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¿Por qué uno se hace de izquierdas?, per E. Bono

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¿Por qué uno se hace de izquierdas?

Emèrit Bono Martínez

¿Por qué uno se hace de izquierdas? ¿Qué significa una moral de izquierdas?

Hay muchos elementos que entran en este proceso de conformación de la vida de cada uno de nosotros: experiencia familiar, colegio donde haces el bachillerato, experiencia religiosa, experiencia cívica… y los valores que impregnan la sociedad en la que vives. Todos estos elementos han ido superponiéndose dando como resultado una visión (ideología) del mundo de cada uno de nosotros.

Voy a dar unas cuantas pinceladas de la ideología de izquierdas, que es la mía. Y para ser más preciso y sintético me apoyaré en el magnífico libro de Ignacio Sánchez Cuenca, La superioridad moral de la izquierda, que es a la vez, descriptivo y analítico.

Uno de los rasgos de la izquierda es una mayor sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno, o sea, unos niveles de empatía más altos. Una empatía más intensa equivale a una mayor indignación del padecimiento de los demás
Según los expertos, es posible detectar una afinidad electiva entre los grandes principios morales y los principios políticos de la izquierda.

Así, por ejemplo, de los principios recurrentes en las formas primitivas de moralidad, la llamada “Regla de oro” recogida en muchas religiones del mundo.

En el cristianismo, San Mateo formula la regla con estas palabras: “Así, pues, todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella”.

La regla de oro presupone una igualdad entre todas las personas, y de esa igualdad deriva precisamente el principio de reciprocidad como guía de conducta. En otras palabras, no hagas a los demás lo que no quieres que te hicieran a ti. O sea, una interrelación evidente entre Empatía y Reciprocidad.

El imperativo categórico kantiano mantiene una evidente relación con la “regla de oro”. En efecto, ese imperativo categórico se podría formular así: obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal.

Sin embargo Kant ofrece una justificación mucho más abstracta que la regla de oro, en la que la motivación del agente no emana del principio de reciprocidad, sino del reconocimiento o asunción del deber moral que entraña el principio de la universalidad. Dicho principio de universalidad va más allá que el principio de reciprocidad: nos conduce directamente a la dignidad del ser humano como fin en sí mismo.


En palabras del propio Kant: “Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca como un medio”.

Una ruta alternativa a la universalización kantiana, pero muy próxima a la misma, lo constituye la imparcialidad, a la que se da atención preferente  entre los filósofos morales contemporáneos. En este sentido podemos decir que una decisión es justa cuando obedece no a los intereses particulares de una persona, sino a un sistema de justificación en el que esos intereses son del todo irrelevantes (Nagel, T.).

Para otros filósofos contemporáneos como John Rawls, la manera más eficaz de acceder a la perspectiva imparcial del mundo es a través de la posición original.

El experimento es muy sencillo: pensemos que nuestra alma pulula por el limbo sin saber en qué cuerpo se va a encarnar (si será rico, pobre, lisiado…); optará por un esquema de justicia que garantice unos ciertos mínimos de libertad e igualdad sea el que sea el cuerpo que ocupe nuestra alma cuando se concrete en la realidad. O sea, que desde la posición original, el agente se ve forzado a elegir como si fuera el legislador en el reino de los fines del que habla Kant en su ética.

Por lo dicho, como detalla Sánchez Cuenca, la izquierda puede reclamar con razón que tiene una superioridad moral con respecto a otras ideologías: encarna unos objetivos que son la consecuencia de llevar hasta sus últimas consecuencias políticas los principios morales basados en la universalidad y la imparcialidad.

En esta dirección, la izquierda aspira a realizar una sociedad libre de explotación y opresión, en que cada persona tenga la posibilidad de vivir autónomamente según la máxima de “de cada cuál según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades” (Marx).

En definitiva, la sociedad comunista sería, desde esta perspectiva, la realización más acabada y perfecta de nuestro sentido de la justicia. Incluso cabría decir que la utopía comunista no es más que la versión política, llevada a sus últimas consecuencias (según Sánchez Cuenca) del ideal kantiano según el cual todo ser humano es un fin en sí mismo y no un medio para algún otro fin.

En esta dirección, las motivaciones de la izquierda no pueden ser más claras: quiere extender a la humanidad unas condiciones de vida que permitan la autorrealización plena del individuo. Se trata de una ideología moralmente irrebatible.

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