36. Por un magisterio cívico y ecológico Por David González - Revista Cresol

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Por un magisterio cívico y ecológico

David González Niñerola, profesor de Filosofía

El magisterio de la Iglesia siempre ha sido una enseñanza viva, ajustada a su tiempo histórico y abierto a él. “Examinadlo todo y quedaos con lo bueno” (1ª Tes. 5, 21), en la línea paulina, constituye la actitud correcta y primer paso de todo discernimiento posterior, antes de cualquier pronunciamiento eclesial. Hoy se da la necesidad urgente de un nuevo “aggiornamento” en muchos sentidos. Frente al inmovilismo de quienes creen, equivocadamente, que la Tradición de la Iglesia (en sentido amplio) está escrita en piedra para todas las edades, como si fuera el criterio definitivo de verdad -un prejuicio más que extendido fruto de la ignorancia-, el Espíritu Santo nos llama cada generación a investigar los “signos de los tiempos” y aportar una respuesta inédita desde la fe a los nuevos desafíos, preguntas o problemas del hombre real. Así se elabora la enseñanza de la Iglesia: de forma dinámica y no estática. Tener esto presente evitaría muchas confusiones. El ecologismo hoy, el feminismo o el civismo no son debates externos a nuestra esperanza, ni lo han sido nunca. Los sectores eclesiales más ultraconservadores los han demonizado durante demasiado tiempo.
Laudato Si - Sobre el cuidado de la casa común- es un desglose prodigioso de la respuesta modélica que se ha ofrecido al mundo en la línea del ecologismo. Esta encíclica, que forma parte ya del Magisterio social de la Iglesia, relaciona de un modo magistral la relación íntima entre eco-logía y eco-nomía: sin una correcta y ética utilización económica de nuestro planeta, humana y equitativa, no se dará una correcta ecología, y viceversa, es necesaria la sensibilidad ecológica también para lo primero. En el último documento de la Congregación para la Educación Católica, “Varón y mujer los creó”, se ejemplifica la apertura al diálogo actual sobre la ideología de género sin despreciar sus virtudes, lo que no implica su asentimiento integral. El pasado 8 de marzo, “Día internacional de la Mujer”, el papa Francisco interrumpió una recepción oficial al American Jewish Committee para declarar su apoyo expreso y público a esa jornada al declarar que “si amamos el futuro, si soñamos con un futuro de paz, debemos dar espacio a las mujeres”. Demasiados de entre los nuestros la desprecian por adscribir su celebración de un modo simplista a corrientes ideológicas y políticas con las que no comulgan. Y podrían citarse multitud de ejemplos. El debate ético sobre el civismo es otro caso más.
Adela Cortina, desde su propuesta de una “Ética mínima”, apuesta por un modelo de ciudadanía que ha sido denostado injustamente por considerarlo excesivamente tolerante. Resulta irónica la crítica. En una sociedad abierta y plural como la nuestra todavía hay muchos que preferirían un esquema social y político monocolor, en el que sus miembros compartieran las mismas creencias morales de “máximos”, la misma cosmovisión, la misma religión, los mismos “mismos”… Parece el fruto de una nostalgia escondida por la antigua Cristiandad, aquel tiempo en que la Iglesia gestionaba el poder social y lo ocupaba implícita o explícitamente. Como si la modernidad hubiera sido un error histórico (¿de Dios?) y cualquier tiempo pasado fuera mejor. En la Escritura esta última actitud es la propia del necio. Yo prefiero modelos de civismo alejados de la prepotencia y tolerantes, sí. No son de fiar quienes viven encerrados en si “mismos”. En su artículo Ética y religión: un juego de no suma cero la autora expone los argumentos y claves de bóveda para alcanzar un equilibrio exitoso en este campo, conciliador: “Una religión autosuficiente, ajena a la ética civil, acaba identificando a su Dios con un ídolo, sea su interés egoísta , sea la nación, sea la preservación de sus privilegios […] Una ética civil autosuficiente, ajena a las religiones, acaba convirtiéndose, para su desgracia, en ética estatal, y el ciudadano acaba engullendo al hombre”. En el término medio, probablemente, esté la virtud. Seamos ciudadanos respetuosos de la diferencia además de cristianos confesantes. Una cosa, conviene recordarlo, no excluye a la otra por mucho que digan lo contrario, hoy quizá con más fuerza, demasiados de entre los nuestros. Lamentablemente, declaraciones como las de monseñor Aguirre desde Bangassou el pasado julio tampoco ayudan a liberarnos del halo de elitismo moral que muchos achacan a la Iglesia católica. Por supuesto que la gran mayoría de ONG'S hacen una labor encomiable a todos los niveles. La tentación de la autoreferencialidad nos engaña siempre. Y el situarnos “frente a” los demás, quienes no comulgan con nosotros aunque caminemos en la misma dirección.
Pasemos ahora de la contemplación a la acción. No parece fácil, ni lo es, porque de la teoría a la praxis hay un salto ¿Cómo implementar en nuestra diócesis los principios de Laudato Si"? Toda esta encíclica no se agota en el reciclaje. Para Leonardo Boff, uno de los pensadores que más han estudiado el documento, el “grito de la Tierra” es el “grito de los pobres”. Detrás de la degradación ambiental, o a su lado, se produce una degradación ética que es fruto de la comprensión capitalista y neoliberal del ser humano y su mundo que sostiene a los más poderosos. Es la hora del testimonio.
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