) Mt 5, 13
(3) Carlos de Foucauld, Carta a José Hours, 25 de noviembre de 1911.
(4) Andrea Ricardi, Periferias, Ed. San Pablo, Madrid 2017, 113.

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