¡Dios a la vista! ¿De quien? Por José María Royo - Revista Cresol

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¡Dios a la vista!  ¿De quien?
J.M.Royo

En la erudita exposición que el P. Luis Oviedo, O.F.M. nos ofreció a los sacerdotes el pasado 21 de febrero como parte del proyecto diocesano para remozar nuestra formación, quedó cumplida la expectativa despertada con el grito orteguiano “¡Dios a la vista!” El pormenorizado repaso en torno al tema de Dios en los últimos tiempos partió de otra heredada exclamación, “Dios ha muerto”, tras lo que se nos introdujo en la vertiente postsecularizada, finalizando en el trato actual y ateo del Dios negado.

La información, que relataba algunas posiciones filosófico-científicas frente a la fe, fue una lección de escuela espléndida. Pero entre los asistentes, en las intervenciones que siguieron, se advirtió la necesidad de un aterrizaje pastoral y no sólo el placebo suscitado por el convencimiento de que el tema de Dios, aun a la contra, revenía como muy importante en la actualidad.

Hubo quien sugirió la necesidad de la aplicación metafísica como enlace de la razón y la fe. Otra voz enfatizó sobre la mejoría de los trabajos homiléticos. En el cuidado afectivo de los carismas, se les oyó a otros. Y servidor, el que esto escribe, apuntó a la perentoria tarea de la divulgación para responder al interrogante que he adosado al título de este articulito.

El mundo científico no se detiene en la divulgación de sus aciertos e inclusive errores que, cometidos, pretende corregir; ni en sus hipótesis y futuribles de trabajo. La gente lo lee y asume atraída quizá porque le aproximan sus deseos y sueños a una voluntariosa realidad. Y cuando ausculta el mismo tema de Dios, son muy seguidos sus trazos, en general  escasamente positivos para la fe.

Aunque la fe no tenga los mismos recursos divulgativos, tiene, con razón evangélica, el mismo o mayor campo en que gritar “¡Dios a la vista!”, de ahí que sea visiblemente misionera. Pero habría que adobar no sólo con escuela y fervor el ideario que de ella dimana, sino con más aplicada y atractiva divulgación de sus retos tan necesarios en un mundo en que ya nada se hace sin competir.

¡Qué bien sabe competir, por cierto, el Papa Francisco! Sus breves prosas (que a mi juicio descubren al profesor de literatura que fue, pues las propone como un comentario pedagógico: tema, su estructura en partes, análisis de ellas y conjunción conclusiva), no son como las que algunos prelados o de a pie servimos por estos pagos. Afecta a lo real, no cansa y, encima, sonríe. ¿Quién, incluso incrédulo, no queda asombrado ante el Papa Francisco? Ese asombro tal vez sirva para abrirles a algunos ortegianos la ventana.
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