¿Cristianos perseguidos en España? ¡Ojalá! Por Bernardo Pérez - Revista Cresol

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¿Cristianos perseguidos                         en España?, ¡ojalá!
Por Bernardo Pérez Andreo, profesor de Teología (Murcia)                    

El nombre de cristianos fue acuñado en la zona de Siria por el Imperio romano para identificar a un grupo que compartía ciertas creencias con los judíos, pero que no podían ser considerados tales. Todo imperio necesita clasificar a los súbditos con el fin de saber a qué atenerse con ellos. Estos grupos que decían ser seguidores de un tal Jesús el Cristo, no podían ser considerados judíos, pero tampoco entraban en las categorías del mundo romano de aquel entonces. Lo que hicieron fue marcarlos con un nombre de tal modo que se supiera qué hacer con ellos en caso de necesidad, sea para prohibirlos, sea para usarlos en beneficio del Imperio. Cristianos, por ser seguidores de un tal Cristo, ese fue el nombre impuesto desde fuera como medida de control y para tranquilidad de la autoridad. Sin embargo, no es un nombre propio de los grupos que seguían a Jesús; ellos preferían nombres como los pobres, los santos, los del camino, etc. Ser cristiano es una heteroidentidad, una identidad impuesta desde fuera, pero una identidad que pronto se convirtió en una marca que permitía el control y la persecución. En muchas zonas del Imperio, los cristianos fueron perseguidos por su forma de vivir, que no respetaba las estructuras de patronazgo, pues su patrón era Jesucristo; que no se conformaban con las formas de la vida social ni respetaban las costumbres, eran impíos y ateos. Su Dios era el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que habiéndose revelado a los judíos, vino a dar plenitud de su revelación en su Hijo. Su fe les llevaba a vivir en comunidad, fraternidad y comunión de bienes. Esto rechinaba en el Imperio romano y cuando llegaban problemas, ellos eran los primeros en pagar las consecuencias. Sea porque no colaboraban con el ejército, sea porque las gentes los veían como diferentes, cualquier mal era atribuido a ellos, considerándolos culpables y tomándolos como chivos expiatorios.

En el mundo de hoy existen millones de cristianos perseguidos que tienen que vivir su experiencia creyente en la clandestinidad o bajo el riesgo cierto de la muerte. Estos cristianos, como lo fue en el Imperio romano en sus orígenes, son perseguidos por no adaptarse a la sociedad que les rodea, o bien porque son un obstáculo para el poder bajo el que viven. Sea de una manera u otra, su persecución está en la misma línea de la persecución de los primeros cristianos. Cosa distinta es la situación en el mundo occidental y especialmente en España. En Estados Unidos, los grupos que se autoproclaman como cristianos han elevado al poder imperial a uno de los políticos más peligrosos de los últimos tiempos, incluyendo a Bush hijo. Trump ha triunfado gracias al voto cristiano, lo mismo que Bolsonaro en Brasil, y sus políticas son justo lo opuesto al evangelio, pero muchos que dicen seguir ese evangelio apoyan esas políticas que amenazan con seguir destruyendo el medio ambiente, seguir invadiendo países y continuar con las políticas que han hecho de Estados Unidos uno de los países más desiguales del mundo. Esos llamados cristianos, se dicen perseguidos por el mundo moderno, por la teoría de la evolución, por las políticas de protección social y sanitaria. Se dicen perseguidos y anuncian que su dios interviene de la mano poderosa de un ser como Trump. Estos grupos de cristianos, aunque minoritarios, también se encuentran en España, donde parece que andaban buscando un remedo de Trump y se podría decir que han encontrado quien les dé voz contra la supuesta ideología de género que estaría oprimiendo a los varones heterosexuales.

Algunos católicos se sienten perseguidos en España: ¡ojalá fuera así!, ¡ojalá los cristianos españoles fuéramos perseguidos como los cristianos en el Imperio romano! Si nuestra forma de vida fuera la comunidad fraterna que comparte los bienes, seguramente seríamos un mal ejemplo y un problema para el neoliberalismo rampante que nos gobierna y al que muchos que se llaman católicos dan apoyo con su mente, su corazón y todo su ser. Pero, no es así. Cierto cristianismo en España agita el espantajo de la persecución para obtener más ventajas, para ser diferente al resto, para estar a salvo de la barbarie que se avecina mediante estructuras que los mantengan protegidos a ellos y los que se plieguen a sus intereses. Puede que haya católicos que se sientan incomprendidos, incluso despreciados, por muchos en esta sociedad, pero eso no puede equipararse a persecución. A nadie se le obliga a mantener relaciones sexuales, utilizar anticonceptivos o abortar. Nadie es coaccionado por asistir a misa los domingos, o por llevar a sus hijos a colegios católicos. Nadie es coartado en su derecho a dar sus bienes a la Iglesia, sostener sus parroquias o promover su fe. Ahora bien, mientras con dinero de todos se sustentan centros donde se separa a niños de niñas y las leyes lo amparan sin ningún fundamento pedagógico, muchos centros públicos están siendo convertidos en guetos de inmigrantes porque los centros católicos les ponen trabas, o en guetos de pobres porque estos no pueden pagar las actividades extras de los colegios católicos.

Si los cristianos viviéramos la propuesta radical que emana del Evangelio de Jesús de Nazaret, pondríamos el Reino y su justicia por encima de cualquier otra consideración, lo que nos llevaría directamente al enfrentamiento con las élites que gobiernan una sociedad marcada por la injusticia y sería difícil no acabar como Jesús. Los que escribieron los Evangelios ya les advirtieron a sus oyentes: dichosos seréis cuando seáis perseguidos por causa de la justicia.

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