18. Oportunidad de la convocatoria Por J. Santiago Pons - Revista Cresol

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Oportunidad de la convocatoria

J. Santiago Pons. Facultad de Teología de Valencia
Este nuevo curso pastoral que comenzamos en septiembre va a estar marcado por la convocatoria de un Sínodo Diocesano que nuestro arzobispo anunció en la fiesta de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote, el 13 de junio pasado. No era algo que se esperaba y causó una cierta sorpresa, pasada la cual, se comenzó a ver la oportunidad que la convocatoria de un Sínodo puede ofrecer a la vida de nuestra diócesis.
Lo primero que nos vino a la mente a todos fue la celebración del último Sínodo en los años 80 del siglo pasado. Pronto el señor  arzobispo nos confirmó en su carta que no estaba pensando en un Sínodo tan amplio en cuanto a temática y en su desarrollo en el tiempo. Conviene, pues, tener en cuenta dos aspectos que, a primera vista, lo diferencian de aquel gran Sínodo.
En primer lugar, tengamos en cuenta que el Sínodo de 1987 se realizó para concretar la aplicación del Concilio Vaticano II en nuestra diócesis, lo cual suponía un planteamiento que afectaba a todos los aspectos de la vida diocesana y se quiso implicar a todos los fieles en una primera fase parroquial en la que participaron más de 32.000 fieles organizados en 2.800 grupos de trabajo y de oración. Necesariamente su desarrollo tenía que ser amplio en el tiempo, se convocó en 1980 y se concluyó con la publicación de las Constituciones Sinodales el 27 de junio de 1987 y la constitución de la Comisión Técnica para la aplicación del Sínodo del 1 de julio de ese mismo año.
En segundo lugar, fue un Sínodo que convocaba el arzobispo Roca al inicio de su pontificado. Ocho meses después de su toma de posesión planteaba al Consejo de Presbiterio la oportunidad de un Sínodo para «la toma de conciencia del misterio de la Iglesia particular a la luz del magisterio del Vaticano II», (Constituciones Sinodales 1987, «Prefacio» X).
Este Sínodo lo convoca nuestro arzobispo un año antes de cumplir la edad canónica para presentar su renuncia al Papa. Por ello el sr. arzobispo podrá promulgar las conclusiones del Sínodo, pero, probablemente no podrá llevar adelante la aplicación concreta del mismo.
Ante esta situación pueden surgir dudas sobre la oportunidad de un Sínodo ahora y si vale la pena el esfuerzo que requiere ante el temor de que su aplicación no se pueda llevar a efecto como pasó, en cierto modo, con el Sínodo del 87.
Para conjurar estos temores es necesario que seamos capaces de asumir nuestros errores para no repetirlos. Antes de cumplirse cinco años de la promulgación de las Constituciones moría en un desgraciado accidente D. Miguel Roca y, a finales de ese año, se iniciaba un nuevo pontificado. Nos queda en el recuerdo que aquellas Constituciones Sinodales se fueron quedando en el olvido.
Conviene tener en cuenta dos cosas. Primero, que algunas de las sugerencias del Sínodo se habían puesto en marcha y algunas otras se continuaron desarrollando, es decir, se realizaron bastantes cosas de las que se habían propuesto. El mismo proceso de realización del Sínodo había valido la pena y había revitalizado la vida de la Iglesia de Valencia. Es cierto que podría haberse desarrollado mucho mas, pero el horizonte que dibujó el Sínodo se fue difuminando. Por eso hemos de ser capaces de reconocer lo que falló en su aplicación y esta no puede ser responsabilidad de una sola persona, aunque sea la principal, también los responsables de la pastoral diocesana y cada sacerdote debemos hacer una revisión sobre lo que falló para que no se desarrollara más, cada uno con la responsabilidad que le corresponda. Esto no debe desanimarnos, sino hacernos tomar conciencia de que el mero hecho de la celebración de un Sínodo no resuelve los problemas planteados, hace falta el esfuerzo por caminar en las líneas indicadas en el Sínodo, hace falta aplicarlo, algo que en modo alguno puede suponerse como automático o como responsabilidad de otros. En esta tarea todos estamos implicados, arzobispo, obispos auxiliares, sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos, cada uno según su responsabilidad.
Por otro lado, el hecho de que D. Antonio convoque este Sínodo al final de su pontificado muestra su amor y su entrega por su Diócesis, por nuestra Iglesia particular, ya que podría ser más cómodo no complicarse la vida. También nos muestra que ha estado escuchando las repetidas alusiones a la necesidad de oír juntos «la voz del Espíritu en la situación presente de su Iglesia» (CS X). Por eso el Sínodo que se convoca comenzará en octubre de este año para concluir con la solemnidad de Pentecostés de 2020, tal como nos ha comunicado en la segunda carta publicada sobre el tema.
Así pues, el tema o los temas que se han tratar, tal como también lo indica, deben lo suficientemente concretos como para poder ser estudiados en este espacio de tiempo y ser capaces de encontrar líneas de trabajo para la aplicación de las propuestas.
Si nos fijamos en la vida diocesana de estos últimos años podemos descubrir que ya tenemos algo de camino hecho, como también indica el sr. arzobispo en su carta. En el apartado de reflexión y oración tenemos varias iniciativas que nos han ayudado estos años, entre ellas podemos destacar el Itinerario Diocesano de Renovación y el Congreso de Parroquia y Nueva Evangelización, las líneas recogidas en el Plan de Pastoral, el Itinerario Diocesano de Evangelización, y estos últimos años, el Proceso de Reencuentro Sacerdotal. Tenemos bastante reflexión realizada pero falta darle la forma adecuada para su aplicación.
En esta línea recordemos que el año pasado al presentarnos el proyecto ampliado de Formación Permanente se nos planteaba el Proceso de Reencuentro Sacerdotal en tres etapas: la primera de reflexión que llevamos a cabo en el curso 2017-18, la segunda de asimilación que desarrollamos en este curso 2018-19 y quedaba una tercera de concreción para el curso 2019-20. ¿En qué iba a consistir esa concreción? No se sabía aún, pero quedaba claro que si no se hacían propuestas concretas todo el trabajo de reflexión y oración corría el peligro de que se difuminara, creando mayor frustración en todos los que han participado en los distintos procesos.
Por eso, la convocatoria del Sínodo, leída en este contexto, puede ser acogida como providencial ya que, si el año pasado no sabíamos cómo concretar, el Sr. Arzobispo nos ha convocado para que hagamos juntos ese discernimiento en el ámbito de un Sínodo Diocesano y nos pide en su carta que «en el Sínodo trataremos de la gran cuestión de la evangelización, hoy, en Valencia».
Para ello podemos aprovechar las reflexiones realizadas para concretar acciones. Uno de los temas que más nos ha preocupado estos años ha sido la transformación de nuestras parroquias en clave evangelizadora, así se vio en el Congreso de 2013 y en las últimas reflexiones del Proceso de Reencuentro, podría abordarse de algún modo esta temática incidiendo también en el anuncio a los jóvenes en el contexto de la Christus vivit.
También sería muy oportuno que releyéramos las Constituciones Sinodales de 1987 para caminar en ese horizonte, ya que si nos fijamos en los objetivos de aquel Sínodo expresados en el número 1 leemos:
«Este Sínodo Diocesano Valentino, inspirándose especialmente en las enseñanzas del Concilio Vaticano II y en el magisterio y legislación postconciliares, y atendiendo a las necesidades del momento presente, se propone revitalizar la Iglesia en Valencia por medio de:
1. Una más lúcida conciencia de su identidad cristiana.
2. Un redescubrimiento de las exigencias de la evangelización en la hora presente.
3. Una acción más corresponsable, organizada y coordinada en todos los ámbitos de la comunidad cristiana»
Se ve que estos objetivos siguen siendo vigentes y necesitan actualizaciones y concreciones adecuadas a nuestro momento.
Por último, querría insistir en la actualidad de gran parte del material del Sínodo de 1987 con un ejemplo. Recientemente la Comisión Teológica Internacional ha publicado el documento La Sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia (2 marzo 2018), un texto que merece una lectura atenta. En él se nos anima a que el camino de la sinodalidad sea el camino de la Iglesia del tercer milenio. Sinodalidad que no se reduce a la celebración de sínodos, sino que se expresa de múltiples maneras en todos los ámbitos de la vida de la Iglesia. Pues bien, cuando se habla de la sinodalidad en la vida parroquial se afirma en los números 83 y 84:
«La parroquia es la comunidad de fieles que realiza de forma visible, inmediata y cotidiana el misterio de la Iglesia. […] En ella se prevén dos estructuras de perfil sinodal: el Consejo pastoral parroquial y el Consejo para los asuntos económicos, con la participación laical en la consulta y en planificación pastoral. En tal sentido, aparece necesario que se modifique la norma canónica que actualmente solo sugiere la constitución del Consejo pastoral parroquial y se la haga obligatoria, como ha hecho el último Sínodo de la Diócesis de Roma».
El documento hace referencia al Sínodo romano de 1993, pero también podría haber dicho, «como hizo el Sínodo Valenciano de 1987 en el número 88»:
«Este Sínodo propone como cauce más idóneo de comunión y de ejercicio de la corresponsabilidad en el ámbito de las parroquias, la asamblea parroquial y el consejo de pastoral parroquial. Créense, pues, donde no existan y, en la medida en que las circunstancias concretas lo permitan; y refórmense según los criterios sinodales en aquellas parroquias que ya los crearon».
Como podemos ver, la teoría la tenemos. Eso que en 1987 llamábamos «ejercicio de la corresponsabilidad», que en la literatura americana se llama «liderazgo compartido» o «liderazgo distribuido» es en definitiva la sinodalidad que aparece en los últimos documentos pontificios. ¡Lo tenemos desde 1987, veamos el modo concreto de ejercerlo! Ahí tenemos la clave para la transformación de nuestras parroquias y de nuestra Iglesia.
Creo que tenemos un deber de gratitud con todos los que prepararon con tanto esmero aquel Sínodo y con todos los que participaron con tanta ilusión y esperanza: obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, todo el pueblo de Dios convocado por su arzobispo para caminar juntos. Gracias al Espíritu Santo que lo inspiró y alentó, que Él siga iluminándonos hoy y siempre para encontrar los cauces concretos para vivir la sinodalidad, para ser cristianos hoy. Gracias a nuestro arzobispo, el cardenal Cañizares por esta invitación a caminar juntos bajo la guía del Espíritu.


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