¿Qué pide de nosotros la situación política actual? Por Diego Velicia - Revista Cresol

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¿Qué pide de nosotros la  situación política actual?

Diego Velicia

La situación política de España es una llamada a todos los creyentes a no pasar de largo, a no ignorar los gritos de un pueblo, de un mundo que sufre. Las dos convocatorias electorales que hemos afrontado en este final de curso nos deja varios retos a los que responder.

La fragmentación del panorama político en el Congreso de los Diputados es una llamada a trabajar por el diálogo y la búsqueda de acuerdos, más allá de los meros intereses partidarios. Es necesario levantar la mirada un poco más arriba de los ombligos, para ver que una repetición de elecciones por la incapacidad de los gobernantes para llegar a acuerdos es un fracaso. Los resultados son los que son. La fragmentación política es un hecho que, mientras se mantenga, pide un esfuerzo mayor de diálogo y negociación.

El intento del gobierno catalán y sus apoyos políticos por enfrentarse al resto de España, ignorando a la mitad de su propia población plantea un desafío no sólo a la unidad del país, sino, lo que es más grave, a la solidaridad entre los pueblos. La acción de la justicia no será suficiente para contrarrestar toda la argumentación nacionalista en pos de un Estado propio. Es necesario que un país como el nuestro, con su  articulación política, su historia, sus diferencias culturales, etc desarrolle objetivos comunes que sean capaces de aglutinar a la sociedad: la relación solidaria con África e Iberoamérica, el desarrollo de un proyecto europeo común y la disminución de las diferencias territoriales son algunos de ellos.

En medio de la fosa común en que se está convirtiendo el mar Mediterráneo, emergen testimonios como el de Carola Rackete, capitana del barco Sea Watch 3, que ha sido detenida por desembarcar inmigrantes en Lampedusa sin autorización. Personas así elevan la categoría moral de un continente cuyos dirigentes no evitan las muertes en el mar, sino que las aumentan.

Las fuerzas políticas no se preguntan por qué millones de personas se ven expulsadas de sus hogares. Es la explotación laboral, no el hambre, ni siquiera las guerras, por supuesto tampoco las sequías… las que expulsan a las personas de sus hogares. El trabajo que esas personas realizan no recibe un salario digno. Mientras no haya salarios dignos seguirá habiendo emigración. Mejorar las condiciones laborales en los países empobrecidos es el primer paso para hacer efectivo el derecho de toda persona a no tener que emigrar.

La crisis económica de los últimos diez años se ha saldado con una bajada de salarios y, un aumento de la desigualdad. No se puede dejar a la voluntad de los gobiernos de turno la mejora de las condiciones laborales. No se puede esperar que el estado lo resuelva todo. Es necesario articular nuevas respuestas desde el  mundo del trabajo, ahora que el sindicalismo tradicional se ha visto sobrepasado por nuevas formas de organización del trabajo.

La situación del medio ambiente es también una llamada a respetar los bienes que hemos recibido y a transmitirlos en buenas condiciones a la siguiente generación. Ahora que crece la conciencia medioambiental es necesario recordar la hipocresía que supone incrementar la legislación para el cuidado del entorno en nuestro país, al tiempo que se promueve a las grandes compañías transnacionales para que exploten sin pudor recursos y medioambiente de países empobrecidos con el objetivo de sostener el consumismo frenético de los países enriquecidos.

La situación de la familia en España también es una llamada a promover y fortalecer los vínculos familiares, célula base de la sociedad. La despoblación, la soledad, la mayor esperanza de vida… precisan de respuestas que no desprecien los vínculos afectivos tejidos en la familia, sino que los valoren y promuevan. Que el precio de la vivienda no impida la formación de una familia. Que los horarios laborales no impidan su crecimiento. Que la incertidumbre económica no ahogue su futuro. Ante la realidad cambiante en que vivimos, los desarrollos tecnológicos, y el impacto de la vida laboral sobre la familia se hace imprescindible una promoción del bien que supone la familia para la sociedad.
Ante los discursos del miedo a las religiones y a su papel en la vida pública es necesario recordar que el poder necesita de contrapesos para frenar su tendencia totalizante. La fe puede ser uno de esos contrapesos. El poder quiere una ciudadanía neutra, con creencias que no supongan desafío a la estructura en la que se sostiene. Una fe auténtica tiende a remover los obstáculos que impiden el desarrollo de las personas, especialmente de los más débiles. Si la fe se retira del espacio público el único vencedor es el poder, por eso es necesario que los creyentes no releguemos nuestra fe a una especie de cuarto oscuro de nuestras vidas.
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