34. Dos enfoques pastorales con acentos diferentes Por David González - Revista Cresol

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Dos enfoques pastorales con acentos     diferentes  

David González Niñerola, profesor de Filosofía en Valencia

¿Reevangelizar o evangelizar de nuevo? La disyuntiva planteada no es superficial. Son enfoques pastorales con acentos diferentes, puntos de partida distintos y objetivos antagónicos. La primera estrategia implica la voluntad de una cierta reconquista; la modernidad sería como el pórtico de una pérdida que la postmodernidad ha acabado de consumar: la presencia eficaz en el espacio público de la catolicidad a todos los niveles, tanto institucional como social o ideológico. Preferentemente en este último sentido. La llamada “secularización” sería aquí el enemigo a batir por todos los medios, incluyendo el político, y la extensión del reino de Cristo sería, sobre todo, un ejercicio de potencia sociocultural, de fuerza. Su objetivo, que la sociedad volviera a ser mayoritariamente cristiana. Algunos pensamos que los signos de los tiempos nos invitan a otra cosa. La “nueva evangelización” a la que llamó el papa Juan Pablo II no puede perseguir restaurar lo pasado como si fuera la solución para el futuro ni podemos despreciar las nuevas oportunidades que este mundo secularizado está brindando a la Iglesia, o empeñarnos en transitar por los mismos caminos de siempre, con la misma metodología y estrategia misionera.
En ambas actitudes, debe reconocerse, se presume el núcleo evangélico central del anuncio de Cristo. Efectivamente, es solo a través de la predicación que puede suscitarse la fe. La catequización y vivencia sacramental asamblearia es la única vía de la experiencia del reino de Dios que ha llegado ya y podemos vivir en nuestros corazones. Sin embargo, en el pasado hemos caído en la tentación de reducir la evangelización a esta sola dimensión, por muy central que sea, y se han despreciado aspectos de la misión cristiana que son igualmente inherentes a ella. El papa Francisco está llamándonos hoy a adoptar una mayor sensibilidad hacia esas partes del anuncio de Cristo que van mucho más allá. Es el caso de la promoción de la justicia social, la igualdad y equidad económica, el ecologismo, la promoción de la mujer, el civismo responsable o el diálogo con el mundo desde una nueva actitud de escucha humilde y voluntad de enriquecimiento recíproco. Por poner algunos ejemplos.
El fallecido cardenal Fernando Sebastián fue quien diseñó a grandes rasgos el nuevo plan pastoral de la Conferencia Episcopal Española. Se adivina la intención de reevangelizar España aunque desde matices interesantes. Con mucho acierto no perseguía ya la recuperación de ningún poder social sino “pasar de una iglesia de masas a una iglesia fermento y misionera”; igualmente era consciente de que todavía no habíamos transitado “de una fe sociológica a una fe personal, de una fe protegida a una fe afirmada contra la tendencia cultural dominante”. En este sentido, con bastante lucidez, no se reduce la esencia de la fe a una simple ideología, porque ésta no puede sintetizarse jamás en un mero cúmulo de verdades doctrinales. Esa sería más bien “la fe de los demonios”, como diría Fabrice Hadjadj. Sin embargo, quizá sí pueda hacérsele alguna observación: la de no acentuar suficientemente todos los aspectos del anuncio o asumir nuevas actitudes ante la sociedad actual. De este modo la Iglesia correrá el riesgo de parecerse a cualquier otro lobby social que busca imponer también su visión del mundo y el hombre; que busca monologar más que dialogar, y acabaremos suscitando reacciones de rechazo como vendedores de nuestra doctrina más que portadores de una buena noticia, como transmisores de una verdad absoluta, de la que nos consideramos depositarios, más que testigos… Quien solo habla de moral acabará tachado de moralista, justa o injustamente. Y sabemos que la redención cristiana no agota su alcance en lo moral. De igual o mayor forma, no puede evitarse el peligro cuando se pretende cualquier tipo de manifestación de fuerza pública, aunque sea ejerciendo un derecho legítimo de expresión. El presidente de “Europa laica”, Francisco Delgado, escribía, a propósito de la manifestación previa al encuentro en España con Benedicto XVI, que “les ha servido para exhibir su exclusiva y excluyente catolicidad. Pero, también, para rezar, rosario en mano, por los “pobres y mundanos pecadores”: millones de ciudadanas y ciudadanos creyentes y no creyentes que no participan, libremente, de sus dogmas”. Nos debería entristecer profundamente generar esta reacción. Y llamar nuestra atención. Muchos de nuestros conciudadanos, demasiados, presuponen que cuando la Iglesia se manifiesta lo hace siempre contra alguien o contra algo. El papa Francisco, en su reciente viaje a Brasil, no ha puesto el peso de su alocución en parte alguna doctrinaria, más bien ha entonado un mea culpa, algo que alivia un poco esta sensación de frentismo continuo: “Tal vez la Iglesia se ha mostrado demasiado débil, demasiado lejana de las necesidades de los que la han abandonado, demasiado pobre para responder a sus inquietudes, demasiado fría para con ellos, demasiado autorreferencial, prisionera de su propio lenguaje rígido; tal vez ["por ello" , añadiríamos nosotros… ] el mundo parece haber convertido a la Iglesia en una reliquia del pasado, insuficiente para las nuevas cuestiones; quizás la Iglesia tenía repuesta para la infancia del hombre, pero no para su edad adulta”. No poseemos el monopolio de la verdad ni de la caridad. Una nueva forma de actitud humilde ante los demás se hace necesaria en nuestro tiempo porque de lo contrario no querrán siquiera escucharnos, y estamos ante nuevos escenarios. Quizá hayamos hablado demasiado y actuado poco cuando el mundo necesita de testigos más que maestros. Una forma sutil de escandalizar a quienes no conocen a Jesús de Nazaret nos debería de poner en guardia.
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